Capítulo 8 — La guarida de Borya #3
Borya estaba junto a la valla de la piscina, agachado entre dos arbustos que no ocultaban nada, con la respiración de quien ha corrido más de lo que su cuerpo está acostumbrado a correr y todavía no ha decidido hacia dónde seguir corriendo.
Sin chaqueta. Una pernera del pantalón manchada de tierra hasta la rodilla, de cuando había saltado o tropezado con algo en la oscuridad de los jardines.
Tenía el teléfono en la mano, mirándolo con la inutilidad de quien acaba de marcar un número que nadie ha contestado.
Me vio cuando vio la máscara. Eso fue lo único que vio, en realidad: no a un hombre de cuarenta y dos años con barba y los nudillos pelados, sino a los dos óvalos blancos que llevaban dos noches convirtiéndose en algo más grande que un disfraz, algo que ya tenía nombre propio.
Se levantó. No corrió hacia la salida de la urbanización, que habría sido lo razonable, sino hacia la piscina, que no era una salida de ningún tipo —lo cual decía algo sobre lo que el miedo le hace al razonamiento incluso de la gente que se ha pasado media vida calculando ángulos de ataque y estrategias de negociación.
Saltó la valla baja con una torpeza que encajaba con el traje gris oscuro que todavía llevaba puesto, ahora arrugado y con una manga descosida en el hombro, y corrió por el borde del agua con esa luz verde de las piscinas de noche iluminándole la cara desde abajo de una manera que le daba un aspecto que ya no era del todo humano.
Lo alcancé antes de que llegara al otro lado.
No hubo pelea, no en el sentido en que la había habido con Vitya o con Ruslan.
Borya no era un hombre de pelea: era un hombre de otros hombres, de delegar la violencia en quien supiera hacerla, y esta noche todos los hombres en los que solía delegarla estaban tirados en escaleras y rellanos y salones, atados con cables de cargador o sentándose despacio a procesar lo que la física les acababa de explicar.
—Nyet... nyet, espera, espera. Ti nie, eznayu... — Balbuceó.
— Ты сейчас умрешь, сука — le dije, y sin mediar más palabra, lo cogí por detrás, un brazo alrededor del cuello y el otro empujándole entre los omóplatos, y los dos caímos juntos al agua con un sonido que en cualquier otro contexto habría sido casi cómico, el chapoteo torpe de dos hombres que no tenían ninguna intención de nadar.
El agua estaba más fría de lo que parecía desde fuera, esa temperatura específica de las piscinas comunitarias en mayo, antes de que el verano de verdad las caliente.
Borya luchó con la fuerza desesperada y desorganizada de quien nunca ha tenido que luchar de verdad por su vida, dando manotazos al agua, a mi brazo, a la máscara, sin que ninguno de los golpes tuviera la dirección ni el peso necesarios para cambiar nada.
Lo mantuve bajo el agua con el antebrazo herido protestando con cada movimiento y el otro brazo firme alrededor de su cuello, contando sin querer contar, de la misma manera en que el cuerpo cuenta los segundos cuando necesita saber cuántos quedan.
Tardó más de lo que había esperado, más de lo que la gente tarda en ahogarse, que es una cantidad de tiempo bastante concreta una vez tienes experiencia. Eso también decía algo, aunque no estaba seguro de qué exactamente, y no era el momento de averiguarlo.
Dejó de moverse en algún punto entre el segundo sesenta y el segundo ochenta que es un margen demasiado amplio para ser preciso pero lo bastante estrecho para saber que, dentro de lo que cabe, había sido rápido.
Lo solté. Se hundió un poco, despacio, con esa lentitud que tienen los cuerpos en el agua cuando ya no oponen resistencia a nada, y quedó flotando bocabajo cerca del borde, el traje gris oscuro hinchado de agua, los zapatos italianos todavía puestos, todavía brillantes bajo la luz verde de debajo del agua, como si los zapatos no se hubieran enterado de nada.
Salí de la piscina. El agua me chorreaba por la máscara y por la chaqueta y por las botas, y el peso añadido era una incomodidad menor comparada con todo lo demás que llevaba encima esa noche.
Crucé los jardines de vuelta hacia el aparcamiento.
Connor esperaba apoyado contra un coche que no era el nuestro, con la cara que ponía cuando algo no le cuadraba y había decidido, sabiamente, no preguntar todavía.
Me miró la barba empapada, la chaqueta pegada a los brazos, el agua goteando todavía de los bajos de la máscara. Abrió la boca. La cerró otra vez.
—No preguntes —dije.
—No iba a preguntar.
Mentía, pero fue la mentira correcta, y se la agradecí en silencio.
