El Conejo del Cristal Capítulo 9 — Lo que queda después
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Capítulo 9 — Lo que queda después

Me desperté a las dos de la tarde con la ropa puesta y la sensación de haber dormido dentro de algo más pesado que el sueño normal, ese tipo de sueño que no descansa sino que aplasta, que pone el cuerpo en pausa sin darle nada útil a cambio.

Me quedé un momento mirando el techo del dormitorio, haciendo el inventario habitual pero más despacio que de costumbre porque el inventario esa tarde tenía más entradas que las habituales.

Mandíbula: el morado había madurado durante la noche y ahora era un color entre verde y amarillo en los bordes y un morado oscuro en el centro que al tocarlo producía un tipo de dolor sordo que era diferente al dolor de ayer, más profundo, más instalado.

Los nudillos: peor. La noche anterior podía cerrar el puño con resistencia; esa tarde la resistencia era mayor y la apertura completa producía algo que no era exactamente dolor sino la señal de que algo en los tejidos seguía procesando lo que le había pasado sin consultar mis preferencias al respecto.

El antebrazo con la venda de gasa improvisada: el corte de Ruslan seguía cerrado, la venda con una mancha oscura seca que era de ayer y que no había crecido, que era lo importante.

Eso era lo esperado. El problema con los golpes y los cortes no es el momento en que los recibes sino el día después, cuando el cuerpo ha terminado de inflamarse y el sistema de alarma del dolor, que en el momento del impacto va con retraso, ha tenido tiempo suficiente para entregar todos los mensajes pendientes con puntualidad e interés compuesto.

Me levanté. Fui a la cocina. Hice café.

Mientras esperaba que subiera me quedé de pie mirando la puerta del ático.

La puerta estaba cerrada con llave, dos vueltas, como siempre, más el cerrojo corrido por dentro, que no era como siempre sino como había estado desde que llegamos anoche.

Detrás de la puerta estaban las escaleras y el olor a col hervida y los cuatro pisos hasta la calle y la calle.

En la calle podía haber gente de Borya que todavía no sabía que Borya ya no mandaba nada, o podía no haber nadie, o podía haber policía, que era una categoría diferente con sus propias complicaciones.

No sabía cuál de las tres era y no tenía manera de saberlo sin abrir la puerta, y abrir la puerta para comprobarlo era exactamente el tipo de cosa que prefería no hacer todavía.

Miré la puerta un momento más. Luego le di la espalda y me serví el café.

Arriba, en el altillo, Connor respiraba.

Lo sabía porque había subido dos veces durante la noche a comprobarlo, una a las cuatro y otra a las siete, con la misma excusa de que iba a ver cómo estaba y la misma conclusión de que estaba dormido y que el ritmo irregular de su respiración era el ritmo irregular de sus costillas y no de algo peor.

La segunda vez me había quedado un rato sentado en el borde del colchón escuchando ese ritmo, en el altillo oscuro con la lamparita apagada, hasta que me pareció suficientemente regular para volver a acostarme.

No era médico. No sabía exactamente lo que tenía Connor además de lo que era visible, y lo que era visible era suficientemente malo como para que lo que no era visible me preocupara.

El ojo izquierdo seguía cerrado del todo esa mañana, el hematoma en un estado de desarrollo que sugería que todavía no había alcanzado su tamaño final.

Las costillas no se podían evaluar sin una radiografía que Connor no iba a hacerse porque Connor había dicho anoche, antes de subir al altillo con la lentitud de siempre, que no pensaba ir a ningún médico porque los médicos hacían preguntas y las preguntas requerían respuestas y las respuestas disponibles en este momento no eran el tipo de respuestas que convenía dar en un hospital.

Era un argumento razonable. Era también el argumento que hace alguien que no quiere ir al médico y lo envuelve en lógica para que parezca una decisión operativa y no una preferencia personal.

—Estás bien —le había dicho.

—Estoy perfectamente —había dicho Connor.

No estaba perfectamente. Pero había subido al altillo él solo y eso era algo.

⊙

A las tres y media oí movimiento arriba. El crujido del colchón, los pasos lentos sobre la madera del altillo, y luego la voz de Connor:

—Alejandro.

—Aquí.

—No voy a bajar las escaleras.

—De acuerdo.

—¿Hay café?

—Lo hago.

Le subí el café en el vaso de plástico azul que había comprado en el chino hace meses y que usábamos para cosas que no querías poner en los vasos normales.

Lo dejé en el peldaño más alto de la escalerilla.

Connor lo cogió desde el colchón con el brazo estirado, sin incorporarse del todo, con el cuidado milimétrico de quien ha aprendido exactamente qué ángulo de movimiento activa qué cosa.

—¿Cómo tienes el ojo? —pregunté desde abajo.

