El Conejo del Cristal Capítulo 10 — La visita #2
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Capítulo 10 — La visita #2

Lo que sí explicó después, con la misma cadencia técnica con que había explicado todo lo anterior, fue el mecanismo que las mantenía ahí.

Una vez en El Globo Azul, a las mujeres se les decía que tenían una deuda: el billete de avión, el alojamiento, la gestión del contrato, una larga lista de conceptos inventados que sumaban una cifra deliberadamente imposible de pagar con lo que les correspondía de lo que generaban, que era casi nada.

La deuda nunca bajaba. Eso era matemática elemental aplicada con la frialdad de quien sabe que la víctima no tiene ni el idioma ni los contactos ni, después de las primeras semanas, ni siquiera la voluntad para hacer las cuentas por su cuenta.

A las que preguntaban demasiado, o lloraban demasiado, o intentaban llamar a casa, se les explicaba —siempre con calma, nunca a gritos, que era parte del método— que sus familias en Chișinău o en Plovdiv o en algún pueblo de los Cárpatos sabían exactamente dónde vivían, y que Dima tenía gente que viajaba a esos sitios con la misma facilidad con que un comercial visita a sus clientes.

Y luego estaban las drogas.

—No para divertirlas —dijo Oksana, y aquí, por primera vez en el informe, algo en su voz cedió un grado, no mucho, lo justo para que yo lo notara—.

Para que dejen de oponer resistencia. Empiezan con algo suave, para que dejen de llorar, para que duerman las horas que les dejan dormir sin pesadillas que después no las dejen trabajar.

Y terminan necesitándolo, que es el punto.

Una mujer que necesita algo que solo tú le puedes dar deja de ser un problema de seguridad y se convierte en un problema de gestión de inventario, que es mucho más sencillo.

Las que se ponían difíciles —las que intentaban escapar, las que se negaban en redondo, las que un cliente denunciaba después porque algo en su cara durante el servicio le había hecho sentir, por un segundo, una culpa que prefería no examinar— recibían lo que Oksana, con esa precisión suya que no perdonaba ni a ella misma el esfuerzo de decirlo con todas las letras, llamó «correcciones».

No usó eufemismos baratos. Dijo que las ataban.

Dijo que las quemaban en sitios que no se ven con ropa.

Dijo que a veces era Dima en persona el que lo hacía, no porque hiciera falta —tenía gente para eso, gente competente, gente que lo había hecho antes en otros contextos para otra gente— sino porque a Dima, específicamente, le gustaba.

Eso lo dijo sin más adjetivos, sin necesidad de ellos: que a Dima le gustaba, en el sentido más literal y menos metafórico de esa palabra, y que esa era la diferencia entre Dima y todos los demás hombres horribles que Oksana había conocido en años de trabajar cerca del negocio de su padre.

Los demás hacían daño porque el negocio lo requería.

Dima requería el negocio para tener una excusa.

Había, además, alguien más en esa estructura, dijo Oksana, aunque ahora ya no.

Dima tenía un hombre de confianza, un chico, más bien, no llegaría a los veinte años, que se llamaba Farfán y que llevaba año y medio haciendo el trabajo que ni siquiera Dima quería hacer con sus propias manos todas las veces.

Farfán había desaparecido el mismo día en que Connor le llevó a Borya la primera entrega de cristal azul.

Nadie sabía qué le había pasado. La versión que circulaba entre la gente de Dima era que se había fugado con algo de dinero, o que había hablado con alguien que no debía.

Dima no se lo creía. Dima estaba convencido de que Farfán estaba muerto, y lo decía, según Oksana, con una seguridad que no admitía discusión, porque conocía a Farfán mejor que nadie y sabía que Farfán jamás habría dejado el trabajo por voluntad propia: a Farfán, dijo Oksana sin suavizar ni una palabra, le encantaba cortarle partes del cuerpo a las mujeres que Dima le entregaba como premio cuando hacía bien su trabajo, y un hombre con esa clase de devoción no se fuga de la fuente que se la permite.

Hice un esfuerzo consciente, ahí sentado en mi cocina, por volver a olvidar el nombre del chico.

Era la cuarta vez que tenía que hacer ese esfuerzo en mi vida, y cada vez se me daba un poco peor, no porque el esfuerzo en sí fuera más difícil sino porque la lista de nombres que tenía que ir olvidando deliberadamente, uno detrás de otro, empezaba a pesar de una manera que el olvido voluntario no estaba diseñado para soportar indefinidamente.

Pensé en la tercera bala.

Llevaba días pensando en la tercera bala con la convicción de quien arrastra un arrepentimiento sin haber terminado de identificar de qué se arrepiente exactamente.

Ahí, con Farfán todavía flotando en el aire de la cocina, y con una claridad que no agradecí, concluí que no me arrepentía de las tres balas.

