El Conejo del Cristal Capítulo 10 — La visita #4
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Capítulo 10 — La visita #4

Había vivido allí. Era otra vida, otro hombre, otro nombre, o más bien un nombre distinto al mío del que era ahora que también era el distinto.

—Las costillas —dije.

—Las costillas están igual —dijo Connor.

—¿Puedes moverte con normalidad?

—Definiría normalidad de manera suficientemente amplia como para incluir lo que puedo hacer actualmente, sí.

—Connor.

—Puedo moverme. Lentamente. Con precauciones. No voy a ir a ningún sitio, si es lo que estás preguntando, porque ir a sitios en este estado me parece una mala idea operativa además de dolorosa. Pero puedo funcionar aquí. —Una pausa. Otra calada. —¿Y Oksana?

—¿Qué pasa con Oksana?

—Pregunto si se va o se queda.

Lo pensé. Era una pregunta razonable. Oksana en el ático era una variable que no había evaluado todavía con la atención que merecía.

Bajé. Me puse de pie en la cocina frente a Oksana, que seguía en la silla con el café terminado y la expresión de quien ha dicho lo que tenía que decir y ahora espera.

—¿Dónde estás viviendo? —dije.

—En ningún sitio fijo desde que Dima encontró mi casa. —Sin pausa, sin dramatismo. —Tengo una bolsa.

—¿Puedes quedarte aquí mientras yo no estoy?

—Sí.

—Connor necesita asistencia. No médica, no quiere médicos. Práctica. Que alguien baje a comprar, que haya café, esas cosas.

—De acuerdo.

—No toques nada de lo que hay en los armarios del baño.

—De acuerdo.

—Ni en la caja bajo la cama.

—De acuerdo.

—¿Sabes cocinar?

—Sé cocinar.

Asentí. Subí al altillo.

—Se queda —le dije a Connor.

Connor no respondió durante un segundo. Luego:

—¿Sabe cocinar? Yo no puedo.

—Eso dice.

Otra pausa. El sonido del Fortuna. Una exhalación lenta.

—Bien —dijo Connor, con la voz de quien considera que el asunto está suficientemente resuelto para no insistir más en él, aunque en realidad le importara muchísimo más de lo que estaba dispuesto a revelar verbalmente.

Esa noche me quedé en la cama.

Había dormido en el ático todas las noches desde que me mudé a él, con dos excepciones que no venían al caso, y no tenía ninguna intención de dejar de hacerlo esa noche en particular, aunque era probable que tuviera que dormir fuera la noche siguiente, por lo que era importante descansar bien por una vez.

Lo que pasó fue que a las diez y media, cuando ya debería estar evaluando la situación de Mallorca con la cabeza despejada, Connor y Oksana llevaban dos horas hablando desde el altillo.

No de cualquier cosa. De Wittgenstein. De los juegos de lenguaje.

De la imposibilidad de comunicar experiencias no compartidas.

Connor no bajaba —las costillas no invitaban a bajar la escalerilla más de lo estrictamente necesario— y Oksana había subido al altillo con la naturalidad de quien trepa escalerillas en sitios desconocidos sin necesitar que le inviten.

Desde abajo llegaban sus voces con esa regularidad de conversación que se ha encontrado a sí misma, que ya no necesita construir el siguiente argumento porque el argumento está ahí antes de que el anterior termine.

Oksana, resultó, tenía una licenciatura en filología eslava de la Universidad de Bucarest y una opinión muy concreta sobre la relación entre lenguaje y poder que Connor encontraba no solo interesante sino activamente emocionante en el sentido académico más genuino de la palabra.

Cada argumento de Connor recibía un argumento de Oksana que era el tipo de argumento que Connor llevaba meses sin escuchar de nadie que no fuera él mismo.

El placer intelectual de Connor era palpable incluso desde el dormitorio, que estaba a cuatro metros del pie de la escalerilla.

Me puse la almohada en la cara. No sirvió de nada.

