Capítulo 10 — La visita #3
El nombre en boca de otra persona era una experiencia que no había tenido en mucho tiempo.
En los últimos años lo había oído exactamente cero veces, porque las personas que lo habían conocido con ese nombre eran personas que o bien ya no existían o bien habían tenido la sensatez suficiente para no existir en su mismo radio de acción.
Escucharlo en boca de Oksana, en la cocina del ático de Lavapiés a las once y cuarto de la mañana con el café en la mano y a Daniela todavía en el aire entre los dos, produjo algo que no era exactamente incomodidad pero que tampoco era comodidad.
Era la sensación de que un objeto que creías guardado en un cajón cerrado estaba encima de la mesa, y que esta vez yo mismo lo había dejado ahí sin necesitar que nadie lo sacara.
No dije nada.
—No hace falta que confirmes ni desmientas —dijo Oksana. —No es relevante para lo que te estoy pidiendo. Es relevante para saber si eres la persona adecuada para pedírselo, y eso ya lo sé.
—¿Qué me estás pidiendo?
—Que vayas a Mallorca y te encargues de Dima.
Lo dijo con la misma cadencia con que habría pedido que fuera a comprar algo. Sin énfasis, sin la retórica de quien pide algo que sabe que es grave. Como si la petición y el precio fueran cantidades conocidas de una ecuación que ya estaba resuelta antes de llegar aquí.
—¿Por qué no lo haces tú? —dije.
—Porque Dima sabe que le he encontrado. Y porque soy una mujer que trabaja sola y Dima tiene gente en ese sitio. —Una pausa. —Y porque tú eres Rambo.
—Ya no soy Rambo.
—Ya lo sé —dijo Oksana. Y en su voz no había ironía ni desafío, solo el registro de un hecho. —Por eso me ha costado encontrarte.
Silencio. El café. El ruido de Lavapiés desde la calle. Arriba, en el altillo, Connor dormía o fingía dormir, que en Connor era a veces indistinguible.
—Hay otra cosa —dijo Oksana.
—Dime.
—Hicisteis bien dejando el dinero de Borya en el piso.
Desde arriba llegó la voz de Connor, que al parecer no dormía:
—Borja.
—Eso he dicho —dijo Oksana, sin levantar la voz.
—Has dicho Borya. Era Borja.
Oksana me miró. Yo estaba mirando el techo.
—¿Vive aquí? —dijo Oksana.
—Vive aquí —dije.
—¿Siempre hace eso?
—Siempre.
Oksana me miró. Yo la miré.
—Borja —repitió Connor desde el altillo, con la paciencia de quien corrige un error ortográfico evidente. —Se llamaba Borja María Aguilar López. Borya era un apodo. El hombre real era Borja.
Oksana suspiró.
—Hicisteis bien dejando el dinero de Borja en el piso —dijo, con la misma cadencia de antes.
—Fue cosa de Connor. —dije.
—La policía encontró lo que cree que era todo el dinero. Más de dos millones repartidos por el apartamento. —Una pausa. —Eso les hizo pensar.
—¿Pensar qué?
—Que quien estuvo allí esa noche no salió de allí.
La teoría actual es que uno de los guardaespaldas de Borya —perdona, de Borja— tuvo un ajuste de cuentas interno.
Que alguien de dentro le ahogó por venganza o quien sabe qué pero luego murió de un disparo en el enfrentamiento con el resto de la banda.
— Me miró. —El del muslo es el que murió, por cierto, pérdida de sangre.
Lo procesé. El del tercer rellano, el cinturón de cable eléctrico como torniquete. No había sido suficiente.
—La lógica de la policía —continuó Oksana— es que si alguien hubiera entrado desde fuera a hacer lo que se hizo, se habría llevado el dinero.
Como el dinero estaba ahí, la persona que lo hizo también estaba ahí.
Están buscando un traidor interno que ya está muerto.
—Hizo una pausa. —No tienen ni idea del coche.
—¿Qué coche? —dije.
Oksana me miró con esa expresión suya de evaluación continua.
—El Mercedes de Borja que alguien quemó en un descampado a dos manzanas de aquí —dijo.
—Era suyo, yo lo sé y también sé lo que había en el maletero.
No tenían la matrícula registrada. Saben que alguien se llevó un coche esa noche pero no saben qué coche era ni dónde terminó.
—Una pausa muy breve. —No lo relacionan con vosotros, aunque un coche así con esa carga en el maletero quemado tan cerca...
Me quedé mirándola.
—¿Cómo sabes tú lo del coche? —dije.
—Porque es mi trabajo saber cosas —dijo Oksana, con una simplicidad que cerraba la pregunta sin abrirla más. —Era buena en mi trabajo, antes de que Borja muriera. Antes de que Dima me echara el ojo.
—¿Y cómo es exactamente tu trabajo? —dije. —Porque lo del coche no lo sabe nadie todavía, ni siquiera ha salido en las noticias con todo el revuelo de Borja.
Oksana se quedó un momento con la taza vacía entre las manos, como decidiendo si esa pregunta merecía respuesta o si podía dejarla pasar con la misma simplicidad de antes. Decidió que sí la merecía.
