Capítulo 8 — La guarida de Borya #4
Antes de tocar nada más, vacié los bolsillos.
El teléfono del chico del portal. La Glock.
La Walther. La pistola que le había quitado al del muslo, en el tercer rellano, sin llegar a mirarla con detenimiento.
La navaja de Ruslan. Los fui dejando, uno a uno, en el asiento trasero, sobre el cuero que en unos minutos iba a dejar de ser cuero.
No tenía ningún sentido cargar con un arsenal ajeno por medio Madrid cuando tenía un horno perfectamente bueno aparcado delante de mí, y cuatro armas con las huellas de cuatro desconocidos eran cuatro problemas que no necesitaba llevar encima el resto de la noche.
Luego volví al coche.
El truco de quemar un coche de manera que no levante alarma inmediata es no hacer lo que hacen en las películas, que es prender fuego al depósito y esperar la explosión.
El depósito de gasolina de un coche moderno no explota con tanta facilidad, y el intento de hacerlo produce, en el mejor de los casos, una llamarada visible desde dos kilómetros que atrae exactamente la atención que se supone que hay que evitar.
Lo que funciona es más lento y más discreto: se trata de crear un fuego sostenido en el interior del habitáculo que consuma los materiales de tapicería —espuma, plástico, tela, cuero— que son los que mejor arden y los que más calor sostienen, y dejar que ese calor se encargue del resto con la paciencia que el fuego siempre tiene cuando nadie lo interrumpe.
Abrí todas las puertas. El cuero del interior del W124 era cuero de verdad, que arde peor que el sintético, pero había suficiente espuma en los asientos y plástico en el salpicadero y moqueta en el suelo como para que el fuego tuviera material de sobra.
Busqué en la guantera: había un mechero, que Borya fumaba o lo guardaba por costumbre, junto a un paquete de pañuelos, un mapa de carreteras de hacía quince años que nadie había vuelto a abrir, y el segundo teléfono, el que Connor no se había quedado, todavía apagado y a punto de dejar de existir de la manera más completa posible.
Fui a coger el triángulo de emergencia del maletero, y al abrirlo me encontré con el enorme espacio de carga estaba completamente lleno de ladrillos que inmediatamente reconocí como cocaína, una cantidad tal que incluso sin contexto previo habría calculado con un peso exacto de doscientos cincuenta kilos.
No dejé que Connor viera lo que había en el maletero, cogí el triángulo que vivía en su funda en la parte superior del interior del mismo y lo doblé hasta que el plástico rojo se abrió en astillas lo suficientemente pequeñas como para servir de mecha.
Lo metí debajo del asiento del conductor, en contacto con la moqueta y con la parte inferior del asiento.
El trapo que quedaba en la mano derecha, lo que quedaba de la camiseta del interior de la caja de las New Balance, lo había traído en el bolsillo desde el ático, doblado, sin saber muy bien para qué iba a servir cuando lo metí ahí esa misma tarde.
Lo empapé con el poco combustible que pude extraer del mechero vaciándolo sobre la tela, luego lo puse en contacto con el plástico desmenuzado del triángulo.
Encendí el mechero. La llama fue pequeña al principio, casi invisible, el tipo de fuego que parece que va a apagarse y que en vez de apagarse va encontrando su camino hacia el material que necesita, lamiendo el borde de la moqueta con esa indecisión inicial que después se convierte en convicción.
Lo dejé. Me alejé, sin prisa, porque correr en ese momento habría sido la única cosa capaz de llamar la atención de alguien que pudiera estar mirando.
Connor y yo estuvimos de pie en el descampado viendo el interior del W124 empezar a arder con esa progresión lenta de los fuegos que no tienen apresuramiento, que van de la moqueta a la espuma del asiento y de la espuma al plástico del salpicadero y del plástico a todo lo demás, sin explosión, sin llamarada, con el humo denso y oscuro de los materiales sintéticos subiendo hacia el cielo de Lavapiés a las cuatro de la mañana, una columna gris que se deshacía contra las primeras luces de las farolas más lejanas sin que nadie pareciera notarlo todavía.
—El cuero va a oler fatal —dijo Connor.
—Ya.
—Es una pena. Era un coche bonito.
No respondí. Era un coche bonito. Era el coche de un hombre muerto en una piscina de Móstoles, y los coches de los hombres muertos en las piscinas de Móstoles tienen un destino limitado.
Cogí las dos bolsas. Caminamos hacia el ático, despacio, con Connor sujetándose el costado y el resplandor del Mercedes quedando atrás, cada vez más pequeño, hasta que una esquina se lo llevó del todo.
⊙
Subimos los cuatro pisos. El olor a col hervida de las escaleras, fiel como siempre, indiferente a lo que hubiéramos hecho esa noche o cualquier otra.
