El Conejo del Cristal Capítulo 9 — Lo que queda después #2
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Capítulo 9 — Lo que queda después #2

Tercera llamada desde que llegamos. Connor lo había contestado las dos veces anteriores con el mismo protocolo: las eses, la cadencia de Vallecas intentando no serlo, «soy yo, Borya, ¿qué quieres?

», y luego improvisando según lo que llegaba al otro lado, con esa capacidad suya de adaptar el registro en tiempo real que era uno de los talentos más específicamente inútiles que había visto en acción y que en este momento era el más útil de todos los disponibles.

La tercera llamada Connor la cogió con la misma naturalidad con que había cogido las dos anteriores.

—Da —dijo. Pausa. —No, lo de las noticias es una confusión. Estoy bien. —Pausa más larga. —En un sitio seguro. Los periodistas exageran, ya sabes cómo son. —Pausa. —Sí. Mañana hablamos con más calma.

Colgó.

—¿Quién era? —pregunté.

—No lo sé. Un hombre. No se presentó. Preguntó si estaba bien. Le dije que sí. —Una pausa. —El WhatsApp sigue sin poder abrirlo. Sin el pin no hay manera. Hay cuatro mensajes sin leer y uno que según la notificación es de alguien llamado D, que puede ser Dima o puede ser cualquier otra cosa.

—¿Cuánto tiempo puedes seguir haciéndote pasar por él?

—Depende de con quién hable. Con alguien que no le conocía bien, indefinidamente.

Con alguien que le conocía bien, probablemente ya he forzado demasiado la credibilidad.

—Una pausa pensativa. —El problema es que Borya tenía un ruso muy específico.

Muy de película. Muy de alguien que ha visto El Padrino demasiadas veces y ha decidido que así es como habla la gente seria.

Eso puedo reproducirlo. Lo que no puedo reproducir es lo que no sé: sus chistes internos, sus referencias personales, la manera en que hablaba con gente que llevaba años trabajando con él.

—No hables con gente que llevaba años trabajando con él.

—Plan excelente. Lo adoptaré como política.

Silencio arriba. El sonido del café siendo apurado. Luego:

—Alejandro.

—Qué.

—Lo del caramelo.

Esperé.

—Ya no tiene sentido seguir —dijo Connor.

Y lo dijo con la voz tranquila de siempre, sin énfasis, sin la inflexión filosófica que usaba para protegerse de las cosas que le importaban.

La voz de cuando algo era simplemente un hecho.

—Borya era el único distribuidor. Sin Borya no hay red.

Sin red no hay negocio. Y aunque hubiera red, el negocio era caramelo con veneno, y el veneno no era ningún secreto que tuviéramos que guardar, era simplemente algo que no estaba bien hacer y que hacíamos porque las circunstancias nos habían puesto ahí. Las circunstancias ya no nos ponen ahí.

Lo pensé.

Era verdad en todos sus puntos. Borya muerto, la red desarticulada, el piso de Móstoles en manos de la Guardia Civil. Y debajo de todo eso, la razón real que Connor no nombraba directamente pero que estaba en la frase: era simplemente algo que no estaba bien hacer.

—De acuerdo —dije.

Silencio breve arriba.

—¿Así? —dijo Connor.

—¿Cómo así?

—Sin discusión. Sin argumento contrario. Sin el inventario de lo que perdemos.

—Lo que perdemos ya lo sé. Y tienes razón.

Otro silencio. Luego el sonido de Connor acomodándose en el colchón con el cuidado de sus costillas.

—Bien —dijo. Y en esa palabra había algo que no era exactamente alivio porque Connor no era el tipo de persona que expresaba alivio de manera directa, sino el equivalente connoriano del alivio, que era la ausencia del peso de tener que seguir siendo más convincente.

La tarde fue lenta con esa lentitud específica de los días en que el cuerpo necesita descanso y la cabeza no coopera. Me senté en la silla, la silla dos centímetros fuera de su sitio, y me quedé mirando el ático con la atención desenfocada de quien está mirando algo sin verlo realmente.

El altillo de Connor. Las bandejas de aluminio en la balda. El hornillo de camping apagado. La báscula del Carrefour. La máquina contadora de billetes enchufada y en silencio. Todo exactamente donde estaba, con esa permanencia de los objetos que no saben que su propósito ha terminado.

La bolsa de plástico negro con el sulfato de cobre. Los frascos de cloruro en el armario del baño. El azúcar en el bote de cristal de la encimera de la cocina, el mismo bote, el mismo azúcar, inofensivo y doméstico como el azúcar siempre ha sido.

Fui a la cocina. Cogí el bote de azúcar.