En la distancia, en dirección a la carretera principal, había luces azules y rojas parpadeando entre los edificios, todavía lejos pero acercándose con esa cadencia inconfundible que tienen los coches de policía cuando se acercan de noche.
Alguien había llamado. El disparo en el tercer rellano, o el ruido de la pelea en el salón, o cualquiera de los vecinos del edificio cuatro con un teléfono y la sensatez suficiente para usarlo.
El Mercedes estaba en la segunda fila. Un W124, de los años noventa, negro, con esa presencia que tienen los Mercedes viejos cuando alguien los ha cuidado bien durante mucho tiempo: la pintura sin arañazos, los cromados limpios, los neumáticos con el perfil correcto.
Un coche que había costado lo que costaba en su época y que costaba ahora lo que cuesta algo que sigue siendo exactamente lo que era.
Destapé. El interior olía a cuero y a ese ambientador discreto de los hombres que cuidan los coches como cuidan los trajes.
Connor se instaló en el copiloto con el cuidado de sus costillas.
Abrió la guantera —esa curiosidad suya que no distingue entre lo relevante y lo irrelevante, y que por eso a veces encuentra cosas que la curiosidad dirigida nunca encontraría— mientras yo ajustaba el retrovisor y comprobaba que no quedara nadie mirando desde las ventanas del edificio cuatro.
Dentro, junto a la documentación del coche, había dos teléfonos más, apagados, con esas fundas de plástico barato que llevan los terminales que la gente compra para usar una vez y tirar.
—Tenía repuestos —dijo Connor, con el tono de quien hace un descubrimiento arqueológico menor pero satisfactorio.
Cogió uno. Lo encendió. La pantalla se iluminó sin pedir ningún PIN, que era, según dijo más tarde, la prueba de que Borya confiaba más en la discreción del escondite que en cualquier sistema de seguridad.
Se lo guardó en el bolsillo del jersey sin pedir permiso, con esa costumbre suya de quedarse con cosas que podían ser útiles sin preguntar primero si lo eran. El otro lo dejó donde estaba.
Arranqué. El motor del W124 encendió con ese ruido de motor bien mantenido que es diferente al ruido de un motor que funciona porque no le queda más remedio.
Salí de la urbanización por la salida de servicio, que estaba al fondo del aparcamiento y daba a una calle secundaria, sin pasar por donde estaban las luces azules y rojas.
Conduje hacia Madrid.
⊙
La carretera de Toledo de noche, otra vez.
Las mismas señales verdes, los mismos camiones de reparto, el mismo resplandor naranja de Madrid creciendo en el horizonte.
Pero diferente: el W124 en vez del Ibiza robado, el cuero en vez del plástico, el silencio del motor de Borya en vez del traqueteo del motor de nadie.
Connor en el copiloto con el ojo hinchado, la respiración irregular, y el teléfono de la guantera encendido sobre las rodillas, pasando el dedo por la pantalla con la misma curiosidad clínica con que habría hojeado un libro encontrado en una papelera.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Perfectamente —dijo Connor, con el mismo tono que habría usado para decir que el café estaba listo.
No estaba perfectamente. Pero eso también era para mañana.
Entramos en Madrid por la M-40. Conduje hacia Lavapiés, pero cuando llevaba dos manzanas del ático giré en la dirección contraria.
—¿A dónde vamos? —preguntó Connor.
—Un momento.
El descampado estaba a dos manzanas del ático en dirección oeste, entre un bloque de pisos con la fachada a medio reformar y una nave industrial que llevaba cerrada desde antes de que yo llegara al barrio.
No era un descampado grande, solo el espacio que queda cuando dos estructuras no llegan a encontrarse, con el suelo de tierra apisonada y escombros y la maleza de los sitios que nadie cuida pero tampoco nadie usa.
Lo había visto cientos de veces sin prestarle atención, que es el estado ideal de un sitio así.
Aparqué el Mercedes en el descampado, lo más al fondo posible, alejado de las farolas.
—Sal —dije.
Connor salió sin preguntar, que era una de sus virtudes en los momentos en que las preguntas sobraban.
Abrí el maletero. Borya guardaba en el maletero lo que guardan los hombres ordenados en los maleteros de los coches que cuidan: un triángulo de emergencia, un chaleco reflectante, un gato hidráulico. Y una botella de agua de un litro y medio, casi llena.
Cogí la botella. La abrí. Bebí la mitad porque llevaba muchas horas sin beber nada que no fuera alcohol y el cuerpo lo agradecía aunque yo no lo hubiera pedido.
Le pasé la botella a Connor, que bebió también sin comentar, apoyado contra el lateral del coche con la cautela de quien ha decidido que las costillas necesitan participar lo mínimo posible en cualquier movimiento que no sea estrictamente necesario.