—Compagino lo de Borja con otra cosa —dijo. —Traducción. Ruso, rumano, algo de búlgaro. Para la Guardia Civil. Tres días a la semana, en el edificio de cristal.
—¿En qué planta?
—Tercera.
—La tercera, Delitos Económicos, siempre me pareció poca cosa —dije—, con todo lo que hay en la quinta. Narcotráfico.
Oksana se quedó mirándome un momento más de lo que había mirado nada en toda la conversación. Arriba, en el altillo, Connor también se quedó callado, lo cual en Connor era una forma de sorpresa mucho más elocuente que cualquier comentario que hubiera podido hacer.
No me preguntó cómo sabía eso.
Oksana asintió despacio, con la expresión de quien incorpora información a un sistema de clasificación que ya tenía suficiente material pero que siempre admite más.
—Dima ha estado hablando con dos hombres de la Guardia Civil.
Lo sé porque tengo los nombres y las fechas de las reuniones.
—Puso un papel encima de la mesa, doblado en cuatro.
Lo deslizó hacia mí sin abrirlo. —Si Dima habla, habla de todo.
Del cristal. De Borja. De vosotros. Dima es un puto niñato de mierda y un jodido marica de cojones, y la única razón por la que no lo ha hecho ya es porque todavía cree que puede negociar. —Hizo una pausa. —No puede.
Cogí el papel. Lo abrí. Dos nombres, dos fechas, un lugar en Madrid. No los conocía pero los reconocí por la estructura: eran nombres de unidad, no de comisaría. UCO. La misma que llevaba tiempo detrás de Borya.
Lo doblé. Lo metí en el bolsillo.
—¿Qué consigues tú? —dije.
—No tener que preocuparme de Dima —dijo Oksana.
Y era una respuesta tan simple y tan completa que no requería nada más.
Y sin embargo, después de un momento, añadió algo que no le había pedido, algo que no encajaba con la estructura de informe que había mantenido durante toda la hora anterior—: Y que alguien lo pague.
No que desaparezca. Que lo pague alguien que entienda por qué.
Eso último no sonaba a Oksana profesional. Sonaba a Oksana persona, la que llevaba semanas con los nombres de Daniela y de las otras tres archivados en algún sitio que el bloc sin abrir no había conseguido mantener completamente cerrado.
Subí al altillo.
Connor estaba despierto, lo sabía porque el Fortuna estaba encendido y el humo salía por el hueco de la tienda de colchones con esa regularidad de quien fuma metódicamente en la oscuridad. Me senté en el borde del colchón con la cabeza agachada para no dar con el techo.
—He estado escuchando —dijo Connor.
—¿Todo?
—Todo. —Connor dio una calada larga y la sostuvo más tiempo del habitual antes de exhalar, que en él era una señal de que algo le había afectado de una manera que no encajaba en su registro habitual de ironía.
—He oído suficiente tráfico de mujeres y maltratos para una vida entera leyendo a Foucault sobre el poder y los cuerpos disciplinados, y nada de lo que he leído se parecía remotamente a esto.
—¿Vas a ir?
—No lo sé todavía. —Lo pensé un momento más, y la respuesta llegó con una claridad que no había sentido en ninguna de las decisiones anteriores de las últimas semanas. —Sí.
Connor no preguntó por qué con la rapidez con que normalmente preguntaba las cosas.
Se quedó fumando un momento, mirando el humo subir hacia la lamparita de Ikea, y cuando habló otra vez su voz tenía algo que no tenía casi nunca: la ausencia total del filtro irónico con que procesaba habitualmente todo lo que le resultaba incómodo.
—Bien —dijo Connor. —Por una vez, bien.
—Mallorca —dijo Connor, con un tono que era el tono de quien pronuncia el nombre de un lugar que le produce una reacción específica. En el caso de Connor la reacción era académica, neutral, la de quien procesa un topónimo geográfico sin connotaciones personales. En el mío era otra cosa.
Mallorca. El nombre de Mallorca en mi cabeza siempre producía una respuesta física antes que mental, una contracción en algún sitio del pecho que no tenía nombre anatómico pero que era reconocible, la respuesta de quien escucha el nombre de un lugar donde fue alguien que ya no es.
Mallorca era el calor de agosto caminando entre un mar de guiris a las dos de la tarde.
Mallorca era el olor a gasóleo de las furgonetas del puerto mezclado con la sal y el aceite de protección solar que lo impregna todo en verano como si el aire mismo estuviera untado.
Mallorca era una isla pequeña que en algún momento fue bonita y que llevaba décadas convenciéndose de que era un destino y que debajo de la postal turística tenía todas las cosas que tienen los sitios que llevan mucho tiempo llenándose de gente que viene y se va: la miseria bien escondida, los negocios que no están en ningún directorio, los acuerdos que nadie firma porque firmarlos sería lo más peligroso que podrías hacer.
Era un puto agujero infecto lleno de mierda y gente falsa, y lo era con una luminosidad y un cielo azul que hacían que la putrefacción pareciera paisaje un par de meses al año.
Y ahora, además, era el sitio donde una chica de veintitrés años de Bălți llevaba siete meses enterrada en el monte entre Esporles y Banyalbufar porque había intentado, dos veces, dejar de existir como mercancía.