El Conejo del Cristal Capítulo 10 — La visita
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Capítulo 10 — La visita

L lamaron a la puerta a las once de la mañana, dos días después de volver de Móstoles.

Dos golpes. No el timbre, que funcionaba, sino los nudillos directamente sobre la madera, con esa precisión de quien sabe que el timbre existe y ha decidido que prefiere los nudillos.

Me levanté de la silla donde estaba sentado mirando la pared con el café ya frío en la mano, cogí el revólver de la caja de las New Balance, lo comprobé —cilindro, cartuchos, seguro— y me puse junto a la pared lateral de la puerta, que era la posición desde la que podía abrir sin estar directamente en el umbral.

—¿Quién es?

—Oksana.

Me quedé quieto un momento.

—¿Oksana quién?

—Oksana que trabajaba para Borya. —Una pausa. —O buneo, ya no.

Guardé el revólver en la cintura, descorrí el cerrojo, abrí la puerta.

Oksana estaba en el rellano con una chaqueta oscura que no era la blusa del Brillante y que estaba claramente diseñada para cubrir un cuerpo mucho menos generoso que el suyo y un ojo derecho en un estado que no requería explicación pero que la tenía: el hematoma estaba en ese punto de desarrollo pasadas veinticuatro horas en que ya no duele con la misma intensidad pero ha alcanzado su extensión máxima, ese morado verdoso que cubre desde el pómulo hasta la ceja con la permanencia de algo que va a tardar semanas en irse, y la nariz levemente enrojecida y desviada claramente debido al mismo golpe que había provocado el ojo morado.

El pelo oscuro suelto esta vez, sin el moño del Brillante.

Y los pechos, porque los pechos de Oksana eran lo que eran con independencia de las circunstancias, con independencia del ojo morado y de la chaqueta oscura a punto de estallar y de que eran las once de la mañana en el rellano de un ático de Lavapiés.

Una vez vistos no desaparecen del inventario perceptivo de un hombre.

Simplemente están, como las montañas o los edificios altos: presencias permanentes del paisaje que el ojo registra con independencia de si el momento lo pide o no.

—¿Puedo pasar? —dijo Oksana.

Abrí la puerta del todo.

Se sentó en la silla de la cocina, la que no era la silla dos centímetros fuera de su sitio, sin que yo se lo indicara, con esa naturalidad de quien entra en sitios desconocidos y se instala en ellos como si los hubiera frecuentado antes.

Miró el ático con el mismo escáner rápido y sistemático con que había mirado El Brillante, registrando, catalogando, archivando.

Miró la escalerilla. Miró el altillo. Miró la máquina contadora de billetes que seguía en la mesa.

—¿Quieres café? —pregunté.

—Sí.

Lo hice. Lo puse delante de ella. Me senté enfrente.

Oksana bebió. Miró el café. Luego me miró a mí con el ojo sano y con el otro, que también miraba aunque con la limitación del hematoma.

—Dima —dijo.

—Dima —confirmé.

—Dima te hizo esto —dije, señalando el ojo.

—Dima me hizo esto —dijo Oksana, con la neutralidad de quien confirma un dato técnico. —Dima lleva tiempo haciendo cosas que no están autorizadas. El ojo es lo de menos.

—¿Qué cosas?

Oksana dejó el café. Cruzó las manos sobre la mesa. Tenía las manos de alguien que ha hecho trabajo físico en algún punto de su vida, con una solidez en las muñecas que no era la solidez del gimnasio sino la de algo anterior, más formativo. Las uñas cortas, sin pintar.

—Necesito que hagas algo —dijo.

—Cuéntame primero.

⊙

Lo que Oksana contó duró más de una hora, y no tuvo en ningún momento la estructura de una conversación.

Tuvo la estructura de un informe técnico, leído de memoria por alguien que se lo había repetido a sí misma tantas veces en la cabeza —ordenando los hechos, archivando las fechas, decidiendo qué detalle iba antes que cuál otro— que para cuando llegó a mi cocina ya no era un relato, era una pieza terminada.

Sin digresiones. Sin énfasis emocional, salvo el que se filtraba a través de la ausencia deliberada de énfasis, que en Oksana era su propia forma de gritar.

La escuché sin interrumpir, que es como se escuchan los informes, y según avanzaba entendí por qué había necesitado convertirlo en eso: en datos, en cronología, en cifras.

Era la única manera de decirlo en voz alta sin que la voz se le rompiera por el camino.

