El Conejo del Cristal Capítulo 6 — La primera botella DEL DÍA
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Capítulo 6 — La primera botella DEL DÍA

L a botella de Jameson que había guardado a media tarde duró hasta las nueve de la noche, que en otras circunstancias habría sido un resultado razonable y que en estas circunstancias fue simplemente el punto en que se acabó y hubo que tomar una decisión sobre qué hacer después.

La decisión fue bajar a la calle y comprar otra, que era la decisión más sencilla disponible y por eso la que tomé, con la lógica específica de quien ha reducido el campo de opciones a las que requieren menos deliberación.

Salí a Lavapiés a las nueve y cuarto con la sudadera de siempre y el ático con todas las ventanas abiertas detrás de mí.

Las había abierto al anochecer, de par en par, las dos del patio interior y la de la terraza, con un movimiento brusco que no era ventilación sino otra cosa, la necesidad de sacar de allí el olor de Connor que a esas horas, después de una tarde entera con él y sin él, había dejado de ser reconfortante y se había vuelto insoportable de una manera que no tenía nombre exacto pero que se notaba en el pecho, un peso específico que la ventilación no iba a quitar pero que la ventilación era lo único que se me ocurrió hacer con él.

El ático sin el olor de Connor era el ático sin Connor, que era lo que era, que era un estudio de cincuenta metros cuadrados con la pintura descascarillada y una tienda de colchones en el altillo llena de libros y ceniceros y el hornillo de camping del Decathlon y las bandejas de aluminio y la báscula del Carrefour y la máquina contadora de billetes encima de la mesa y todo lo demás que era de Connor y que seguía siendo de Connor aunque Connor no estuviera.

Lo había mirado todo durante un rato antes de abrir las ventanas. Luego había abierto las ventanas.

En la tienda de la esquina, un chino pequeño y brillante que abría a las ocho de la mañana y cerraba cuando cerraba, compré una botella de Jameson de litro y un paquete de Marlboro que no era lo que fumaba Connor, que era Fortuna, pero que era lo que había y que era lo que me llevé porque en ese momento fumar algo era más importante que fumar lo correcto.

El del mostrador me cobró sin mirarme, que era lo que hacía siempre y que esa noche me pareció exactamente el nivel de interacción humana que podía gestionar.

Volví al ático. Puse el Jameson en la mesa. Me senté. Serví un vaso.

Lo que siguió no lo voy a contar con precisión porque la precisión requiere memoria y la memoria requiere una continuidad de estado que esa noche no tuve.

Lo que tengo son fragmentos: el vaso lleno, el vaso vacío, el vaso lleno otra vez.

La botella perdiendo nivel con esa velocidad particular que tiene el alcohol cuando no estás mirando el nivel sino mirando otra cosa, que esa noche era la silla dos centímetros fuera de su sitio que no había movido y el libro de Wittgenstein que había bajado del altillo sin saber exactamente cuándo ni exactamente por qué y que estaba encima de la mesa junto al vaso, cerrado, con el lomo hacia arriba.

Pensé en Connor. Pensé en Borya. Pensé en Oksana con su bloc.

Pensé en la sangre del tamaño de una moneda de dos euros ya seca en el suelo.

Pensé en muchas cosas y en ninguna con la continuidad suficiente para que fueran pensamientos completos, sino en la manera en que se piensa cuando el alcohol va subiendo el nivel del agua en la habitación: todo empieza a flotar y a perder peso y a moverse con una lentitud que parece claridad y que no es claridad sino exactamente lo contrario.

En algún punto de la noche me levanté.

Después de eso hay un espacio.

⊙

Me desperté en el suelo del baño con la mejilla contra el azulejo frío y una cantidad de luz entrando por la ventana pequeña del baño que era suficiente para saber que era de día sin ser suficiente para saber qué hora era.

Me incorporé despacio, con la paciencia de quien sabe que incorporarse rápido en estas circunstancias tiene consecuencias que conviene evitar.

El azulejo había dejado una marca en la mejilla que podía sentir con los dedos aunque no verla sin espejo.

El espejo estaba encima del lavabo. Me levanté.

El espejo con la grieta en la esquina me devolvió algo que no era del todo lo de siempre.

El lado izquierdo de la cara estaba bien, salvo por la marca del azulejo.

El lado derecho tenía una cosa en el pómulo que era un corte pequeño ya cerrado y seco, de procedencia desconocida.

La barba tenía algo oscuro cerca de la mandíbula derecha que no era de la noche anterior porque no había comido nada en la noche anterior, o al menos no recordaba haber comido nada, que no era lo mismo pero que en términos prácticos producía el mismo resultado.

Miré las manos.

Los nudillos de la mano derecha estaban hinchados y pelados de una manera que era reconocible.

El pelado que produce el contacto repetido con algo duro.