—Tengo dos ojos. El derecho está bien.

—El otro.

—El otro está desarrollando una paleta cromática interesante. Filosóficamente hay algo en la idea de que el cuerpo produzca color como respuesta al daño. Una especie de semiótica cutánea.

—Connor.

—Está igual. Quizá un poco más hinchado. —Una pausa. El sonido de café bebido. —¿Has mirado las noticias?

No las había mirado. No había mirado el teléfono desde que llegamos porque mirar el teléfono significaba recibir información sobre el mundo exterior y el mundo exterior podía esperar hasta que yo estuviera en condiciones de procesarlo.

—No —dije.

—Yo sí. —Otro sorbo. —Hay algo que deberías escuchar.

⊙

El vídeo era de un canal de noticias en YouTube, de esos que suben los clips del telediario con títulos en mayúsculas. Connor lo puso desde el colchón y lo fue subiendo de volumen hasta que llegó abajo con suficiente claridad para que yo pudiera escucharlo desde la silla de la cocina.

La periodista hablaba con la cadencia específica de los telediarios cuando tienen una noticia que tiene varios elementos y están intentando darlos todos sin perder el hilo:

«...la Guardia Civil confirmó esta mañana el hallazgo de un cadáver en las instalaciones de la urbanización Las Praderas de Móstoles, identificado como Borja María Aguilar López, de cincuenta y dos años, conocido en los ambientes del crimen organizado madrileño como "Borya", que habría estado bajo investigación por la Unidad Central Operativa por presunto tráfico de estupefacientes y blanqueo de capitales.

Aguilar López, hijo de un empresario del sector de la climatización natural de Madrid, fue hallado en la zona de la piscina comunitaria del complejo residencial con signos de violencia.

Además, cuatro personas fueron atendidas en el Hospital Universitario de Móstoles con heridas de diversa consideración, una de ellas en estado grave.

Las investigaciones apuntan a la presencia en el lugar de un individuo no identificado que habría actuado solo y que habría sido visto portando una máscara de animal.

La Guardia Civil no ha confirmado si existe relación entre los hechos y una serie de incidentes registrados días antes en el barrio de Lavapiés de Madrid, donde varios individuos resultaron heridos en circunstancias similares.

En otro orden de noticias, el Ministerio de Sanidad ha emitido una alerta sanitaria tras detectarse en las últimas semanas varios casos de intoxicación aguda por sulfato de cobre y cloruro de tionilo en la Comunidad de Madrid, presuntamente asociados al consumo de una sustancia de apariencia cristalina de color azul que circula en determinados ambientes como droga de diseño.

Los afectados, cuyo número asciende a once según fuentes hospitalarias, presentaron síntomas de envenenamiento por metales pesados compatibles con la ingesta de compuestos de cobre.

Las autoridades sanitarias advierten de que dicha sustancia, pese a su apariencia similar a estimulantes de síntesis, contiene componentes industriales altamente tóxicos y recomiendan no consumirla bajo ninguna circunstancia... »

Connor bajó el volumen.

Silencio en el ático.

—Borja María —dije.

—Borja María Aguilar López —dijo Connor desde arriba, saboreando cada sílaba con la delicadeza de un sommelier. —Hijo de empresario de aires acondicionados. Natural de Madrid.

Silencio.

—Borya —dije.

—Borya —confirmó Connor.

Otro silencio.

—El hombre que llevaba años hablando ruso —dije— se llamaba Borja María Aguilar López y su padre ponía aires acondicionados.

—Es posible que eso explique muchas cosas —dijo Connor. —Desde un punto de vista estrictamente psicoanalítico, hay una lógica en querer ser ruso cuando te llamas Borja María y tu padre instala splits en Vallecas. —Una pausa. —La máscara de animal. No especifican cuál.

—No.

—Técnicamente eso nos ayuda.

—Técnicamente.

Me quedé mirando la pared. Borja María Aguilar López, cincuenta y dos años, conocido como Borya.

La Unidad Central Operativa llevaba tiempo detrás de él.

Lo que significaba que la investigación sobre la guarida de Móstoles no iba a ser una investigación local de Guardia Civil de pueblo sino algo con más profundidad y más recursos, y que en algún punto de esa investigación iban a aparecer nombres y conexiones que podían llegar a nosotros o no llegar. No había manera de saberlo todavía.

Lo que sí sabía era que la policía buscando a Borya era una policía que iba a encontrar las cuatro bolsas de dinero que habíamos dejado en el armario del dormitorio, lo que les daba un punto de partida sobre la naturaleza del negocio.

Y que encontrar esas bolsas significaba que el dinero de Borya ya no era de Borya sino de la Guardia Civil, lo cual era una forma de justicia que no había planeado pero que tampoco me disgustaba especialmente.

El Samsung de Borya sonó.