Capítulo 5 — Connor
Me desperté con resaca a las diez de la mañana y me quedé un rato en la cama sin moverme, evaluando el inventario de daños con la paciencia de quien ha hecho ese inventario suficientes veces como para saber que apresurarlo no mejora el resultado.
Cabeza: mal, con ese dolor sordo y constante que no es agudo sino acumulado, como si alguien hubiera pasado la noche apretando lentamente.
Boca: seca hasta la textura del cartón. Estómago: presente, que en estas circunstancias ya era algo.
El resto del cuerpo: funcional, más o menos, con el tipo de rigidez que produce dormir con la ropa puesta en una postura que no se había decidido de manera consciente.
Me levanté. Fui al baño. Me lavé la cara con agua fría, una vez, dos, tres.
El espejo con la grieta en la esquina me devolvió lo de siempre: cuarenta y dos años, la barba larga, los ojos de una manera que reconocía aunque esa mañana fuera una versión más deteriorada de lo habitual.
Me cepillé los dientes con más cuidado del necesario, que es lo que hago cuando el cuerpo busca cualquier tarea que tenga un protocolo claro y un resultado verificable.
El ático olía a Fortuna y a algo más, ese olor particular de Connor que no es exactamente tabaco ni exactamente sudor ni exactamente los reactivos del altillo sino la combinación específica de los tres más algo que no sé cómo nombrar, algo orgánico e irremplazable que en dos años de convivencia había aprendido a identificar sin pensar.
Connor estaba arriba. O había estado arriba hace poco. El olor decía que sí.
Hice café. Lo bebí de pie, mirando la mesa vacía, con la cabeza todavía en ese estado de niebla específica de la resaca donde los pensamientos existen pero tardan en llegar a ninguna parte.
Pensé en Oksana y su bloc. Pensé en Borya mirando la mesa y diciendo cosas que pasan.
Pensé en Dima en la calle, eres un soplapollas, y en cómo Dima había asentido y vuelto al bar con esa cadencia de alguien que quiere llegar a algún sitio antes de tener que pensar demasiado.
No pensé en el whisky de la noche anterior porque no había nada útil que pensar sobre el whisky de la noche anterior.
A las once llamé a Aurelio desde el teléfono de prepago para hablar del siguiente pedido de cloruro.
Tuvimos una conversación breve y funcional que terminó en diez días de aviso como siempre y colgué.
A las once y media salí a la ferretería de Lavapiés a comprar sulfato de cobre, dos kilos, que el hombre de la ferretería me vendió con la misma indiferencia con que habría vendido pintura o silicona, porque el sulfato de cobre en cantidades domésticas es una cosa perfectamente legal que la gente compra para el jardín. No tenía jardín. Nadie me lo preguntó.
Volví al ático a la una.
El ático olía diferente.
Me paré en el umbral con la bolsa de la ferretería en la mano y lo noté antes de entender qué era lo que notaba, que es como funciona ese tipo de percepción: el cuerpo lo sabe antes que la cabeza y durante un segundo hay solo una sensación de que algo no está donde debería estar o de que algo que debería estar no está.
El olor de Connor seguía ahí pero había cambiado de intensidad, o de dirección, o de alguna propiedad que no tenía nombre exacto pero que era diferente.
Menos presente. Como si hubiera pasado tiempo.
—Connor.
Silencio.
—Connor.
Dejé la bolsa en el suelo. Subí la escalerilla.
El altillo estaba vacío. No vacío de Connor, que era lo primero que vi, sino vacío de una manera más general: los colchones seguían en su tienda de campaña de gomaespuma, los libros seguían en sus pilas, la lamparita de Ikea seguía enchufada y encendida aunque era mediodía, el cenicero seguía lleno de la mañana.
Todo en su sitio. Pero el hornillo no estaba encendido, que no era raro a esta hora; y las Investigaciones Filosóficas estaban abiertas encima del colchón con el lomo hacia arriba, que sí era raro, porque Connor nunca dejaba un libro abierto boca abajo, lo había dicho una vez con la seriedad de quien establece un principio moral: doblar el lomo es violencia contra el objeto.
Me quedé en el umbral del altillo un momento.
Miré detrás de los colchones, en el ángulo ciego donde la cuña del tejado bajaba casi hasta el suelo.
Nada. Miré entre las pilas de libros, por si hubiera algo que no estuviera.
Nada que no debiera estar. El hornillo. Las bandejas de aluminio. Los botes de sulfato.
Bajé.
Fui al baño primero. Abrí la cortina de la ducha.
Vacío. Miré detrás del radiador, solo para asegurarme, aunque el radiador no era un sitio donde pudiera esconderse nadie que midiera más de cuarenta centímetros.
Fui al armario empotrado y abrí las puertas.
Ropa. La tabla floja debajo. La abrí: el dinero seguía ahí.
Luego fui al dormitorio.