En ese momento me arrepentía de que hubieran sido solo tres.

De que el colchón del desierto, las garrapatas, el sol cayendo perpendicular sobre el llano, todo eso, hubiera sido tan rápido, tan limpio, tan poco a la altura de lo que merecía un mundo que producía gente como Farfán y como Dima.

La tercera bala no había sido ni remotamente suficiente.

Llevaba memorizándola mal todo este tiempo, archivándola como una culpa, cuando en realidad siempre había sido otra cosa.

Le pregunté cuántas mujeres.

—No lo sé con exactitud —dijo. —Dieciocho meses, una rotación constante, algunas semanas, las menos resistentes, otras más de un año.

Calculo que entre treinta y cuarenta han pasado por El Globo Azul desde que empezó.

En este momento hay nueve o diez. —Una pausa exacta, calibrada, antes de la siguiente frase, que era la que de verdad importaba—: De las treinta o cuarenta, sé de al menos cuatro que no salieron de ahí.

—¿Qué les pasó?

—A dos no lo sé. Desaparecieron de la rotación, nadie volvió a mencionarlas, y en este negocio cuando alguien deja de mencionarse es porque ya no hay nada que mencionar.

A una la encontraron cerca de Cala Figuera hace siete meses.

Salió en el periódico un día, simplemente dos frases, mujer no identificada, posible accidente de baño.

No sabían quién era porque nadie había reclamado el cuerpo, no tenía papeles, no existía para ningún sistema que pudiera reclamarla. La otra se llamaba Daniela.

Lo dijo así, sin transición, sin avisar de que iba a darme un nombre, y el nombre cayó en la cocina con un peso que ninguna de las cifras anteriores había tenido, porque las cifras se pueden archivar y un nombre no.

—Veintitrés años. De Bălți, en Moldavia.

Llevaba siete meses en El Globo Azul cuando intentó escapar por segunda vez.

La primera vez la trajeron de vuelta a las pocas horas y la «corrigieron», que es la palabra que ellos usan, delante de las demás, para que sirviera de algo más que de castigo a ella sola.

La segunda vez no llegó a salir del edificio.

Dima estaba ahí esa noche. —Oksana se quedó mirando la taza de café un momento, no porque hubiera perdido el hilo sino porque ese era exactamente el punto en el relato donde el informe dejaba de protegerla.

—No voy a contarte los detalles porque no te sirven de nada que no sea para que duermas peor esta noche, y porque a mí me los contaron a mí también sin que me sirvieran de nada salvo eso.

Lo que te voy a decir es que la enterraron en el monte, entre Esporles y Banyalbufar, y que yo sé exactamente dónde porque uno de los dos hombres que cavaron el agujero me lo dijo borracho, pensando que era una historia que le hacía parecer importante.

No dije nada. No había nada que decir que no fuera redundante con lo que ya estaba dicho.

—¿Y Borya no sabía nada? —pregunté, tras unos segundos, porque necesitaba que la siguiente frase fuera mía y no el silencio que seguía a Daniela.

—Borya no sabía nada. —Una pausa. —Borya ahora tampoco sabe nada, pero por razones diferentes.

Lo miré. Ella me devolvió la mirada con el ojo sano.

Y aquí, mientras Oksana cogía aire para seguir —porque todavía quedaba la parte que de verdad le importaba, que era la pregunta de qué iba a hacer yo con todo eso—, me permití, por primera vez desde que se había sentado, un momento de algo que no había sentido en mucho tiempo trabajando para nadie: la sensación, completamente ajena a cualquier cálculo de supervivencia, de que el mundo necesitaba con urgencia una cosa menos en él, y que esa cosa tenía nombre y dirección.

Había matado por dinero. Había matado por instrucciones.

Había matado, más recientemente, por simple aritmética operativa: porque un hombre vivo sabía demasiado y un hombre muerto no sabía nada.

Todas esas muertes tenían la misma textura interior, una especie de neutralidad funcional que me permitía hacer el trabajo y dormir esa noche y la siguiente sin que el techo del ático tuviera ninguna opinión particular sobre mí.

Lo de Dima era distinto, y lo supe en ese mismo instante, sentado en mi propia cocina con el café frío y Oksana al otro lado de la mesa con el ojo morado que él le había dejado: esto no iba a ser trabajo.

Esto iba a ser otra cosa, algo más parecido a lo que sentí de niño en aquel salón con el rifle de mi padre, salvo que esta vez no tenía ocho años y esta vez no había ninguna duda sobre si la ecuación iba a cerrar.

—¿Cómo sabes quién soy? —dije.

—Lo supe cuando estaba evaluando el entorno de Borya. Había rumores sobre el proveedor del cristal azul, y cuando empecé a tirar del hilo llegué a ti. —Una pausa muy breve, casi imperceptible. —Y a lo que eres.

—¿A lo que soy?

—A lo que eras. Rambo.