Capítulo 11 — Pío pío #2
Un hombre de unos cincuenta se sentó enfrente de mí en la siguiente parada.
Llevaba una chaqueta de sport beige que tenía esa calidad de las prendas que alguien ha elegido sin prestar suficiente atención, y una expresión de satisfacción general con el mundo que en ese momento, en ese vagón, me producía una irritación que no era proporcional a nada concreto y que reconocí como la irritación de quien lleva días con demasiadas cosas encima y que el cerebro descarga en el primer objetivo disponible.
El hombre no había hecho nada. El hombre simplemente existía con su chaqueta beige y su expresión satisfecha y eso era suficiente para que mi cerebro evaluara brevemente, sin desarrollarlo, las posibilidades físicas disponibles.
Las posibilidades físicas disponibles eran varias y todas eficientes.
El tabique nasal con el canto de la mano.
El esternón con el codo. El punto específico en la sien izquierda donde un impacto de la intensidad correcta produce una inconsciencia de duración variable.
Conocía esos puntos con la precisión de quien los ha usado suficientes veces como para que el conocimiento sea automático, prerreflexivo, el tipo de conocimiento que está en el cuerpo antes que en la cabeza.
No hice nada de eso. Miré la publicidad en la pared del vagón, que era un anuncio de una academia de inglés con una modelo que sonreía de una manera que ninguna persona real sonríe nunca, y esperé que el vagón llegara a la siguiente parada.
Se bajó en Legazpi. La irritación se fue con él.
En Oporto subió un adolescente con unos cascos que producían ese ruido de música comprimida que se escapa por los laterales, ese zumbido de bajo y caja que es perfectamente audible para todo el vagón menos para quien lo lleva puesto.
El adolescente se sentó dos asientos a mi izquierda, con las piernas abiertas en ese ángulo que tienen los adolescentes cuando se sientan en el transporte público, que es el ángulo que ocupa el espacio de dos personas y media con la indiferencia total de quien no ha considerado en ningún momento que el espacio le pertenece a alguien más.
Miré las piernas. Calculé. Con la bota en el tobillo externo el ángulo colapsa solo, el adolescente se retrae por instinto antes de entender qué ha pasado.
Con los dos pulgares en los costados del cuello, en los puntos donde las carótidas son más accesibles, doce segundos de presión sostenida producen un efecto que no requiere más detalle.
No hice ninguna de esas cosas. Seguí mirando la publicidad de la academia de inglés que ya no estaba en ese vagón pero que había dejado el tipo de imagen que se queda aunque el cartel no esté.
El adolescente se bajó en Embajadores. El vagón quedó más silencioso.
En Nuevos Ministerios, en el andén de trasbordo a la línea 8, había una mujer con un carrito de bebé que bloqueaba el paso de la escalera mecánica con esa postura de quien no considera que el carrito sea un objeto que ocupa espacio sino una extensión natural de su persona con derecho de paso universal.
Tres personas esperaban detrás sin decir nada.
Yo también esperé. Calculé que el carrito sin ocupante pesa aproximadamente ocho kilos y que con el impulso correcto desde el lado izquierdo seguiría una trayectoria de arco descendente que terminaría en el pie de la escalera sin causar ningún daño al bebé que, comprobé, estaba dormido y no era responsable de nada.
No hice nada de eso. La mujer movió el carrito. Bajé la escalera mecánica detrás de ella con la distancia prudente que requería no volcar el carrito por accidente.
La línea 8 va directa al aeropuerto, a la T4, en dieciséis minutos desde Nuevos Ministerios, que es uno de los servicios más eficientes del metro de Madrid y que existe específicamente para que la gente que vive en Madrid pueda llegar al aeropuerto sin tener que negociar con un taxi o quedarse atrapado en la M-40.
Yo lo había usado antes, en otra vida, cuando el aeropuerto era el principio de viajes que no eran el tipo de viaje que aparece en los folletos turísticos.
Una chica de unos treinta me miró dos veces durante el trayecto.
No con interés romántico sino con esa mirada de evaluación cautelosa que la gente le dedica a las personas muy grandes con cara de haber tenido una semana difícil cuando están en un espacio cerrado con ellas.
Era una mirada que conocía bien. Decidí no hacer nada con ella excepto mirar la ventana, donde el túnel pasaba a cielo abierto en algún punto entre Barajas y el aeropuerto y Madrid aparecía a los lados, plano y gris y enorme, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista en todas las direcciones con esa manera que tiene Madrid de no terminar nunca, de seguir siendo Madrid mucho más allá de donde debería haber dejado de serlo.
Me bajé en la T4.
El aeropuerto a las once de la mañana es una cosa completamente diferente al aeropuerto a las seis de la mañana o al aeropuerto a medianoche.
Es el aeropuerto de la gente que ha dormido, que ha desayunado, que lleva el equipaje correcto y sabe dónde está el mostrador de su compañía.
La luz del T4 es esa luz blanca y uniforme que tienen todos los aeropuertos del mundo, la luz que no tiene hora ni estación, que existe independientemente del sol exterior y que produce en quien la habita una ligera desorientación temporal que los diseñadores de aeropuertos consideran, probablemente, un efecto secundario aceptable.
Facturé la bolsa en el mostrador de Iberia. Pasé el control de seguridad sin incidencias. Fui a la sala de embarque.
Me senté en una de las sillas de plástico duro que tienen todos los aeropuertos del mundo, con el tiempo suficiente para no tener que correr pero no suficiente para que la espera fuera cómoda, que era el intervalo exacto de los aeropuertos: siempre o demasiado tiempo o demasiado poco, nunca el correcto.
Pensé en Connor en el ático con Oksana. Pensé en Oksana sin camiseta bajando la escalerilla a las nueve de la mañana con sus pechos que eran lo que eran, que era bastante más de lo que la descripción inicial había anticipado: cada uno considerablemente más grande que su cabeza, posiblemente el doble, con ese peso y esa escala que hace que la mente tarde en terminar de creer lo que los ojos están viendo.
Pensé que Connor era un cabrón con una suerte que debería ser estadísticamente imposible y que las costillas fisuradas no compensaban absolutamente nada.
Pensé en Mallorca.
Pensé en Dima en el Globo Azul y en sus contactos en la UCO que todavía creía que le iban a salvar. No le iban a salvar.
Llamaron al embarque. Me levanté. Cogí la bolsa de mano. Caminé hacia la puerta.