Capítulo 7 — Siguiendo el rastro azul #2
Me miró. Evaluó. Era una mujer que evaluaba bien, lo notaba en la manera en que procesaba la información sin dejar que la cara mostrara el proceso.
—Hay un hombre —dijo eventualmente. —Se llama Marcos. Trabaja de seguridad en una discoteca en Leganés. Recoge el producto de mi parte cada semana y lo lleva arriba. Él sabe dónde está el sitio porque va en persona.
—¿Dónde está la discoteca?
Me dio el nombre y la dirección. Luego dijo:
—Si preguntas por Marcos, di que vas de parte del albarán también. Esa es la cadena.
Me levanté.
—Una cosa —dijo Pilar, antes de que llegara a la puerta. Me volví. —He escuchado cosas sobre El Conejo. De anoche.
Esperé.
—Ten cuidado con pasarte —dijo. —La gente que se pasa llama la atención que no conviene.
Lo pensé.
—Lo tendré en cuenta —dije, y salí.
⊙
La discoteca en Leganés no abría hasta las once. Eran las siete de la tarde. Tenía cuatro horas.
Las usé en caminar, en parte, y en sentarme en un banco cerca de la discoteca cerrada y mirar el edificio desde fuera con la paciencia de quien no tiene prisa porque la prisa no cambia la hora a la que abren las discotecas.
Era un local sin nombre visible desde fuera, solo un letrero con una letra griega que podía ser cualquier cosa, con las ventanas tapadas y una puerta de acero que a esa hora tenía el aspecto de algo que no va a abrirse hasta que decida abrirse.
En algún momento de las cuatro horas bebí.
No sé exactamente cuándo ni exactamente qué, porque en Leganés hay bares y los bares tienen lo que tienen y yo tenía dinero en el bolsillo y la noche por delante, y el alcohol a esa altura del día y en ese estado ya no era una decisión tanto como una condición, como el tiempo o la gravedad, algo que simplemente ocurría alrededor de mí con independencia de mis preferencias al respecto.
Lo que sí recuerdo con claridad es que a las diez y media, sentado en ese banco frente a la discoteca cerrada con el frío de la noche de mayo pegando ya con convicción en los huesos, saqué la máscara del bolsillo y me la miré en la mano. El látex blanco. Los ojos negros pintados. Las orejas largas.
Pensé en Pilar preguntando «¿eres El Conejo?» con esa neutralidad que podía ser miedo o podía ser otra cosa.
Pensé en el chico de la acera: «una máscara de conejo blanca, y la gente que intentó pararle acabó peor que el primero».
Pensé en la manera en que Nacho había retrocedido un milímetro sin consultarle al cuerpo. En cómo Pilar me había dejado pasar sin hacerme esperar en el rellano.
Era una máscara de conejo de látex comprada en alguna tienda de disfraces en algún momento de mi vida que no recordaba con precisión.
Era un objeto ridículo. El tipo de cosa que los niños llevan en Halloween y que los adultos llevan en las despedidas de soltero para las fotos que luego suben a Instagram.
Era fundamentalmente, objetivamente, en todos los sentidos posibles, ridícula.
Y sin embargo.
Me la puse.
El mundo se redujo a los dos óvalos de los ojos.
El frío siguió siendo frío pero de otra manera, más exterior, más separado.
Me quedé sentado en el banco con la máscara de conejo puesta mirando la puerta de acero de una discoteca de Leganés a las diez y media de la noche, y lo que sentí no era exactamente poder pero estaba en la misma zona que el poder, esa sensación de ocupar más espacio del que el cuerpo ocupa físicamente, de tener bordes que se extienden más allá de los bordes visibles.
Connor lo habría explicado mejor. Connor habría tenido un concepto filosófico para esto, una referencia a Nietzsche o a Bataille o a alguien que hubiera pensado en la máscara como tecnología de transformación del yo.
Yo solo sabía que cuando me la ponía dejaba de ser Alejandro con sus cuarenta y dos años y su barba y su resaca y su amigo desaparecido, y me convertía en la cosa que la gente del barrio estaba llamando El Conejo del Cristal, que era una cosa diferente y que no tenía los mismos límites.
A las once y cinco entré en la discoteca
⊙
Marcos no era difícil de encontrar. Era el hombre más grande del local después de mí, con ese tipo de presencia física que en los trabajos de seguridad es una herramienta y en los demás contextos es simplemente un hecho que la gente gestiona con distancias.
Estaba junto a la barra del fondo, con una copa en la mano que era más decorativa que otra cosa, mirando el local con la mirada profesional de quien evalúa continuamente el espacio aunque no le toque trabajar esa noche.
