Capítulo 11 — Pío pío
Me desperté a las siete con la cabeza más despejada de lo que merecía la noche que había tenido, que era uno de esos regalos gratuitos que el cuerpo hace de vez en cuando sin razón aparente y que conviene no analizar demasiado porque el análisis los disuelve.
Me levanté, fui al baño, me lavé la cara, me miré en el espejo con la grieta en la esquina.
La mandíbula seguía morada pero había bajado de tono, pasando del morado oscuro al amarillo verdoso que es el penúltimo estado antes de que desaparezca, o eso era lo que me decía.
Los nudillos mejor. El antebrazo con la venda de gasa bien.
En conjunto, el inventario daba un resultado de funcional, que era el único resultado que importaba esta mañana.
Hice café. Lo hice con el silencio específico de quien no quiere despertar a nadie en un ático de cincuenta metros cuadrados a las siete de la mañana, que es una empresa más complicada de lo que parece porque la cafetera italiana tiene su propio criterio sobre el volumen apropiado para el proceso de hacer café y ese criterio no tiene en cuenta a los durmientes.
Desde el altillo no llegó ningún sonido. Arriba dormían los dos, o al menos uno de los dos dormía y el otro respiraba, que en el altillo de Connor era a veces lo mismo.
Compré el vuelo.
Lo guardé en el teléfono, el número de reserva, y luego me quedé mirando la pantalla un momento con el café en la otra mano y el ático en silencio alrededor y la realidad de lo que acababa de hacer instalándose con la normalidad de las decisiones que ya estaban tomadas antes de tomarse.
Mallorca. Esta tarde.
Me acabé el café. Fui a la cama. Saqué la caja de las New Balance de debajo del colchón y la abrí.
El revólver. Lo miré un momento. No podía llevarlo en avión sin la documentación de transporte específica que no tenía tiempo de tramitar, y en Mallorca tenía otra opción que llevaba años esperando en su sitio.
Guardé el revólver en la caja. Cerré la caja. La metí donde estaba.
Hice una bolsa pequeña. Lo mínimo: ropa interior, una camiseta de repuesto, el neceser con lo básico. Metí el papel doblado de Oksana en el bolsillo interior de la chaqueta junto al documento de identidad y el poco efectivo que tenía disponible sin tocar los sitios del ático donde estaba el dinero.
A las nueve y cuarto escuché movimiento en el altillo.
Pasos. El crujido de la escalerilla. Connor bajó con la lentitud de sus costillas, el jersey marrón, las zapatillas sin calcetines, y una expresión de la variedad específica de quien ha dormido bien por primera vez en semanas y preferiría que no se notara tanto pero no puede evitar que se note.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —dijo Connor. Me miró. Miró la bolsa junto a la puerta. —¿Ya?
—Esta tarde. Vuelo a las cuatro y cuarenta.
Connor asintió. Fue a la cocina, se hizo café, lo bebió de pie mirando la ventana del patio interior. La ballena azul en la pared de enfrente. Todo igual que siempre.
—¿Cómo están las costillas? —pregunté.
—Mejor que ayer.
—¿Cuánto mejor?
—Lo suficiente para bajar la escalerilla, como ves. —Bebió. —Lo suficiente para funcionar.
—Oksana se queda de momento.
—Ya lo sé —dijo Connor, con la neutralidad sobreactuada de quien menciona algo que le importa mucho como si no le importara nada, y que en él era una técnica tan transparente que resultaba casi entrañable.
—Connor.
—¿Qué.
—Nada.
Arriba, desde el altillo, llegó el sonido de alguien moviéndose. Luego el sonido de la escalerilla, que Oksana bajó con la misma facilidad con que la había subido la noche anterior, sin agarrarse a los lados, con el equilibrio de quien no necesita pensarlo.
Solo llevaba bragas.
Hay momentos en que el cerebro de un hombre recibe más información de la que puede procesar en tiempo real y tarda un segundo en ponerse al día.
Ese fue uno de esos momentos. Oksana bajó la escalerilla del altillo de Connor a las nueve y cuarto de la mañana sin camiseta, con unas bragas de algodón negro y nada más, con la misma naturalidad con que habría bajado con ropa completa, sin ninguna conciencia aparente de que lo que estaba haciendo fuera diferente a cualquier otra cosa que hubiera hecho desde que llegó al ático.
El pelo oscuro suelto. El ojo morado en el estado en que estaba, la nariz ligeramente desviada y aún enrojecida. Y los pechos.
Los pechos de Oksana sin ropa encima eran una experiencia diferente a los pechos de Oksana con ropa encima, que ya era una experiencia considerable.