Me agaché junto a la cama. Levanté el colchón por un lado. La caja de las New Balance visible bajo los listones de madera de la cama, el revólver, los billetes, el trapo. Todo en su sitio. Solté el colchón.
Me quedé un momento de rodillas junto a la cama, mirando el espacio debajo.
El espacio debajo de una cama de noventa tiene aproximadamente veinte centímetros de altura, que no es suficiente para un hombre adulto de ninguna medida razonable.
Pero lo miré igualmente porque había una parte de mí, una parte pequeña y bastante estúpida, que esperaba encontrar a Connor ahí debajo, acurrucado en el polvo con esa expresión suya de quien acaba de ganar una apuesta.
Lo había hecho una vez. Hacía casi un año, una tarde en que yo había llegado al ático y Connor no estaba y yo lo había buscado durante veinte minutos con una inquietud creciente que en aquel momento no sabía cómo nombrar y que ahora sabía que se llamaba exactamente como se llamaba.
Había llamado a su nombre, había subido al altillo, había mirado en el baño, había comprobado la terraza.
Y cuando finalmente había abierto la puerta de la calle dispuesto a bajar a la calle a buscarlo, Connor había salido de debajo de la cama con el Fortuna en la boca y una expresión de satisfacción absoluta.
—Llevabas veinte minutos —había dicho Connor.
—¿Qué estabas haciendo debajo de mi cama?
—Esperando a ver cuánto tardabas en mirar ahí.
—Son veinte centímetros de altura, Connor. No cabe nadie.
—Eso era exactamente lo que contaba. —Había encendido el cigarrillo con una calma que era la calma de quien ha pasado casi seis horas esperando debajo de una cama y lo ha encontrado satisfactorio. —Casi seis horas. Un récord personal.
Yo lo había mirado. Él había fumado. Y luego le había dicho que era un imbécil y él había dicho que era un experimento sobre las expectativas perceptuales y sus efectos en la búsqueda sistemática, y habíamos cenado arroz en silencio.
Ahora el espacio debajo de la cama estaba vacío.
Claro que estaba vacío. Lo sabía antes de mirar.
Pero la parte pequeña y bastante estúpida había necesitado comprobarlo igualmente, porque a veces la esperanza funciona así: busca en los sitios imposibles antes de aceptar que el sitio posible está vacío de verdad.
Me levanté. Fui al salón. Miré la terraza a través del cristal: vacía. Volví a la cocina.
Miré el piso de abajo con más atención. La mesa estaba igual.
La cocina igual. La silla que estaba junto a la mesa estaba ligeramente desplazada de su sitio habitual, un par de centímetros hacia la derecha, lo suficiente para que quien no la conociera no lo notara y lo suficiente para que yo sí lo notara porque llevaba dos años mirando esa silla en el mismo sitio.
En el suelo, junto a la pata de la silla, había algo. Me agaché.
Sangre. Poca, una mancha del tamaño de una moneda de dos euros, ya seca y oscurecida. Pasé el dedo por encima sin tocarla. Seca de hacía horas, no de hace un momento.
Me levanté. Miré el suelo sistemáticamente, con el método: una franja, media vuelta, otra franja.
Encontré tres gotas más hacia la puerta, pequeñas, separadas entre sí por metro y medio, como si algo hubiera goteado mientras se movía.
Y junto a la puerta, en el suelo, una marca que podía ser la suela de un zapato sobre algo húmedo, ya casi invisible pero ahí si sabías que estaba.
Alguien había limpiado. Rápido y mal, con lo que tenía a mano, sin tiempo o sin cuidado suficiente para hacerlo bien.
Fui al armario empotrado. Levanté la tabla floja.
Vacío.
Fui al baño. Detrás del radiador, la bolsa de plástico sellada.
Vacía.
Me senté en el borde de la cama. Miré el techo un momento.
Luego miré el suelo. Luego metí la mano debajo del colchón y saqué la caja de las New Balance y la abrí.
El revólver estaba. Los billetes estaban, el fajo que había puesto aquí, encima del trapo.
La Beretta estaba. La máscara estaba, con sus ojos negros mirando hacia arriba con su expresión de nada.
Cerré la caja. La metí debajo del colchón.
Me quedé sentado en el borde de la cama durante un tiempo que no supe medir con precisión porque el tiempo en esas circunstancias no funciona de manera lineal sino en bloques discontinuos entre los que hay huecos que no se recuerdan bien.
Pensé. Pensé con la cabeza todavía parcialmente en resaca, que no es la condición ideal para pensar pero que era la condición que tenía.
Los hechos eran los siguientes: Connor no estaba. El dinero de dos de los tres sitios no estaba. Había sangre en el suelo, poca, limpiada con prisa. Las Investigaciones Filosóficas estaban abiertas boca abajo encima del colchón. La silla estaba dos centímetros fuera de su sitio.
Esos eran los hechos. El resto eran interpretaciones, y las interpretaciones dependían de qué historia querías que los hechos contaran.