El ático olía a botella vacía y a ventanas cerradas y a la ausencia que ya no era ausencia porque Connor estaba aquí, aunque el olor de Connor todavía no había tenido tiempo de reinstalarse del todo, como si necesitara unas horas más para volver a ocupar el espacio que le correspondía.
Connor miró el altillo desde abajo. Subió la escalerilla con una lentitud que hizo que yo pusiera una mano en su espalda sin que ninguno de los dos lo comentáramos. Arriba estuvo un momento en silencio. Luego bajó.
—Las bandejas siguen ahí —dijo.
—Ya lo sé.
—El hornillo también.
—Connor.
—No digo que vayamos a cocinar mañana. —Se sentó en la silla, la silla dos centímetros fuera de su sitio que yo nunca había movido de vuelta a su lugar, con el cuidado de las costillas. —Solo digo que el hornillo sigue ahí.
Sacó del bolsillo del jersey el teléfono de la guantera y lo dejó encima de la mesa, junto a donde iba a ir la máquina contadora, boca abajo, como si prefiriera no tenerlo a la vista mientras hacíamos las demás cosas que había que hacer primero.
Puse las dos bolsas en la mesa. Las abrí.
Saqué los billetes, los conté con la máquina contadora que seguía enchufada, y los repartí en los dos sitios que parecían añorar su dinero.
La tabla del armario. El radiador. Saqué la caja de las New Balance bajo el colchón, donde la Beretta y el dinero seguían en su sitio, envueltos en el trapo.
La máscara la dejé encima de todo, fuera del trapo, con su expresión de nada mirando hacia arriba en la penumbra del dormitorio.
La miré un momento.
Luego cerré la caja y la metí bajo el colchón.
Fui al baño. Me miré en el espejo con la grieta en la esquina.
La mandíbula con el morado del codo de Ruslan, ya tomando color.
El corte del antebrazo izquierdo, ocho centímetros, que limpié con agua del grifo y cerré apretando los bordes con los dedos durante un rato hasta que la presión hizo su trabajo.
En el botiquín había steri-strips, que son básicamente pegatinas con pretensiones médicas, y las pegatinas me parecen una de las invenciones más innecesarias e higiénicamente cuestionables de la historia de la humanidad, una manera de pegar adhesivo directamente sobre la piel como si la piel fuera un sobre, así que cogí en su lugar una tira de venda de algodón que había enrollada en el fondo del botiquín y me la até alrededor del antebrazo con la mano izquierda y los dientes, que no era una técnica quirúrgica pero era funcional.
Los nudillos en el estado que llevaban desde hacía días, peor ahora.
La mandíbula. El hombro izquierdo, donde el impacto con Vitya iba a dejar algo que mañana iba a requerir atención que probablemente no iba a recibir.
Cuarenta y dos años.
En el espejo: un hombre rapado con una barba larga y oscura y una venda improvisada en el antebrazo y el morado creciendo en la mandíbula y los ojos del tipo que tienen los ojos cuando llevan demasiadas horas sin dormir y con demasiadas cosas encima.
El espejo con la grieta en la esquina que esa noche me partía la cara exactamente por la mitad, como siempre, fiel a sí mismo.
Volví al salón.
Connor estaba en la silla con los ojos cerrados y la respiración del umbral, esa respiración irregular de las costillas que cada vez que subía y bajaba decía algo sobre el estado del interior de Connor que Connor no iba a decir en voz alta.
La silla dos centímetros fuera de su sitio. Me senté en la otra.
El ático en silencio. Madrid fuera. Las palomas, en algún punto del patio interior, todavía despiertas a esa hora por razones que solo ellas conocían.
Los billetes en sus tres sitios. El Jäger vacío en el armario.
La máscara en la caja bajo el colchón, con sus ojos negros mirando hacia la oscuridad del interior de la caja como si todavía estuviera vigilando algo.
A dos manzanas de aquí, el W124 de Borya terminaba de arder en el descampado con el humo oscuro de los materiales sintéticos subiendo al cielo. Y en algún otro sitio, en el rincón de una piscina comunitaria de una urbanización de Móstoles, Borya seguía exactamente donde lo había dejado.
Y entonces el teléfono sonó.
El teléfono de la guantera, ahora encima de la mesa donde Connor lo había dejado boca abajo, vibrando sin melodía, moviéndose medio centímetro sobre la superficie con cada pulso. Connor abrió el ojo derecho, el único que podía. Le dio la vuelta. Miró la pantalla iluminada. Me miró a mí.
La pantalla mostraba un nombre. No lo leí desde donde estaba, pero Connor sí. Algo en su cara cambió, el momento en que alguien pasa de evaluar a actuar.
Cogió el teléfono con las dos manos, los dedos magullados, el cuidado de quien sabe que se le puede caer. Se aclaró la garganta una vez, ese pequeño carraspeo suyo.