En algún punto de las once y media escuché pasos bajando la escalerilla. Me quité la almohada. Oksana apareció en el umbral del dormitorio con algo en la mano: unos auriculares de los pequeños, de los de botón, que tenían el aspecto de haber vivido en el fondo de un bolso durante tiempo indefinido.

—Para el ruido —dijo.

Los cogí. Los miré.

—Gracias —dije.

Oksana volvió a subir la escalerilla. Me puse los auriculares.

No tenía nada conectado a ellos, así que eran simplemente dos trozos de silicona en los oídos que amortiguaban el sonido de las voces hasta convertirlas en un murmullo continuo, inidentificable, perfectamente inútil como aislante acústico pero presente como gesto.

Los dejé puestos igualmente. Me quedé en la cama mirando el techo con el murmullo de Wittgenstein filtrándose por encima del nivel de supresión de los auriculares y el ruido de Lavapiés desde la ventana y la sensación general de que esta noche no iba a ser la noche más reparadora de mi vida, y debajo de todo eso, con la persistencia de las cosas que no se dejan tapar por ningún murmullo de fondo, el nombre de Daniela, de Bălți, veintitrés años, dos intentos.

La conversación paró alrededor de la una.

Escuché el crujido de alguien moviéndose en el altillo.

Luego un silencio diferente al silencio de cuando solo estaba Connor ahí arriba, un silencio más denso, más habitado.

Y luego, después de ese silencio, sonidos que los auriculares no tapaban en absoluto porque los auriculares estaban diseñados para atenuar voces humanas en frecuencias de conversación y no para el rango específico de frecuencias que llegaba ahora desde el altillo, que era un rango completamente diferente y que no tenía nada que ver con Wittgenstein.

Me quedé en la cama mirando el techo.

Connor era un cabrón con suerte. Con suerte y con costillas fisuradas y con Wittgenstein y con argumentos sobre los juegos de lenguaje que yo no habría sabido formular ni en el mejor momento de mi vida, y aun así ahí estaba, en el altillo, con Oksana y sus pechos extraordinarios que hacían lo que hacían los pechos extraordinarios cuando están en movimiento, que era un sonido perfectamente audible desde el dormitorio con independencia de los auriculares.

Pero tenía razón en algunas cosas concretas y no tan concretas. Y en lo del caramelo. Y en lo del dinero de Borja.

Así que supongo que había que concederle algo.

Pensé en Mallorca. En Dima, en el papel doblado en cuatro.

En la UCO y los dos nombres que no reconocía pero que reconocía por lo que eran: la Unidad Central Operativa trabaja desde un edificio de cristal en Madrid y tiene tentáculos en antidrogas, delitos económicos, crimen organizado transnacional, y la capacidad específica de conectar puntos que otros no conectan.

Yo había estado cerca de esa estructura antes, en otra vida, desde el otro lado, y sabía exactamente lo que significaba que esos dos nombres estuvieran en una lista con fechas y reuniones.

Significaba que Dima no estaba negociando. Estaba construyendo.

Y cuando alguien construye con la UCO, el tiempo que tiene el otro lado para actuar es exactamente el tiempo que tarda la UCO en considerar que tiene suficiente.

No era mucho tiempo.

Pero esa no era, en realidad, la razón por la que iba a ir a Mallorca, y los dos lo sabíamos —yo lo sabía tumbado en la cama con los auriculares inútiles puestos, y Oksana lo había sabido desde antes de tocar el timbre, que era exactamente por qué había elegido la última frase de su informe con tanto cuidado: que alguien lo pague, y que sea alguien que entienda por qué.

Evitar que nos delatasen era el argumento operativo, el que se podía decir en voz alta sin que sonara a otra cosa.

Daniela, y lo que ella significaba que era el de otras muchas mujeres en ese lugar era el argumento real, y ese no hacía falta decirlo en voz alta porque ya estaba dicho, una vez, con todo el peso que necesitaba, y no iba a hacer falta repetirlo.

Me dormí alrededor de las tres, con los auriculares todavía puestos y el altillo en silencio por fin y el ruido de Lavapiés desde fuera, indiferente y constante como siempre.