Dima llevaba dieciocho meses operando un negocio paralelo al de su padre, completamente al margen de la estructura de Borya y completamente desconocido para Borya hasta que Oksana lo había descubierto tres semanas antes.

El negocio era tráfico de personas con base en Mallorca.

No el tráfico de subsaharianos en pateras que sale en los telediarios, que tiene su propia economía y sus propias rutas y que, dijo Oksana con una precisión que no admitía discusión, es ya bastante atroz por sí mismo sin que haga falta compararlo con nada.

Esto era otra cosa: reclutamiento activo de mujeres jóvenes en países del Este —Rumanía, Moldavia, Bulgaria, en algún caso Ucrania, en algún caso más reciente Georgia— con la promesa de trabajo legal en hostelería o animación turística en la isla.

Entre dieciocho y treinta y dos años. Sin familia que pudiera permitirse buscarlas con recursos.

Sin idioma español, casi nunca con inglés suficiente para defenderse.

Esa selección no era casualidad. Esa selección era el producto, dijo Oksana, antes de que el producto fuera nada más.

Las mujeres llegaban a Palma con sus documentos en regla, contrato de trabajo firmado con una empresa española de gestión de personal que existía en el Registro Mercantil y tenía número de IVA y todo lo demás —Dima había pagado a un gestor para montar la sociedad, con la misma diligencia burocrática con que cualquier empresario monta una sociedad legítima, que era la parte que a Oksana le parecía más obscena de todas: que hubiera papeleo, que hubiera un sello, que hubiera alguien en algún despacho de Palma que cobrara una minuta mensual por mantener viva esa ficción sin preguntarse nunca qué hacía exactamente esa empresa—, y en el aeropuerto las recibía un hombre de Dima que les recogía el pasaporte para «tramitar el alta en seguridad social» y les decía que tenían que pasar unos días en un alojamiento provisional mientras se organizaba el trabajo.

El alojamiento provisional era un local en las afueras de Palma que Dima tenía alquilado a nombre de una sociedad limitada con sede en Andorra.

Una nave reconvertida, con las ventanas tapiadas desde dentro y un sistema de cierre que solo funcionaba en una dirección.

Ahí las dejaban entre tres días y dos semanas, dependiendo de cuántas hubiera en ese momento esperando turno, sin pasaporte, sin teléfono —se los quitaban también, «por seguridad», les decían, para que no se les estropearan mientras trabajaban—, sin nada que las conectara con el mundo exterior a la voz del hombre que les traía comida una vez al día y que nunca era el mismo hombre dos veces seguidas, que era otra decisión deliberada: que ninguna de ellas llegara a conocer una sola cara lo suficiente como para describirla después.

Desde ese local las mujeres nunca llegaban al trabajo de hostelería o animación turística. Terminaban en otro sitio.

El sitio se llamaba El Globo Azul.

—Es un club, si se le puede llamar club a algo que no consta en ningún registro de establecimientos de ocio de la Comunidad Autónoma —dijo Oksana—, y que sin embargo lleva años funcionando con la normalidad de un sitio que tiene amigos en los lugares correctos.

Ahí es donde se las pone a trabajar de verdad.

—Trabajar de verdad —dije.

—Es prostitución forzada —dijo Oksana, y la frase no le costó ningún esfuerzo articularla, lo cual era precisamente lo que la hacía más difícil de escuchar.

—No hay un eufemismo que lo mejore y no voy a usar ninguno.

El Globo Azul abre de ocho de la tarde a cuatro de la madrugada, seis noches por semana.

Cada mujer atiende entre ocho y catorce clientes por noche, dependiendo de la noche y de lo que Dima decida que necesita esa semana para los números.

No eligen a quién. No pueden negarse a un cliente sin que eso cuente como «falta de colaboración», que es la categoría que precede a una «corrección».

No hay control sanitario salvo el mínimo que a Dima le interesa mantener para no perder mercancía: un médico de la zona que cobra en efectivo y no pregunta hace una revisión mensual que existe para detectar enfermedades que puedan ahuyentar a los clientes, no para proteger a las mujeres.

Las que se quedan embarazadas —y se quedan, porque la negociación del preservativo depende del cliente, y el cliente paga más si decide que no quiere usarlo— tienen dos opciones, y ninguna de las dos la deciden ellas.

Me quedé callado.

—Esto es lo que es —dijo Oksana—. No hay una versión de esto que suene mejor si la cuento de otra manera. Llevo tres semanas intentando encontrar una forma de decírtelo que no sonara exactamente así, y no la hay.