El Conejo del Cristal Capítulo 8 — La guarida de Borya #2
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Capítulo 8 — La guarida de Borya #2

Me alcanzó. No en el costado donde apuntaba sino en el antebrazo, porque mi antebrazo estaba en el camino del costado, y el filo entró con una limpieza que en el primer momento no duele sino que arde, un ardor largo y frío que recorre toda la longitud del corte antes de que la sangre aparezca.

El corte era de unos ocho centímetros en la parte exterior del antebrazo izquierdo, no profundo, no en ningún vaso que importara, pero que sangraba con convicción.

Le cogí la muñeca antes de que pudiera recuperar el arco.

La muñeca de Ruslan era del grosor de las muñecas de la gente que levanta cosas pesadas, pero las muñecas no funcionan diferente por ser gruesas: siguen doblándose en la misma dirección y dejando de doblarse en la misma dirección contraria.

Apliqué presión hacia la dirección que la muñeca no quería ir.

La navaja cayó al suelo con un golpe metálico breve, casi cortés.

Ruslan respondió con el codo libre, que llegó hacia mi cabeza desde abajo, y lo recibí en la parte izquierda de la mandíbula con un impacto que me hizo ver algo que no era exactamente luz sino la conciencia del impacto en forma de destello.

Me tambaleé un paso hacia atrás. Ruslan aprovechó ese paso para intentar alcanzar la navaja en el suelo.

No llegó.

El pie en su mano fue primero. Sentí los huesos bajo la bota con esa resistencia de las cosas que ceden de manera irreversible, y el sonido que hizo la mano de Ruslan bajo mi bota era el tipo de sonido que uno no olvida aunque intente olvidarlo.

Ruslan hizo un ruido que no era un grito sino algo más primitivo que un grito, algo que está debajo del lenguaje, y se quedó en el suelo sosteniendo su mano con la otra como si pudiera devolverle la geometría que había tenido antes.

Me agaché. Cogí la navaja. La metí en el bolsillo.

Me até el antebrazo con una tira que rasgué del bajo de la camiseta de Ruslan, apretada dos dedos por encima del corte hasta que el sangrado fue manejable, mientras él seguía en el suelo con su mano rota y su silencio, que ahora era un silencio distinto, menos disciplinado que el de antes. Luego abrí la tercera puerta.

⊙

Connor estaba en el suelo del segundo dormitorio, con las manos atadas a la pata de la cama con bridas de plástico y los pies atados entre sí con lo que parecía ser cable eléctrico, doblado sobre sí mismo en la postura de quien ha pasado mucho tiempo en una posición que no ha elegido y que ha dejado de intentar cambiar.

Tenía la cara del color de la cara de alguien a quien han golpeado repetidamente durante un período de tiempo que yo prefería no calcular con demasiada precisión: el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón, el labio partido en dos sitios, una costra de sangre seca desde la ceja derecha hasta la sien que era de un corte que ya no sangraba pero que había sangrado bastante.

El jersey marrón con los agujeros en los codos estaba en el estado en que estaba el jersey marrón con los agujeros en los codos cuando alguien ha pasado un período considerable en el suelo de un dormitorio ajeno.

Levantó la vista cuando entré. El ojo derecho, el que podía abrir, me miró.

Miró la máscara.

—Joder —dijo, con una voz que era la suya pero con el volumen reducido por todo lo que le había pasado a la boca. —Llevo horas preguntándome si venías. —Una pausa. —¿Por qué llevas una máscara de conejo?

—Luego te lo explico.

Me arrodillé. Saqué la navaja de Ruslan. Corté las bridas de las muñecas, luego el cable de los pies. Connor se quedó donde estaba un momento, evaluando qué partes del cuerpo respondían al protocolo habitual.

—¿Puedes moverte?

—Sí. —Lo intentó. Se incorporó con el tipo de lentitud que no es indecisión sino dolor gestionado. —Hay un momento en que te acostumbras a estar en el suelo. Es filosóficamente perturbador.

—Connor.

—Estoy bien.

No estaba bien. Estaba en el estado en que estaba, que era considerablemente alejado del bien, pero era el tipo de no bien que podía caminar y razonar y que tenía sus propias opiniones sobre el estado en que estaba, lo cual era suficiente para lo que necesitaba ahora.

Le ayudé a levantarse. Se apoyó en la cama un momento. Miró sus manos con las marcas rojas de las bridas en las muñecas. Luego me miró a mí.

—¿Cuánta gente has dejado por el camino?

—Algunos.

—¿Vivos?

—La mayoría.

Connor asintió con la parsimonia de quien recibe información que no le sorprende pero que preferiría que fuera diferente.

—Borya no está —dijo. —Se fue hace un momento. En cuanto sonó el primer disparo. Dijo algo, sonaba a ruso de verdad esta vez, y cogió lo que tenía a mano y se fue. Minutos antes de que llegaras.

Me lo quedé mirando. Connor tenía la cara en el estado en que estaba y lo decía con la misma voz de siempre, la voz que usaba para todo, como si estuviera comentando el tiempo o explicando un argumento de Wittgenstein.

