Capítulo 6 — La primera botella DEL DÍA #2
—Caro. Pero la gente lo paga. Lo repite. Eso es lo que importa, que la gente lo repite.
Me alejé. Seguí caminando. En algún sitio de Madrid, esa mañana, alguien estaba tomando lo que Connor había cocinado en el altillo con la olla de Ikea y las bandejas de aluminio del Día.
Caramelo azul en bolsitas zip. Y la gente lo repetía y era caro y no había nada igual, y Connor no estaba, y yo tenía los nudillos pelados y una mancha oscura en la sudadera y un espacio vacío donde tendrían que estar varias horas de la noche anterior.
Volví al ático.
⊙
A las dos de la tarde sonó el teléfono. Era un número que no tenía guardado pero que reconocí como uno de los de la red de Borya, uno de los números secundarios que usaba para comunicaciones que no quería que salieran del número principal. Lo dejé sonar. Sonó cinco veces y paró.
A las dos y veinte sonó otra vez, el mismo número. Esta vez respondí.
—Alejandro. —Era Vitya. La primera vez que escuchaba su voz, que era una voz plana y sin textura, de alguien que ha decidido que las inflexiones son un gasto innecesario. —Borya quiere que sepas algo.
—Dime.
—Anoche hubo un problema. Dos hombres de Borya están en el hospital. Uno de ellos es Teo.
Teo. Lo conocía. No bien, pero lo conocía: lo había visto en dos ocasiones en el perímetro de las reuniones con Borya, un hombre de unos treinta y cinco que llevaba siempre una cazadora impermeable verde y que tenía la particularidad de moverse con una quietud que en la gente grande suele ser lentitud y en él era otra cosa, era la quietud de quien no necesita moverse para ocupar el espacio.
Lo había visto en las reuniones de Borya. Nunca había hablado con él.
—¿Qué le pasó? —pregunté.
—Eso es lo que Borya quiere saber. —Una pausa breve. —También hay un camarero. Del bar de la esquina de tu calle. Está en el Gregorio Marañón con el cráneo fisurado.
No dije nada.
—Borya dice —continuó Vitya, con la misma voz plana de siempre, sin énfasis, sin acusación, que era más inquietante que con acusación— que anoche en tu barrio alguien hizo algo que no tenía que hacer. Y que Borya necesita saber quién.
—No sé de qué me estás hablando —dije.
—Ya. —Una pausa. —Borya dice que si escuchas algo, nos lo dices.
—Claro.
Vitya colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano mirando la pared.
El camarero del bar de la esquina. El que esa mañana no estaba y había una chica cubriendo su turno.
Teo, en el hospital, con el cráneo fisurado o lo que fuera que le hubieran hecho.
Y yo con los nudillos pelados y una mancha oscura en el hombro de la sudadera y un espacio en blanco donde tendrían que estar las horas de la noche anterior.
Fui al baño. Me quité la sudadera. La metí debajo del lavabo, dentro de la bolsa de plástico donde guardaba la ropa para lavar.
La miré un momento desde arriba: la mancha oscura en el hombro izquierdo, más grande de lo que recordaba cuando la había visto por la mañana, irregular, de bordes que no eran los bordes de algo derramado sino los de algo que había estado en contacto con la tela durante un tiempo.
Cerré la bolsa.
Salí a la calle otra vez. Necesitaba caminar, que era lo que hacía cuando necesitaba pensar y el ático era demasiado pequeño para el tamaño del pensamiento.
Giré en la esquina, pasé por delante del bar, miré de reojo sin detenerme.
La chica del turno de cobertura seguía ahí.
Había un papel en la puerta, escrito a mano con rotulador negro: CERRADO POR ENFERMEDAD.
En el bajo del edificio de al lado había dos vecinas hablando con esa energía específica de quien tiene una noticia que contar, los gestos amplios, las voces bajas pero con esa tensión de la discreción que no quiere demasiada discreción.
Seguí de largo.
A mitad de la manzana siguiente, en la acera de enfrente, había un chico de unos veinte años hablando por teléfono, apoyado en la pared, y escuché, sin quererlo, sin ralentizar el paso esta vez, escuché la palabra conejo.
Me paré.
No me paré de golpe, que habría sido visible. Ralenticé hasta detenerme con la naturalidad de quien se para a mirar el teléfono, y saqué el teléfono, y fingí mirar el teléfono, y escuché.
