El Conejo del Cristal Capítulo 7 — Siguiendo el rastro azul
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Capítulo 7 — Siguiendo el rastro azul

Salí del ático con la máscara.

No había tomado la decisión de cogerla de manera consciente, o no de una manera que pudiera reconstruir con precisión. Si lo pensaba detenidamente, mi mente construía un recuerdo que sé que no es cierto pero debe ser lo más cercano a la verdad.

Había ido al dormitorio, había sacado la caja de debajo del colchón, había abierto la caja, había mirado lo que había dentro —el revólver, los billetes, el trapo, la Beretta con las cachas de marfil, la máscara— y había cogido la máscara y me la había puesto en la cabeza momentáneamente.

El látex olía a algo entre el polvo y el hule, un olor cerrado de cosa que ha estado guardada mucho tiempo.

Las orejas largas me llegaban por encima de la cabeza.

Los ojos eran dos agujeros ovalados que enmarcaban el mundo de una manera diferente a como lo enmarcaban sin la máscara: más estrecha, más concentrada, como mirar por un visor en vez de por una ventana.

Me miré en el espejo del baño.

Lo primero que pensé fue que tenía un aspecto absolutamente ridículo.

Un hombre rapado de cuarenta y dos años con una barba que le llegaba al pecho y una máscara de conejo de látex blanco, con los ojos hinchados de la noche anterior y los nudillos pelados y una mancha de sangre seca en el cuello de la camiseta que no había visto hasta ese momento.

Ridículo era la palabra correcta. Ridículo en el sentido más literal: digno de risa.

Si alguien me hubiera visto en ese momento desde fuera habría sido una escena de comedia, el tipo de imagen que no puedes tomarte en serio independientemente del contexto.

Luego pensé en el chico de la acera. En «el Conejo del Cristal le están llamando ya algunos».

En Teo en el hospital. En el camarero del bar de la esquina con el cráneo fisurado.

En la manera en que la gente que estaba en la calle la noche anterior, quienquiera que estuviera, había reaccionado ante algo que llevaba esta máscara y era muy alto y repartía golpes hasta que la gente dejaba de moverse.

Ese miedo era útil.

Me quité la máscara, la metí en el bolsillo interior de la chaqueta, cogí el revólver, lo comprobé —cilindro, cartuchos, seguro— y lo guardé en la parte trasera del cinturón. Dejé la Beretta en la caja, custodiando el dinero. Cerré la caja. La metí bajo el colchón.

Salí.

⊙

La calle a las tres de la tarde de un día de entre semana en Lavapiés tiene su propio ritmo, que es diferente al de la mañana y al de la noche: más lento, más doméstico, la gente que no trabaja o que trabaja de noche o que trabaja en cosas que no tienen horario.

Caminé hacia la plaza, que era donde se concentraba la mayor parte de lo que había que concentrar en el barrio: los bancos, los puestos de los africanos, los borrachos de turno, los jóvenes con perros, y entre toda esa gente, si sabías dónde mirar, los que vendían o compraban el producto que ahora tenía nombre propio en las calles del barrio.

Sabía dónde mirar.

El primero fue un chico de unos veinte años sentado en el banco del lado norte de la plaza, con las zapatillas de marca y el teléfono y esa manera específica de no hacer nada que tiene la gente que está esperando algo sin querer que se note que está esperando.

Me acerqué y me senté a su lado sin que me invitaran, que es la manera más eficiente de iniciar una conversación que la otra parte no ha decidido todavía si quiere tener.

Me miró.

—El cristal azul —dije, en voz baja, sin mirarlo, mirando la plaza.

Una pausa.

—No sé de qué me hablas.

—Sí sabes. —Seguí mirando la plaza. —No te estoy comprando nada. Busco a alguien.

—¿A quién?

—A quien me lleve más arriba.

El chico me miró un momento más. Evaluó lo que veía, que era un hombre muy grande con la cara de haber dormido en el suelo del baño y los nudillos de quien los ha usado recientemente para algo que no era abrir puertas.

Lo que vio le pareció suficientemente convincente para no seguir fingiendo que no sabía de qué hablaba, y eso ya me decía algo sobre el estado de mis nudillos.

—Hay un sitio en Embajadores —dijo. —Un bar. El Trébol. Pregunta por Nacho.

Me levanté. Seguí caminando.

⊙

El Trébol era exactamente el tipo de bar que tiene ese nombre: una barra oscura y larga, un televisor con el fútbol mudo, cuatro mesas con sillas de plástico y la iluminación específica de los sitios que no quieren que mires demasiado bien lo que hay alrededor.

Nacho estaba en la barra, que era donde estaba siempre según me dijo el chico de la plaza, un hombre de unos cuarenta y tantos con el pelo largo y recogido en una coleta y una expresión permanente de estar en otra parte que en él no era afectación sino probablemente el estado real de las cosas.

Me acerqué. Pedí un agua. Esperé a que el camarero se alejara.

—Nacho.

Me miró de reojo.

—¿Quién te manda?

—Nadie que conozcas. Busco al que mueve el azul por esta zona.

—No sé de qué me hablas.

Lo miré. No dije nada durante un momento que fue más largo de lo que habría sido cómodo para cualquiera de los dos.

