Capítulo 9 — Lo que queda después #3
Me levanté. Fui a la ventana que daba al patio interior.
La abrí un poco. La ballena azul de la pared de enfrente seguía ahí, grande y azul y sin ningún propósito que yo hubiera conseguido identificar en dos años de convivencia, pero ya tan parte del paisaje que su ausencia habría resultado más extraña que su presencia.
Pensé en Dima.
Dima era el hijo. Dima tenía veinticinco o veintiséis años y un padre muerto en el rincón de una piscina de Móstoles y una organización que había quedado sin cabeza de la noche a la mañana y cuatro mensajes de WhatsApp sin leer en el teléfono que Connor no podía abrir.
Dima era el problema de mañana porque hoy no había nada que hacer con Dima que no empeorase la situación, y la situación de hoy ya era suficientemente complicada sin añadirle a Dima.
Pero mañana Dima iba a existir. Eso no cambiaba.
Cerré la ventana.
⊙
A las nueve de la noche le subí a Connor algo de comer, lo que había: pan, queso, unas aceitunas que llevaban en el frigorífico más tiempo del recomendable pero que olían bien.
Connor comió sentado en el colchón con el plato en las rodillas con ese apetito en ráfagas cortas que era su manera de comer cuando el cuerpo tenía otras prioridades.
Tenía mejor aspecto que ayer, lo que en su caso significaba que el ojo izquierdo había pasado de completamente cerrado a entrecerrarse un poco, y que la mandíbula ya no estaba tan tensa.
Lo que no había mejorado era la respiración, que seguía con ese ritmo irregular de las costillas, y que cada vez que hacía un movimiento ligeramente brusco producía en su cara una expresión que desaparecía inmediatamente pero que estaba ahí.
—Mañana llamas a un médico —dije.
—Mañana llamo al médico.
Era la primera vez que no discutía ese punto. Lo registré.
Bajé. Me senté. La noche de Lavapiés filtrándose por las ventanas con su ruido constante e indiferente.
En la caja de las New Balance bajo el colchón: el revólver, la Beretta, los billetes, el trapo. La máscara encima de todo ello con los ojos negros hacia arriba.
El Jäger en el armario: vacío desde hace días.
El Jameson: la botella nueva que había comprado aquella noche estaba en la mesa, sin abrir todavía.
La había comprado antes de que Connor desapareciera y la había dejado ahí, en la mesa, sin tocarla mientras todo lo demás pasaba, como si abrirla hubiera sido hacer algo definitivo que en ese momento no correspondía hacer.
La miré.
Era una botella. Vidrio ámbar, etiqueta roja, tapón de corcho con la cápsula de plástico todavía intacta. El peso familiar de la botella sin abrir en la mano cuando la cogí, esa densidad específica del vidrio lleno. La sostuve un momento.
Pensé en el descampado a dos manzanas. En el W124 de Borya ardiendo con el humo oscuro de los materiales sintéticos. En el colchón del desierto con las garrapatas. En la tercera bala.
Pensé en Connor en el suelo del dormitorio de Móstoles con las bridas en las muñecas. En el libro de Wittgenstein abierto boca abajo. En la silla dos centímetros fuera de su sitio.
Fui a la ventana que daba a la terraza. La abrí. El aire de la noche, frío, el ruido de Lavapiés desde abajo. La calle cuatro pisos más abajo, las farolas, la acera, la gente que pasaba sin mirar hacia arriba porque nadie mira hacia arriba.
Levanté el brazo.
Tiré la botella.
La vi caer, el arco de vidrio ámbar contra el negro de la noche, y esperar el sonido del impacto, el cristal rompiéndose en la acera. Esperé. Miré hacia abajo.
Miré la mano.
La botella seguía en la mano. El tapón intacto. La cápsula de plástico sin romper. No la había tirado. La tenía en la mano, en el mismo sitio donde había estado antes de que creyera tirarla, con el mismo peso y la misma densidad de vidrio lleno.
La ventana seguía abierta. El aire seguía siendo frío.
Me quedé un momento en el umbral de la ventana con la botella en la mano, sin tirarla y sin apartarme, en ese espacio entre los dos.
Luego cerré la ventana.
Puse la botella en el armario, detrás del Jäger vacío. Cerré el armario.
Me fui a la cama.
⊙
Esa noche no soñé con el colchón ni con la tercera bala ni con el rincón de la piscina.
Soñé con el local de jazz que Connor y yo habíamos encontrado aquella noche caminando colocados por Lavapiés y que nunca habíamos vuelto a encontrar sobrios.
En el sueño era el mismo sótano, las mismas escaleras que olían a húmedo, el mismo cuarteto tocando como si no hubiera nadie.
Connor estaba ahí, con su jersey marrón y sus zapatillas sin calcetines y las Investigaciones Filosóficas bajo el brazo, bebiendo una cerveza sin mirarme.
La música era buena. Era exactamente tan buena como la recordaba.
Me desperté a las ocho de la mañana.
Arriba, Connor dormía. La respiración irregular de sus costillas pero regular de su sueño. Me quedé un momento escuchándola desde abajo, de pie en el suelo del ático con el frío de la mañana en los pies, hasta que me pareció suficientemente estable para ir a hacer el café.
Hice el café.
Lo bebí de pie junto a la ventana del patio interior, mirando la ballena azul.
Era azúcar.
Todo lo que me rodeaba era azúcar. Incluso yo mismo era azúcar.