—...dice que era una máscara de conejo —decía el chico, con la voz de quien está contando algo que no sabe si creer del todo. —En serio. Una máscara de conejo blanca. Y que al tipo que estaba en el suelo le dio de hostias hasta que dejó de moverse.
Una pausa. El interlocutor al otro lado decía algo.
—No sé, tío. Yo te cuento lo que me dijo mi colega. Que había un tío enorme con una máscara de conejo y que la gente que intentó pararle acabó peor que el primero. —Otra pausa. —Sí. El Conejo del Cristal le están llamando ya algunos. Por lo del cristal azul, supongo. No sé.
Guardé el teléfono. Seguí caminando.
El Conejo del Cristal.
Caminé tres manzanas más sin pensar en nada que no fuera poner un pie delante del otro, que era todo lo que podía gestionar en ese momento.
Luego me paré en un portal cualquiera, me apoyé en la pared de dentro, y estuve un rato así, con la espalda contra el frío de la piedra y el olor a escalera de edificio antiguo y el ruido de Lavapiés filtrándose desde la calle.
Los nudillos de la mano derecha. La mancha en la sudadera. El espacio en blanco.
Teo en el hospital. El camarero del bar con el cráneo fisurado. Una máscara de conejo blanca. Un tío enorme.
Soy alto. Siempre he sido alto. De pequeño pensaba que eso era una ventaja.
La caja de las New Balance debajo del colchón. La máscara con los ojos negros pintados mirando hacia arriba. La Beretta 92FS con cachas de marfil blanco. El trapo que en otro tiempo fue una camiseta.
No sabía qué había hecho.
Lo sabía.
Me quedé en el portal el tiempo que hizo falta para que la respiración volviera a un ritmo que no llamara la atención si alguien miraba, que era el único criterio que importaba en ese momento.
Luego salí a la calle. Volví al ático. Subí los cuatro pisos.
El olor a col hervida en las escaleras, fiel a sí mismo, indiferente.
Abrí la puerta.
El ático olía a ventanas cerradas y a botella vacía y a nada más, porque el olor de Connor se había ido con las corrientes de la noche, evacuado por las ventanas abiertas que yo mismo había abierto la noche anterior cuando el olor me parecía insoportable y que ahora, en su ausencia, me parecía lo único que habría querido que siguiera estando ahí.
Me senté en la silla. La silla dos centímetros fuera de su sitio.
Miré la mesa. El libro de Wittgenstein en el suelo donde había caído, boca abajo, con las páginas dobladas. La botella vacía de Jameson. La máquina contadora de billetes de Connor, enchufada, en silencio, con su pantalla LCD apagada.
Tenía que encontrar a Connor.
No sabía si Connor se había ido o si lo habían llevado.
No sabía qué había hecho yo la noche anterior con exactitud.
Tenía los nudillos pelados y una mancha en la sudadera y en algún sitio de Madrid había una persona en el hospital con el cráneo fisurado y un hombre de Borya en el hospital también, y en las calles del barrio alguien le estaba llamando El Conejo del Cristal a algo que llevaba una máscara de conejo y era muy alto y había repartido hostias hasta que la gente dejaba de moverse.
Lo sabía. No lo sabía del todo. Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo y no había manera de reconciliarlas sin más información, y la única manera de obtener más información era moverse, y moverse con los nudillos así y la cabeza así y sin saber exactamente qué había hecho ni a quién requería un tipo de claridad que en este momento no tenía.
Fui a la cocina. Abrí el armario del fregadero. No quedaba Jäger, lo sabía. No había abierto otra botella de Jameson todavía, la de la noche anterior estaba vacía. Cogí el vaso que había en el escurreplatos. Lo llené de agua del grifo. Me lo bebí de pie, mirando el armario abierto y vacío.
Luego fui al dormitorio, saqué la caja de las New Balance de debajo del colchón, la abrí. El revólver. Los billetes. El trapo. La Beretta con las cachas de marfil. La máscara con sus ojos negros y su expresión de nada.
La miré durante un rato. El Alejandro de antes de esa intoxicación por cobre de aquel viernes habría esperado a que se resolviera solo. El Alejandro de después no.
Luego cerré la caja, la metí bajo el colchón, y me fui a buscar a Connor.