Lo puse en la mesa. Lo miré un momento, ese bote de cristal con la tapa de rosca naranja del supermercado, con el azúcar blanco dentro que había cocinado con Connor en el hornillo de Decathlon y que había salido azul y cristalino y que la gente había pagado precios que no tenían ninguna proporción con lo que era.

Era azúcar.

Lo metí en el armario donde estaban las especias.

Luego fui al armario del baño y saqué los frascos de cloruro de tionilo de Aurelio, los envolví en la ropa vieja que había en el fondo del armario, los metí en una bolsa de plástico y los puse junto a la puerta.

Mañana los llevaría a algún contenedor de los que hay en los polígonos, lejos del barrio.

Estaba recogiendo cuando escuché el hornillo encenderse arriba.

Me quedé quieto.

—Connor.

—Sí.

—¿Qué estás haciendo?

—Un experimento.

Subí la escalerilla. En el espacio de trabajo de Connor, el hornillo encendido a fuego bajo con la olla pequeña encima.

En la olla, agua y azúcar disolviéndose.

Sin sulfato de cobre. Sin cloruro de nada.

Y en la mano de Connor, que estaba sentado en el colchón con la expresión concentrada de los días de trabajo, un botecito de plástico de colorante alimentario azul, de los que venden en el Lidl para decorar tartas, que yo había visto en la balda durante meses sin prestarle atención.

—Connor.

—Espera.

Añadió el colorante. El agua en la olla se volvió azul, un azul brillante y limpio de confitería, completamente diferente al azul mineral y opaco del producto. Lo removió con la cuchara de madera. Cogió el termómetro. Comprobó. Siguió removiendo.

Veinte minutos después vertió la mezcla en una de las bandejas de aluminio, en una capa fina, con el cuidado milimétrico de siempre. Nos quedamos los dos mirando cómo se enfriaba, Connor desde el colchón y yo desde el hueco de la escalerilla, en silencio.

Cuando cristalizó, Connor lo rompió con el mango de la cuchara. Cogió un trozo. Lo olió. Lo lamió con una cuidadosa cautela experimental. Esperó.

—Caramelo —dijo. —Con un toque de vainilla del colorante. No está mal.

Cogí un trozo yo también. Era caramelo. Azul y brillante y perfectamente inocuo. Sabía exactamente a lo que era: azúcar cocinada con un colorante de Lidl. Sin alucinaciones. Sin envenenamiento por cobre. Sin nada que no debiera estar ahí.

—Esto no nos va a hacer ricos —dije.

—No —dijo Connor. —Pero tampoco va a matar a nadie.

Lo pensé.

—Es una mejora objetiva —dije.

—Es una mejora objetiva —confirmó Connor.

Nos comimos el resto del caramelo azul en silencio, Connor desde el colchón y yo sentado en el borde con la cabeza agachada para no dar con el techo, con el olor del altillo de siempre y el ruido de Lavapiés desde la calle de abajo y el hornillo ya apagado y las bandejas vacías y la bolsa de plástico con el cloruro junto a la puerta esperando su contenedor de polígono.

La receta de caramelo azul tóxico requería las dos cosas juntas. Sin una, era solo la otra.

Me senté de nuevo.

El Samsung de Borya había sonado una cuarta vez a las seis de la tarde. Connor lo había contestado con la misma calma de siempre, había dicho que estaba bien, que las noticias exageraban, que hablarían mañana. Cuando colgó lo dejó encima del colchón y no dijo nada durante un rato.

—Hay un límite a esto —dijo eventualmente, desde arriba.

—Ya lo sé.

—En algún punto la gente va a querer verle en persona. O va a decir algo que requiera una respuesta que yo no puedo dar sin saber lo que sé. O simplemente alguien va a calcular que el Borya del teléfono suena diferente al Borya real.

—¿Cuándo crees que es ese punto?

Pensó.

—Días. Quizá una semana si tengo suerte con quién llama. —Una pausa. —El teléfono de todas formas no es el problema principal. El problema principal es Dima.

—¿Por qué?

—Porque Dima sabe que su padre estaba en Móstoles esa noche. Porque Dima ha visto las noticias. Y porque Dima, con toda su ineptitud estructural, no es completamente idiota, y en algún momento va a sumar dos y dos y va a llegar a nosotros.

—Dima es el problema de mañana.

—Ya lo dijiste en el coche.

—Sigue siendo verdad.

Connor no respondió. Oí el encendedor, el primer Fortuna del día, la exhalación lenta.

Arriba el altillo olía a lo que olía siempre: tabaco y libros y algo que era el olor específico de Connor que las ventanas abiertas habían evacuado temporalmente y que ahora, un día después, había vuelto a instalarse con la tenacidad de las cosas que pertenecen a un sitio.