—Soy el que lo hace —dije.

Nacho me miró con más atención esta vez. Sus ojos hicieron el mismo recorrido que los del chico de la plaza: la altura, la barba, los nudillos, la cara. Algo en ese recorrido cambió su postura de manera imperceptible pero real, un milímetro de retroceso que su cuerpo había decidido sin consultarle.

—¿Qué quieres?

—Busco a alguien. Un tío. Pelo largo, flaco, jersey marrón. Habla mucho y fuma Fortuna. Lo tienen retenido los que me compraban el producto.

—¿Y yo qué tengo que ver?

—Nada todavía. Necesito llegar a donde lo tienen. Tú eres un eslabón de la cadena. Dame el siguiente y puedes seguir con lo tuyo.

Nacho bebió su cerveza. Pensó. Miró la televisión un momento, el fútbol mudo, como si los jugadores fueran a darle algún tipo de orientación.

—Hay una mujer —dijo eventualmente. —En Carabanchel. Se llama Pilar. Distribuye para los del sur. —Una pausa. —Si te mando de mi parte dile que te explique lo del albarán.

—¿Lo del albarán?

—Ella sabe. Es una contraseña, no un albarán de verdad.

Salí del Trébol. El sol de la tarde pegaba todavía con ganas. Caminé hacia Carabanchel.

⊙

En algún punto entre el Trébol y Carabanchel hay un espacio.

No sé exactamente dónde empieza ni dónde termina.

Sé que caminé, porque cuando el espacio termina estoy caminando todavía, con las manos en los bolsillos y el paso regular y la cabeza en ese estado particular que no es exactamente sobriedad pero que tampoco es la borrachera del principio, sino algo intermedio que funciona como el ojo de un huracán: quieto en el centro mientras las cosas giran alrededor a una velocidad que no puedo ver directamente.

Lo que sé del espacio es esto: tengo el nudillo del dedo medio de la mano derecha partido.

No pelado como el índice, si no partido, con un corte limpio en el centro del nudillo que ha sangrado y ha parado y ha vuelto a sangrar.

Me lo limpié con el borde de la camiseta en algún momento que no recuerdo.

La camiseta tiene ahora una línea roja horizontal a la altura del ombligo.

También sé que alguien, en algún punto del espacio, me vio la máscara.

Lo sé porque la máscara no está en el bolsillo interior de la chaqueta donde la guardé.

Está en el bolsillo exterior derecho, que es un bolsillo más pequeño donde no habría cabido sin doblarla, y sin embargo está doblada y metida y cuando la saco y la desdoblo el látex tiene una textura diferente en un lado, como si hubiera estado en contacto con algo húmedo durante un rato.

No sé lo que hice en el espacio.

En realidad sí lo sé.

⊙

Pilar vivía en un tercero de un edificio de Carabanchel que olía a las escaleras que huelen todos los edificios de Carabanchel, a lejía y a guiso y a ese algo más indefinido de los edificios con muchos pisos y muchas familias.

Llamé al timbre. Esperé. La puerta se abrió con la cadena puesta y un ojo me miró a través del hueco.

—Nacho me manda —dije. —Lo del albarán.

Un silencio. Luego la cadena se quitó.

Pilar tenía unos cincuenta años y el aspecto de alguien que lleva toda la vida tomando decisiones pragmáticas en situaciones en que las opciones eran todas malas.

No era alta, no era grande, pero tenía esa solidez específica de la gente que no necesita ser grande para ocupar el espacio que le corresponde. Me miró de arriba abajo sin disimulo.

—¿Quién eres? —dijo.

—El que hace el azul.

Sus ojos se detuvieron en los nudillos. Luego en mi cara. Luego otra vez en los nudillos.

—¿Eres El Conejo? —preguntó, con una neutralidad que podía ser escepticismo o podía ser otra cosa.

Me quedé quieto un momento. Era la primera vez que alguien me lo preguntaba directamente, en mi cara, sin que yo estuviera en un espacio o sin que lo escuchara de lejos. Era una pregunta que tenía solo dos respuestas posibles y solo una de ellas era útil en este momento.

—Sí —dije.

Pilar me miró un segundo más. Luego se hizo a un lado para dejarme pasar.

El piso era pequeño y ordenado con esa precisión de quien tiene poco espacio y ha aprendido a usarlo todo. En la mesa de la cocina había una caja de cartón con bolsitas zip transparentes dentro, algunas vacías, algunas llenas de algo azul. Mi caramelo. Pasé al lado de la caja sin mirarla.

Me senté donde me indicó. Ella se quedó de pie.

—¿Qué quieres? —dijo.

—Busco a alguien. Lo tienen los de arriba. Necesito la dirección.

—¿Los de arriba cuáles? Hay varios.

—Borya.

El nombre produjo algo en su cara que no era exactamente miedo pero que estaba en la misma familia que el miedo.

—No tengo la dirección de Borya —dijo.

—Pero sabes quién la tiene.

Una pausa larga. Se sentó enfrente de mí. Cruzó los brazos.

—Si te doy eso —dijo— y luego Borya sigue existiendo, yo tengo un problema.

—Si Borya sigue existiendo después de esta noche —dije— tengo yo el problema, que es más grande que el tuyo.