El Conejo del Cristal Capítulo 7 — Siguiendo el rastro azul #3
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Capítulo 7 — Siguiendo el rastro azul #3

Había una noche, hacía unos ocho meses, en que Connor había traído a casa a una chica.

No era algo que pasara con frecuencia —Connor tenía una relación con el mundo social que era principalmente teórica— pero esa noche había pasado, y yo lo sabía porque escuché voces en el altillo cuando llegué, dos voces, la de Connor y una que no era la de Connor, y subí la escalerilla sin pensarlo y asomé la cabeza por el hueco y los vi, Connor y una chica de unos veinticinco años que me miró con los ojos muy abiertos, y lo que dije, sin haber planeado decir nada, fue «pío pío», con la misma naturalidad con que uno dice buenas noches o perdona, «pío pío», y bajé la escalerilla y me fui al baño y escuché a la chica decir algo en voz baja y a Connor decir algo también en voz baja, y diez minutos después escuché la puerta del ático cerrarse.

Connor me estuvo reprochando aquello durante una semana entera.

No con enfado, Connor no era un hombre dado al enfado, sino con esa mezcla de decepción académica y humor involuntario que era su modo de expresar que algo le había afectado más de lo que quería reconocer.

«Pío pío», me decía, mientras hacía el café por las mañanas.

«Pío pío», mientras leía. Lo decía con la cadencia de alguien que repite una palabra hasta que pierde el significado, excepto que en este caso no perdía el significado, lo ganaba, se volvía más pesada cada vez que la decía hasta que al séptimo día los dos nos reímos al mismo tiempo sin que ninguno de los dos hubiera decidido reírse, y después de eso no volvió a mencionarlo nunca más, que era su manera de dar el tema por cerrado.

Luego estaba la noche del jazz.

Habíamos fumado hierba en el altillo, que era algo que hacíamos ocasionalmente cuando Connor conseguía algo que no era lo que cocinábamos y que no tenía propiedades que requirieran firma de exención de responsabilidad, y habíamos salido a caminar porque el ático con los dos dentro y la hierba encima se volvía un espacio conceptualmente insostenible, según Connor.

Habíamos caminado sin rumbo por Lavapiés y por Tirso de Molina y por alguna calle que ninguno de los dos habría podido nombrar con certeza, y en algún momento de esa caminata habíamos escuchado música que venía de un sótano, jazz de verdad, de contrabajo y trompeta y batería suave, y habíamos bajado sin pensarlo por unas escaleras que olían a húmedo y habíamos estado dos horas en ese sótano bebiendo cerveza y escuchando a un cuarteto que tocaba como si no hubiera nadie escuchando, que es la mejor manera de tocar que existe.

Connor no había dicho prácticamente nada en dos horas, que para Connor era un récord absoluto, y a la salida habíamos caminado de vuelta al ático en silencio, también, y eso también era un récord.

Habíamos intentado volver tres veces. Las tres veces habíamos buscado la calle, el sótano, las escaleras que olían a húmedo, y las tres veces no habíamos encontrado nada.

No el local, no las escaleras, no nada que se pareciera a lo que recordábamos.

Connor había elaborado una teoría sobre esto que involucraba a Wittgenstein y al concepto de los juegos de lenguaje y a la imposibilidad de describir una experiencia sin alterar la experiencia misma, y yo le había escuchado sin interrumpirle, que era lo más parecido a un cumplido que yo sabía hacer.

Eso era Connor. La molestia que se había convertido en amigo y el amigo que se había convertido en familia sin que yo hubiera tomado ninguna decisión consciente en ningún punto del proceso, que era probablemente la única manera en que las familias se forman de verdad: sin decisión, por acumulación, por la suma de todas las noches en que alguien está ahí y de todas las mañanas en que el café ya está hecho cuando bajas.

Y hacerle daño a la familia era hacerle daño a mí. Eso lo sabía desde siempre, desde antes de Connor, desde mucho antes, y era una de las pocas cosas que seguía siendo verdad con independencia de todo lo demás que hubiera dejado de ser verdad a lo largo de los años.

En el libro abierto boca abajo en el altillo. En la silla dos centímetros fuera de su sitio.

Aparqué el Ibiza a tres calles de la urbanización, como hacía siempre con el Peugeot, porque hay hábitos que se instalan solos y que funcionan con independencia del coche.

Caminé hacia Las Praderas.

La urbanización era exactamente lo que su nombre prometía y exactamente lo que el nombre de cualquier urbanización de las afueras de Madrid promete: bloques de cuatro o cinco plantas rodeados de zona ajardinada con la vegetación suficiente para que el cartel de la entrada diga praderas sin que nadie se sienta directamente estafado, una piscina comunitaria visible desde la calle a través de la verja, iluminada desde abajo con esa luz verdosa que tienen las piscinas de noche, completamente vacía a esta hora.

El edificio cuatro estaba al fondo del complejo, con la entrada orientada al sur como había dicho Marcos, una puerta de cristal y acero con portero automático y un árbol enfrente que daba sombra suficiente para estar de pie sin ser inmediatamente visible desde dentro.

Me puse debajo del árbol.

Miré el edificio. Tercero B. Las luces encendidas en el tercero, en la ventana de la derecha. Una sombra que se movía detrás de la persiana bajada, lenta, sin urgencia. Alguien dentro que no sabía que yo estaba aquí.

Connor estaba ahí dentro, o no estaba, y si no estaba iba a tener que empezar desde el principio con menos información y más tiempo perdido, y ese escenario no era el que quería contemplar debajo de un árbol a las dos de la mañana en una urbanización de Móstoles.

Estaba ahí dentro. Lo sabía de la misma manera en que había sabido otras cosas esta noche sin poder explicar exactamente cómo: por el instinto que no tiene nombre pero que lleva razón con suficiente frecuencia como para haberle tomado la costumbre de escucharlo.

Saqué la máscara del bolsillo.

La sostuve un momento.

La gente armada dentro. Seguramente bastante gente armada dentro.

El Conejo del Cristal.

Me la puse.

El mundo se redujo a los dos óvalos. La piscina al fondo, verde y quieta. El edificio cuatro con sus luces. La sombra detrás de la persiana.

Crucé hacia la entrada.