Me acerqué con la máscara en el bolsillo. Sin ella era un hombre grande con cara de haber tenido una semana difícil. Con ella habría sido otra cosa, y en un local con cámaras y testigos y música a todo volumen, otra cosa no era lo que convenía todavía.
—Marcos. —Me puse a su lado en la barra. —El albarán.
Me miró. Procesó.
—¿Quién eres?
—El que hace el azul.
Su cara cambió de una manera que era diferente a como habían cambiado las caras anteriores: no retrocedió ni evaluó.
Hizo algo más interesante, que fue reconocer.
Como si la descripción —el que hace el azul— encajara con algo que ya sabía, con información que le había llegado por algún canal que yo no conocía.
—¿Qué quieres? —dijo, con la voz baja pero sin el miedo que había en Pilar o en Nacho. Marcos era un hombre al que el miedo le salía más caro que a los otros y lo sabía.
—La dirección de donde opera Borya. Tengo que ir esta noche.
—¿Por qué te la voy a dar?
—Porque si no me la das voy a tener que encontrar otra manera de conseguirla, y la otra manera es más ruidosa y menos conveniente para todos, incluyendo para este local.
Marcos me miró un momento largo. Bebió su copa.
—Si Borya se entera de que te la di —dijo—, tengo un problema.
—Borya va a tener esta noche problemas más urgentes que tú.
Otra pausa. Marcos miró el local, la gente bailando, el DJ en la cabina, las luces de colores que convertían todo en una versión irreconocible de sí mismo.
—Móstoles —dijo. —Urbanización Las Praderas. Edificio cuatro, tercero B. Hay piscina en el complejo, la entrada del edificio da al sur. —Una pausa más corta. —Hay gente armada dentro.
—Lo supongo.
—Hay mucha gente armada dentro.
—Eso también.
Marcos me miró una última vez con la expresión de alguien que ha tomado una decisión de la que no está seguro y que ha decidido no estarlo en voz alta.
Me fui de la discoteca.
⊙
Robé un coche en la calle de detrás de la discoteca, un Seat Ibiza gris de los años noventa que tenía la cerradura del lado del conductor en el estado en que las tienen los coches que llevan mucho tiempo en la calle sin que nadie les preste demasiada atención.
Tardé menos de dos minutos en abrirlo y menos de uno en arrancarlo, que son habilidades que se aprenden en circunstancias específicas que en su momento parecen extraordinarias y que luego resultan ser perfectamente ordinarias cuando las necesitas.
Conduje hacia Móstoles por la carretera de Toledo.
La noche de mayo era una noche clara y fría, con las estrellas visibles por encima del resplandor naranja de Madrid, y la carretera tenía ese silencio de las carreteras de noche que no es silencio sino ausencia de ruido humano, que es algo diferente.
El Seat Ibiza tenía la radio rota y el volante ligeramente desviado hacia la izquierda, de manera que conducirlo requería una corrección constante que al cabo de diez minutos se volvía automática y al cabo de veinte te habías olvidado de que estabas corrigiendo.
Pensé en Connor mientras conducía.
Al principio lo había acogido por lástima, que era la razón más incómoda de todas porque la lástima implica una superioridad que en el caso de Connor era muy difícil de sostener cuando te ponías a hablar con él durante más de cinco minutos.
Había aparecido en la puerta del ático una noche de noviembre con una bolsa de basura llena de libros y una cara de filósofo arruinado y una explicación sobre por qué no tenía techo que era tan complicada y tan llena de subordinadas que al final no había entendido exactamente qué había pasado, solo que no tenía techo y que la bolsa de basura era todo lo que tenía y que si podía quedarse una noche.
Una noche se había convertido en dos, luego en una semana, luego en un mes, y en algún punto de ese proceso yo había dejado de esperar que se fuera y él había dejado de hablar de irse y el altillo había pasado a ser su altillo con la misma naturalidad con que las cosas se vuelven de alguien cuando nadie les pone nombre pero todos lo saben.
Al principio era una molestia. Una molestia inteligente y con buenos argumentos, pero una molestia.
Connor tenía la capacidad específica de convertir cualquier conversación de cinco minutos en una conversación de cuarenta y cinco, de encontrar el ángulo filosófico de cualquier situación incluyendo las que no lo tenían, de fumar en los sitios donde no se fumaba y de no fumar cuando el tabaco habría sido lo apropiado, de poner música a las dos de la mañana sin auriculares porque los auriculares le parecían «una concesión innecesaria al individualismo sonoro».
Era la persona más inadaptada para la convivencia que había conocido en mi vida, y he conocido gente inadaptada en contextos donde la inadaptación era una condición de entrada.
Y sin embargo.