Capítulo 5 — Connor #2
Historia uno: Connor había decidido irse.
Había cogido el dinero, había bajado del altillo en algún momento de la mañana, había tenido algún tipo de altercado menor —la silla, la sangre, quizá se había golpeado, quizá había roto algo— y se había ido con el dinero a algún sitio que no era el ático.
Connor era un hombre con problemas propios y una adicción progresiva a lo que producía, y los adictos hacen cosas que desde fuera no tienen explicación y desde dentro tienen una lógica perfectamente coherente aunque sea la lógica del pozo.
La sangre era poca. Las gotas hacia la puerta podían ser de él moviéndose.
El libro abierto boca abajo era un descuido, que en el estado en que Connor estaba últimamente no era imposible.
Historia dos: alguien había venido. Alguien había subido los cuatro pisos, había entrado al ático —con llave o sin ella, no había señales de forzamiento en la puerta pero eso no significaba nada porque hay maneras de entrar sin forzar que no dejan señales visibles— y se había llevado a Connor y el dinero.
La sangre era de Connor. La limpieza rápida y mala era de quien se lo había llevado, que tenía prisa o no le importaba demasiado dejar rastro pero le importaba un mínimo.
El libro boca abajo era porque no habían dado opción a cerrar el libro.
Las dos historias tenían huecos.
En la historia uno: Connor no se habría llevado el dinero de los tres sitios porque Connor no sabía que el dinero estaba en tres sitios.
Yo nunca se lo había dicho. Lo había visto contar y repartir pero no había visto exactamente dónde iban las tres partes porque no había prestado esa clase de atención.
Connor prestaba atención a las cosas que le parecían filosóficamente interesantes y el escondite del dinero no era una de ellas.
Podría haber encontrado la tabla del armario por accidente, podría haber encontrado la bolsa detrás del radiador, era posible.
Pero los dos sitios a la vez, en la misma mañana, sin dejar nada en el tercero: eso no era un accidente, eso era o una búsqueda sistemática o alguien que sabía dónde mirar.
En la historia dos: si alguien de Borya había venido a buscar a Connor, por qué habían cogido el dinero.
Borya no necesitaba el dinero. Borya tenía dinero.
Coger el dinero era o un extra oportunista o una señal deliberada.
Y si era una señal deliberada, la señal era que sabían que el dinero estaba ahí, lo que significaba que sabían más de lo que deberían saber sobre lo que ocurría en el ático.
Oksana. El bloc sin abrir. Evalúa.
Me levanté. Fui a la cocina. Abrí el armario del fregadero. El Jäger estaba vacío, lo sabía, lo había terminado la noche anterior. Cogí el Jameson. Me serví un vaso. Lo sostuve un momento.
No era lo que necesitaba en este momento. Lo que necesitaba era la cabeza despejada y un plan y la capacidad de tomar decisiones que fueran correctas en vez de razonables, que no es la misma cosa. Lo que necesitaba era exactamente lo contrario del Jameson en la mano.
Lo bebí igualmente, porque la necesidad de lo correcto y la decisión de lo incorrecto coexisten sin ningún problema cuando llevas suficiente tiempo practicando la coexistencia.
Me senté. Serví otro vaso. No lo bebí todavía, lo dejé encima de la mesa y lo miré.
Intenté llamar a Connor. El teléfono de Connor, que era un Nokia de los sencillos que había comprado en un estanco porque Connor nunca había tenido smartphone y no entendía la necesidad de tenerlo, sonó siete veces y saltó al buzón, que Connor nunca había configurado porque configurar el buzón le parecía una tarea de las que podían esperar indefinidamente.
Llamé al número de Borya. Sonó dos veces y colgué antes de que respondiera, porque llamar a Borya en este momento era o confirmarle que algo había pasado o darle información sobre mi estado de alarma, y ninguna de las dos cosas era lo que convenía hacer ahora.
Miré el vaso de Jameson.
Lo bebí.
El ático olía todavía a Connor, ese olor irremplazable que era la prueba de que había estado aquí hace pocas horas, que el sitio seguía siendo su sitio aunque él no estuviera, que la tienda de colchones en el altillo seguía siendo su cama y las pilas de libros seguían siendo su biblioteca y el cenicero lleno seguía siendo su cenicero lleno.
El olor de alguien tarda en irse de un sitio.
A veces tarda días. Lo sabía por experiencia de sitios donde había habido gente que luego no estaba, y el olor era siempre lo último en marcharse, el último rastro antes del silencio total.
No quería pensar en eso.
Lo pensé igualmente, porque ese tipo de pensamiento no pide permiso.
La lógica decía: no hay pruebas reales de que le haya pasado algo grave.
La sangre era poca. La limpieza era chapucera.
Alguien que quiere ocultar algo serio lo oculta mejor.
Si Borya hubiera mandado a alguien a hacer algo definitivo, el ático estaría diferente, más limpio o más sucio, pero no así, no con esta ambigüedad de escena a medio terminar.
El instinto decía otra cosa. El instinto decía que Connor no había dejado el libro abierto boca abajo porque nunca en dos años lo había hecho.
Que Connor no había cogido el dinero porque no sabía dónde estaba todo el dinero.
Que Connor no se había ido voluntariamente porque si Connor se iba voluntariamente a algún sitio, con o sin dinero, con o sin razón, Connor decía algo, dejaba una nota, mandaba un mensaje, hacía algún gesto lingüístico en alguna dirección porque Connor sin idioma no existía, Connor era idioma, y un Connor que desaparece en silencio no es Connor yéndose sino Connor siendo llevado.
Pero la lógica seguía ahí, con sus argumentos.
Y los dos trenes de pensamiento circulaban en paralelo sin llegar a ninguna conclusión porque las conclusiones requerían más información de la que tenía en este momento, y la única manera de obtener más información era moverse, y moverse requería tener la cabeza en condiciones, y las condiciones de la cabeza dependían de lo que decidiera hacer con el Jameson que quedaba en la botella encima de la mesa.
Lo miré un momento más.
Luego lo guardé en el armario. No lo terminé. Lo guardé.
Me senté en la silla dos centímetros fuera de su sitio, exactamente donde estaba, sin moverla de vuelta a donde debía estar porque moverla habría sido borrar lo único que quedaba de lo que había pasado aquí esta mañana, y lo que había pasado aquí esta mañana era lo único que tenía.
Fuera, Lavapiés hacía sus ruidos de mediodía. Una sirena lejos. El camión de la basura en la calle de abajo. Las palomas en el patio interior, siempre las palomas, con su conversación que nunca llegaba a ninguna conclusión.
Connor no estaba.
El dinero no estaba.
Y yo estaba sentado en una silla dos centímetros fuera de su sitio con el olor de Connor diluyéndose despacio en el aire del ático, esperando que la lógica y el instinto llegaran a un acuerdo que sabía que no iban a alcanzar esta tarde.