Ese era Connor: podía tener el ojo izquierdo cerrado del todo por el hematoma, la ceja derecha con un corte que había sangrado suficiente como para que la costra le llegara hasta la sien, el labio partido en dos sitios distintos, y la mandíbula con esa hinchazón asimétrica que sugería algo más que un golpe limpio, y hablar con la misma cadencia de siempre, como si el cuerpo fuera un detalle administrativo que ya se resolvería más tarde.

Las marcas de las bridas en las muñecas eran de un rojo profundo, casi morado en algunos puntos, de haber estado atado durante horas.

Cuando se movía hacia el armario lo hacía con una lentitud que no era la lentitud habitual de Connor sino la de alguien gestionando algo que prefería no nombrar, y su respiración tenía un ritmo ligeramente irregular, ese ritmo de las costillas que han recibido demasiado en poco tiempo.

Estaba hecho una mierda. Actuaba como que no.

—El dinero —dije.

Señaló el armario con la cabeza. Lo abrí. En el fondo, debajo de ropa doblada con el cuidado específico de los armarios de piso de operaciones, había dos bolsas. Reconocí una. La otra tenía el cierre diferente pero el mismo tamaño.

Las saqué. Las abrí. Los billetes en la primera eran los nuestros, los del armario empotrado. Los de la segunda también, los del radiador, con la bolsa de plástico sellada todavía dentro.

Había más bolsas al fondo. Cuatro más, apiladas.

Las miré.

Connor estaba en el umbral del armario, apoyado en el marco porque necesitaba apoyarse, aunque él no lo habría descrito así. Me miró mirar las bolsas.

—No —dijo.

—Son nuestras. El doble de nuestras. Nuestro producto, nuestro trabajo—

—No, Alejandro. —La voz tranquila de siempre, la voz que no cambiaba aunque el cuerpo que la producía estuviera en el estado en que estaba. —Cogemos lo nuestro. Y nos vamos.

—¿Por qué? Borya no está aquí para reclamarlo, anda suelto por algún jardín de esta urbanización—

—Porque no estaría bien.

Lo miré.

—Connor.

—Ya sé que te parece ridículo. Y probablemente lo es. Pero hay cosas que uno hace y cosas que uno no hace, y coger lo que no es tuyo es una de las segundas. —Una pausa. Respiró con ese ritmo irregular. —Las costillas no me están ayudando a ser más elocuente. Pero la respuesta es no.

Era ridículo. Era completamente ridículo, la distinción moral más absurda que había escuchado en mi vida en el contexto específico en que me la estaba diciendo, en el dormitorio de un hombre armado que en ese mismo momento andaba suelto por algún sitio de la urbanización con un teléfono en la mano y ninguna intención de quedarse quieto.

Era ridículo y lo sabía y Connor lo sabía y los dos sabíamos que el otro lo sabía.

Cogí las dos bolsas nuestras. Dejé las cuatro de Borya.

Encima de la cómoda, junto a un cargador de teléfono y una colonia cara a medio gastar, había un llavero con un rombo plateado: Mercedes-Benz.

Lo cogí también, sin pensarlo demasiado.

Si Borya tenía coche propio aparcado abajo, mejor eso que depender otra vez del Ibiza de la radio rota para volver a Madrid.

Salimos al pasillo. En el salón, Vitya seguía atado con el cable del cargador y el cinturón de su propio pantalón. Me miró cuando pasamos. No dije nada. Connor tampoco.

Bajamos por las escaleras. El del muslo en el tercer rellano seguía donde lo había dejado, con el cable eléctrico de Ruslan como torniquete provisional alrededor del muslo, apretado por encima del agujero.

Seguía funcionando lo suficiente. El de la mandíbula en el suelo, el de la nariz en su escalón, todavía con las manos ahuecadas bajo la barbilla.

En el portal, el del portal con la espalda contra la pared. Respiraba.

Fuera, el aire fresco le golpeó a Connor antes que a mí. Se paró un momento junto a la puerta, una mano en la pared, recuperando el ritmo de una respiración que las costillas no le estaban poniendo fácil. Oí algo a cierta distancia.

Le pasé las dos bolsas. Las cogió sin preguntar, con el peso haciéndole doblar ligeramente los hombros, que era justo lo que no necesitaba en el estado en que estaba pero que tampoco era el momento de discutirlo.

—Sigue hacia el aparcamiento —dije—. Voy a comprobar una cosa. No tardo.

No le di tiempo a preguntar el qué, y Connor, que en otras circunstancias habría protestado o reflexionado de alguna forma sobre algo completamente irrelevante, esa noche no tenía ni el aire ni la paciencia para hacerlo.

Asintió y empezó a caminar hacia la izquierda, hacia donde se adivinaban los coches bajo las farolas, con el paso lento y cuidadoso de quien lleva costillas rotas, dos bolsas de billetes y ha decidido que llegar entero importa más que llegar rápido.

Yo fui hacia la derecha, hacia los jardines, con las manos vacías, que era exactamente como las quería.