Sin ropa encima tenían todo su contexto, toda su escala, toda su gravedad en el sentido literal del término: eran grandes con esa grandeza que tiene ciertas cosas que el ojo sabe que son grandes pero que la mente tarda en terminar de creer porque la escala es difícil de integrar en el inventario de lo que uno ha visto antes.
Cada uno del diámetro de su propio tórax.
Grandes y pesados y con esa forma específica de los pechos que no han sido madre, que tienen todavía toda su arquitectura original intacta, una redondez plena y sin concesiones que obedece únicamente a su propia lógica interna.
Eran el tipo de pechos sobre los que alguien, en algún momento de la historia, había decidido escribir poesía, y se entendía perfectamente por qué.
Connor era un cabrón con una suerte que no merecía ningún ser humano vivo.
Y entonces vi la tirita.
En el antebrazo izquierdo, exactamente a la altura del codo, una tirita.
De las beige estándar de cualquier farmacia, de esas que tienen la gasa en el centro y el adhesivo a los lados, pegada sobre lo que debía ser un corte pequeño o una rozadura perfectamente inofensiva.
Una tirita. Una pegatina con adhesivo pegada directamente sobre la piel de un ser humano, que es exactamente lo que es una tirita independientemente de su función médica, que es exactamente lo que son todas las pegatinas, y las pegatinas son una de las invenciones más innecesarias e higiénicamente cuestionables de la historia de la civilización humana sin excepción posible, incluidas las tiritas de primeros auxilios, incluida esta tirita específica en el antebrazo de esta mujer específica que por lo demás era la visión más impresionante que había entrado por la escalerilla del altillo de Lavapiés desde que ese altillo existía.
El ojo no sabía a dónde ir. Los pechos estaban ahí, enormes y perfectos y sin ninguna disculpa.
La tirita también estaba ahí, pequeña y beige y adhesiva, reclamando atención con la terquedad de las cosas pequeñas y absurdas que no deberían importar y que importan igualmente porque el cerebro de un hombre es perfectamente capaz de encontrar irritante una tirita en presencia de los mejores pechos que ha visto en años, que es una capacidad que nadie pidió y que sin embargo existe.
—Buenos días —dijo Oksana.
—Buenos días —dijo Connor desde arriba, con una voz que tenía el tono específico de alguien que está perfectamente despierto y perfectamente satisfecho con el estado general del mundo.
—Vuelo esta tarde —dije yo, mirando un punto intermedio entre la tirita y el resto de Oksana, que era un punto sin existencia geométrica real pero que en ese momento era el único lugar cómodo donde poner los ojos.
Oksana me miró. Asintió una vez, breve.
—¿Necesitas algo de mí antes de irte?
—Todo lo que tenías ya me lo diste ayer.
—De acuerdo.
Se hizo café también. Los tres en la cocina, de pie, con los cafés, en el silencio que se instala cuando hay tres personas que tienen cosas que decir y ninguna de las tres considera que ahora sea el momento. Lavapiés afuera, las palomas, el ruido de siempre.
Me levanté. Cogí la chaqueta. Le dije a Connor que ya sabía lo que había. Le dije a Oksana que el dinero del armario era para lo que hiciera falta. Abrí la puerta.
Ya en el umbral, con la puerta medio cerrada y sin mirar atrás, dije:
—Pío pío.
Silencio dentro.
Cerré la puerta. Dos vueltas de llave.
Desde dentro, amortiguada por la madera, llegó la voz de Connor:
—No. Pío pío no. No, no, no.
Y luego, más baja, la voz de Oksana preguntando algo. Y luego Connor respondiendo, con esa paciencia infinita suya de quien lleva demasiado tiempo explicando lo inexplicable.
Bajé los cuatro pisos. El olor a col hervida, fiel como siempre. Salí a Lavapiés.
⊙
La línea 3 del metro tardó cuatro minutos en llegar, que era un buen augurio o no era nada, dependiendo de cuánto creyeras en los augurios del metro, que yo no creía nada pero los registraba igualmente.
Me senté en el último vagón, que era donde me sentaba siempre, junto a la puerta del fondo, con la chaqueta encima y esa ligera tensión de quien va a hacer algo que no debería hacer y sabe que nadie lo sabe pero que el cuerpo registra igualmente.
El vagón iba medio lleno. La gente que va en metro a las diez de la mañana de un día entre semana es una mezcla específica: los que trabajan en turnos que empiezan tarde, los que van al médico, los turistas que han aprendido que el metro es más barato que el taxi y que se instalan en los vagones con sus maletas y sus mapas en el teléfono con esa expresión de concentración táctica que tienen los turistas cuando intentan descifrar el plano del metro de Madrid, que es objetivamente más complicado de lo que debería ser para el tamaño de la ciudad.