El Conejo del Cristal Capítulo 8 — La guarida de Borya
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Capítulo 8 — La guarida de Borya

El portal del edificio cuatro tenía portero automático y cámara, que era lo esperado, y también tenía un hombre sentado en una silla plegable junto a la puerta interior, que no era lo esperado en una urbanización de Móstoles pero que tenía todo el sentido si sabías lo que había en el tercero B.

El hombre era joven, veintipocos, con esa complexión de gimnasio reciente que todavía no ha tenido tiempo de asentarse en algo útil.

Llevaba una chaqueta de chándal negro y miraba el teléfono con la concentración de quien no espera que pase nada, que es la concentración más peligrosa de todas porque deja el cuerpo completamente desatendido mientras la cabeza está en otro sitio.

Levanté la vista del teléfono cuando entré. Abrí la puerta del portal con el hombro, con la fuerza suficiente para que el mecanismo cediera sin que el sonido fuera excesivo, y el hombre de la silla plegable tuvo exactamente el tiempo de ver la máscara antes de que yo llegara a él.

Lo que vi en su cara en ese segundo fue reconocimiento.

No de mí, sino de la máscara. Había escuchado hablar de ella: el rumor llevaba dos días corriendo por los bares y las aceras de Lavapiés, mutando con cada repetición, y por lo visto había llegado hasta Móstoles con la misma velocidad con que llegan los rumores que a alguien le conviene que circulen rápido.

El reconocimiento fue seguido de algo que iba a convertirse en acción pero que no llegó a serlo porque yo ya tenía la mano en su cuello y la silla plegable había cedido hacia atrás con un ruido metálico que rebotó en el mármol del portal y se quedó ahí, vibrando, como si el edificio entero quisiera comentar algo y no encontrara las palabras.

El portal olía a lejía y a esa cosa que huelen los portales de las urbanizaciones nuevas, un olor a acabado reciente que tarda años en irse.

Las escaleras estaban a la izquierda. El ascensor estaba al fondo.

Tomé las escaleras, porque el ascensor es una caja que anuncia su propia llegada y porque subir cuatro pisos era, en las circunstancias, el menor de los inconvenientes de la noche.

⊙

En el primer rellano había otro hombre, este más grande, apoyado en la pared con los brazos cruzados con la postura de quien lleva un rato esperando y está empezando a aburrirse.

Me vio cuando doblé el rellano. A diferencia del del portal, este no tuvo tiempo de reconocer nada porque yo no le di ese tiempo: tres escalones en dos zancadas y el codo en la nariz antes de que su cerebro hubiera terminado de procesar que había alguien subiendo.

El sonido de la nariz al romperse es un sonido que no se parece a ningún otro sonido.

Es seco y húmedo al mismo tiempo, como pisar algo que no debería pisarse, y va seguido de un silencio de medio segundo antes de que el dolor llegue al cerebro y el cerebro decida qué hacer con él.

En ese medio segundo le quité el arma —otra pistola, una Walther de doble acción, más vieja que la Glock— y lo ayudé a sentarse en el escalón con la misma consideración con que había sentado al del portal.

Se quedó ahí con las manos ahuecadas bajo la barbilla, como si pudiera devolver lo que se le estaba escapando entre los dedos.

Subí al segundo.

En el segundo rellano no había nadie, que era o un descuido o una trampa, y no me detuve a evaluarlo porque la evaluación tarda más de lo que tenía disponible.

Seguí subiendo, con el ritmo de quien ha decidido que la velocidad es, en este momento concreto, la forma más eficaz de seguridad que existe.

En el tercer rellano, delante de la puerta del tercero B, había dos.

Estaban uno a cada lado de la puerta, con la postura de quien ha sido instruido para estar ahí y que ha decidido tomárselo en serio.

El de la derecha me vio primero y su mano fue hacia la cintura con una velocidad que era respetable, y en otro contexto lo habría respetado.

Saqué la Glock del portal y le disparé en el muslo derecho.

El disparo en el espacio cerrado del rellano fue como una bofetada de sonido en las dos orejas al mismo tiempo, de esas que dejan un pitido fino flotando por encima de todo lo demás durante varios segundos, y el de la derecha se dobló hacia el lado herido con esa geometría específica de quien de repente tiene una pierna que no funciona como debería.

El de la izquierda tuvo el tiempo suficiente para sacar el arma y apuntar, y yo me moví hacia la pared izquierda mientras disparaba, que es la única dirección útil cuando alguien que está a tres metros te apunta con algo, y su disparo pasó por donde yo había estado y dejó una marca blanca en el yeso de la pared, una flor pequeña de escayola que se quedaría ahí, sin que nadie la explicara, durante años.

Le alcancé con el codo en la mandíbula. Cayó con la espalda contra la puerta del tercero B, que cedió un poco pero no cedió del todo porque tenía la llave echada.

El de la derecha seguía en el suelo con el muslo y el problema del muslo.