La piel levantada en tres puntos, el tejido debajo de un rosa intenso que en pocas horas iba a ser más oscuro.

Me cerré el puño. Funcionaba, sin la movilidad completa que tenía ayer, con esa resistencia específica de los tejidos inflamados.

La mano izquierda estaba mejor, solo el nudillo del índice con algo parecido.

Me lavé la cara. Me lavé las manos con cuidado, con agua tibia primero y luego fría, sin jabón en los nudillos porque el jabón en los nudillos pelados es un tipo de dolor que no aporta nada útil.

Me sequé. Miré la ropa que llevaba puesta: la sudadera de siempre y los vaqueros de siempre, y en la sudadera había algo que no estaba cuando salí a comprar el Jameson, una mancha oscura en el hombro izquierdo que era demasiado oscura para ser Jameson y demasiado grande para ser accidental.

No sabía qué había hecho.

Lo sabía en el sentido de que las manos y la mancha y el corte en el pómulo contaban una historia que tenía una lógica interna muy clara.

Pero no lo sabía en el sentido de recordarlo, de tener imágenes o sonidos o la sensación táctil de lo que había pasado entre el momento en que me levanté de la silla y el momento en que me desperté en el suelo del baño.

Ese espacio estaba vacío. No oscuro, no borroso: vacío, con la limpieza absoluta de lo que no existe, como si alguien hubiera cortado esas horas del rollo de película y el rollo siguiera funcionando, antes y después, sin que la continuidad se interrumpiera de ninguna manera visible excepto por el salto.

Salí del baño. El ático seguía con las ventanas abiertas de la noche anterior y hacía un frío de mañana que en mayo en Madrid es un frío suave pero que con resaca y sin haber dormido en una cama se notaba en los huesos con más convicción de lo que debería.

Cerré las ventanas. La botella de Jameson estaba en la mesa, vacía.

A su lado, el vaso, también vacío. El libro de Wittgenstein había caído al suelo en algún momento de la noche y estaba boca abajo, con las páginas dobladas en un ángulo que habría horrorizado a Connor.

Hice café. Lo hice con la mano derecha torpemente, con la izquierda ayudando donde podía.

Mientras esperaba que subiera me quedé de pie junto a la ventana que daba al patio interior mirando la ballena azul de la pared de enfrente, que seguía ahí, que siempre seguía ahí, con esa permanencia azul y serena de las cosas pintadas en la pared que no tienen que ir a ningún sitio.

No supe cuánto tiempo estuve así. El café subió. Me lo bebí.

Bajé a la calle a las once y media porque el ático con la botella vacía y el libro de Wittgenstein en el suelo era un espacio que necesitaba dejar de ocupar durante un rato.

Salí sin destino, que es como salgo cuando el destino lo tiene que decidir el cuerpo porque la cabeza no está en condiciones de hacerlo.

Giré a la derecha en la calle de abajo, que era la dirección que tomaba cuando iba a ningún sitio en particular, y caminé.

Lavapiés a las once y media de una mañana de mayo era exactamente lo que era siempre: el mercado abierto, los bares con las sillas en la acera, la gente del barrio mezclada con la gente de paso, los repartidores en bicicleta, los turistas con el mapa en el teléfono buscando algo que el barrio nunca había decidido ser.

Caminé sin mirar a nadie en particular, con esa atención periférica que se activa sola cuando el centro de la atención no tiene un objetivo claro.

Pasé por delante del bar de la esquina, el que estaba en el bajo del edificio de la paralela, uno de esos bares de barrio que en Lavapiés sobreviven porque llevan suficiente tiempo siendo lo que son.

Nunca había entrado. Lo había visto desde fuera suficientes veces como para conocer la barra de lejos y al camarero, un hombre de unos cincuenta con el delantal de siempre, que esa mañana no estaba.

En su lugar había una chica joven que atendía con la expresión de quien está cubriendo a alguien y no está segura de cuánto tiempo más va a tener que seguir haciéndolo.

Seguí caminando.

Dos hombres delante de mí, en la acera, moviéndose despacio con esa cadencia de quien no tiene prisa y está hablando de algo que le parece importante.

Los alcancé porque caminaban lento y yo caminaba más rápido incluso con resaca.

Los adelanté y justo cuando los adelantaba escuché la palabra cristal, que en otro contexto habría pasado sin que yo la registrara pero que en este contexto tenía la propiedad específica de todas las palabras que te conciernen directamente: la de atravesar el ruido de fondo sin esfuerzo y llegar con una claridad que el resto del ruido no tiene.

Ralenticé el paso sin detenerme.

—El azul —decía uno de ellos, el más bajo de los dos, con una voz que era de alguien de treinta y tantos y una pronunciación del sur, Sevilla o Málaga. —Ese es el que va. No sé de dónde lo sacan pero la gente que lo ha probado dice que no hay nada igual.

—¿Es caro? —preguntó el otro.