El Conejo del Cristal Capítulo 8 — La guarida de Borya #5
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Capítulo 8 — La guarida de Borya #5

Y cuando habló su voz era diferente: las eles ligeramente exageradas, la cadencia de Vallecas intentando no sonar a Vallecas, el peso simulado de un hombre que lleva años construyéndose una identidad encima de la que tiene, reproducido con la fidelidad de quien hubiera estudiado a alguien durante mucho tiempo.

Connor nunca había estado en El Brillante, pero durante las últimas horas había tenido el tiempo suficiente —atado a la pata de una cama, sin nada más que hacer— para escuchar a Borya de verdad, su voz real.

Connor había escuchado con esa atención suya que era mejor que la de la mayoría cuando no estaba distraído por el tabaco, por drogas varias o por Wittgenstein. Con eso era suficiente.

—Da —dijo Connor. —Soy yo, Borya. ¿Qué quieres?

—¿Todo bien? —dijo la voz al otro lado, tensa, demasiado rápida, la voz de alguien que llevaba toda la noche esperando que alguien le confirmara que podía dejar de tener miedo.

Connor me miró un instante y tapó el micrófono con la palma de la mano.

—Quiere saber si todo bien —susurró, como si yo no lo hubiera oído.

Pensé en Vitya atado en el salón. En el del muslo en el rellano.

En el de la nariz, con las manos ahuecadas bajo la barbilla.

En el del portal, respirando contra la pared.

En Ruslan con la mano rota. En Oksana, a quien no había visto esta noche y que existía en algún sitio con su bloc sin abrir y su manera de evaluar sin hablar.

Y en Dima, que en algún momento de la noche había dejado de ser, en mi cabeza, un problema y se había convertido en otra cosa: un crío de veinticinco años con ropa cara mal llevada y ambición de sobra y absolutamente ninguna de las cosas que hacen falta para ser peligroso de verdad.

Dima quería ser su padre sin entender que su padre había tardado treinta años en convertirse en alguien a quien temer, y que la ambición sin esos treinta años por delante era solo ruido con traje bueno.

No merecía la pena. No esa noche, y probablemente nunca.

Asentí hacia Connor.

—Todo bien —dijo Connor, con la voz de Borya y con mi decisión metida dentro de esa voz, la cadencia exacta, el peso exacto, lo bastante bien hecho como para que el silencio al otro lado sonara, por un segundo, a alivio de verdad. —Que se calme la gente. Mañana hablamos con más—

Se detuvo.

Algo había cambiado al otro lado de la línea.

Un ruido de fondo que hasta entonces había sido indistinguible —voces, pasos sobre grava, un motor al ralentí— se volvió, de golpe, más concreto.

Una voz gritando algo que no llegaba a entenderse del todo, lejos del teléfono.

Otra, más cerca, repitiendo «¿qué? ¿qué dices?

» con una urgencia que no tenía nada que ver con la conversación que estaban teniendo un segundo antes.

Y entonces, clarísima, una palabra que cruzó toda la distancia entre Móstoles y Lavapiés sin perder ni un gramo de su peso:

—¡Está en la piscina!

Connor se quedó muy quieto.

La voz dejó de hablarle a Connor. Empezó a hablarle a alguien que tenía al lado, con un pánico que ya no fingía nada: «¿Qué?

¿Dónde? ¿Cómo que está—», y luego, directamente al teléfono, sin ningún intento de mantener la conversación que habían estado teniendo hasta ese momento, algo que no era una pregunta sino una acusación a medio formular: «¿Quién coño eres tú? Borya está—»

Connor colgó.

Se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, durante más tiempo del que hacía falta para colgar un teléfono.

Cuando levantó la vista, el ojo derecho —el único que tenía abierto— me miró de una manera distinta a como me había mirado el resto de la noche.

No había sorpresa exactamente. Había algo más parecido a una cuenta que por fin cuadraba: la ropa empapada cuando volví del jardín.

El «no preguntes» que no había hecho falta repetir dos veces.

Las luces azules acercándose mientras yo aparecía con la máscara chorreando y ninguna explicación.

—Lo has matado tú —dijo. No era una pregunta.

No respondí, que también era una manera de responder.

Connor dejó el teléfono encima de la mesa, despacio, como si todavía pudiera romperse algo si lo soltaba demasiado rápido.

—¿En la piscina? —preguntó.

—En la piscina.

Asintió. No con aprobación ni con condena, sino con esa aceptación suya de los hechos consumados, la misma con la que aceptaba que el hornillo siguiera ahí o que las bandejas siguieran ahí o que cualquier otra cosa siguiera exactamente donde la había dejado la última vez que la había mirado.

—¿Y Dima? —preguntó.

—No sé.

Connor levantó la ceja del lado bueno.

—Es un crío con ropa cara y ganas de ser su padre —dije. No valía la pena.

Connor no discutió. Cerró el ojo derecho, el único que tenía abierto, y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla con el cuidado de quien ha aprendido en las últimas horas exactamente qué ángulos puede permitirse y cuáles no. No se movió de ahí.

El ático en silencio, otra vez. Madrid fuera, otra vez. Las palomas, otra vez, sin que nadie les hubiera pedido explicaciones por seguir ahí a esas horas.

Cuarenta y dos años, una máscara de conejo bajo el colchón, un hombre que ya sabía la verdad sentado en la silla de al lado, y un coche todavía humeando a dos manzanas de aquí.

La burocracia de las noches como esta.