Me agaché, le quité el arma, usé su cinturón como torniquete improvisado apretado dos dedos por encima del agujero —porque que se desangrara en el rellano era un problema operativo que no necesitaba ahora mismo— y me levanté.

El de la mandíbula no estaba inconsciente. Estaba en el suelo mirando el techo con los ojos del que acaba de tener una conversación muy directa con la física y todavía está procesando el contenido. Lo dejé procesando.

Me volví hacia la puerta. Saqué la Walther del bolsillo. Usé la bota en la cerradura, una vez, con toda la cadera detrás, y la cerradura cedió con el ruido exacto que hace una cerradura cuando cede, ese ruido de marco de madera que se rinde.

Entré.

⊙

El piso era grande para ser un tercero B en Móstoles.

Salón con muebles de los que cuestan dinero pero que nadie ha elegido con gusto propio, sino con el gusto de alguien que ha visto en algún sitio cómo se supone que se amueble un piso de este tipo y ha aplicado esa visión sin demasiada convicción.

Una televisión grande, apagada, que reflejaba la escena entera en un negro mate como un segundo testigo.

Una mesa de cristal. Dos sofás de cuero negro.

En el sofá de la izquierda, Vitya con su chaqueta de cuero marrón anacrónica, que se levantó cuando entré con una velocidad que no habría esperado en alguien de su complexión.

Vitya era más rápido de lo que parecía. Lo supe cuando el puñetazo que me lanzó llegó con una convicción real, no el movimiento torpe de alguien que sabe que tiene que golpear pero no sabe exactamente cómo.

Me alcanzó en el costado izquierdo con suficiente fuerza para que el aire saliera de mis pulmones en una exhalación que no había planeado, y di un paso hacia atrás que no era retirada sino recolocación.

Vitya era bueno. En otras circunstancias, en otras condiciones, con un rival diferente, habría sido suficientemente bueno.

Me lanzó el segundo golpe antes de que yo hubiera terminado de recolocarme, apuntando a la cara, y lo bloqueé con el antebrazo izquierdo, que absorbió el impacto con un dolor sordo que iba a tener consecuencias mañana pero que ahora era solo información.

Luego le devolví con la derecha, con toda la espalda y la cadera detrás, y el nudillo del índice —el nudillo que ya tenía partido de antes— impactó en su pómulo con una sensación que era simultáneamente dolorosa para mí y devastadora para él.

Vitya se fue hacia atrás. Chocó con la mesa de cristal.

El cristal no se rompió, lo cual me sorprendió, pero la mesa se desplazó con ese ruido de mueble pesado sobre parqué que hace que todo el edificio sepa que algo está pasando en ese piso.

Me le eché encima antes de que encontrara el equilibrio, con el peso de todo el cuerpo, y los dos fuimos al suelo con el ruido que producen dos hombres grandes cuando van al suelo.

En el suelo Vitya era diferente. Algunos hombres son mejores en el suelo porque el suelo iguala las diferencias de altura y de alcance, y Vitya era uno de esos.

Me agarró el brazo izquierdo con una fuerza que era considerable y lo torció hacia un ángulo que no era natural, y sentí el hombro protestar con esa queja sorda que precede al daño real.

Le di con el codo libre en la sien, una vez, con la concentración específica de quien sabe exactamente dónde está la sien y para qué sirve golpearla. La fuerza en mi brazo desapareció.

Me levanté.

Vitya estaba en el suelo mirando el techo, que parecía ser el destino natural de todo el mundo esta noche. Tenía el pómulo en un estado que mañana iba a tener muchos colores y la sien con un aspecto que requería atención médica que no iba a recibir en las próximas horas, por lo menos no de mí.

Lo até con el cinturón que le saqué de los pantalones y con el cable del cargador del teléfono que había encima de la mesa de cristal. Quedó aceptablemente inmovilizado para el tiempo que necesitaba.

Me puse en pie. Miré el piso.

Pasillo. Tres puertas. La primera abierta: cocina vacía, con un plato sucio en el fregadero que alguien había dejado a medio fregar, lo cual decía algo sobre las prioridades de quien vivía aquí esa noche.

La segunda cerrada. La tercera entreabierta, con luz saliendo por la rendija en una línea fina y amarilla.

Fui a la segunda.

⊙

Detrás de la segunda puerta estaba Ruslan, que era el hombre grande de cuello ancho que había visto en la segunda reunión del Brillante y que ahora llenaba el umbral de un dormitorio con su metro noventa y sus hombros de levantar cosas pesadas y una navaja en la mano derecha que abrió con el pulgar en el momento en que abrí la puerta, con ese clic específico que tienen las navajas automáticas.

Ruslan no dijo nada. No era un hombre de palabras, lo había establecido en El Brillante, y tampoco era un hombre de palabras ahora. Era un hombre de navaja, y la navaja describió un arco hacia mi costado izquierdo que llegó antes de que yo hubiera decidido cómo responder.