El Conejo del Cristal Capítulo 4 — Borya quiere saber #3
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Capítulo 4 — Borya quiere saber #3

El metro llegó a Lavapiés. Salí. Caminé las tres calles.

El ático olía a Fortuna y a algo que identifico como el olor específico de Connor cuando lleva un rato sin dormir, que es un olor que no sé describir exactamente pero que reconozco sin dudar.

Subí la escalerilla. El altillo estaba oscuro salvo por la lamparita de Ikea, y Connor estaba en la tienda de colchones con el libro en la mano y los ojos de la manera que tenían los ojos esa tarde, que era una manera diferente a la de la mañana aunque no hubiera pasado tanto tiempo.

—¿Cómo fue? —preguntó.

Me senté en el borde del colchón, con la cabeza agachada para no dar con el techo.

—Borya sospecha lo del extorsionador —dije.

Connor cerró el libro despacio.

—¿Sospecha o sabe?

—Sospecha con mucha convicción. Ha traído a alguien nuevo. Una mujer. Oksana. No habló en toda la reunión.

—¿Qué hace?

—Evalúa. —Hice una pausa. —Y Dima me esperó en la calle para proponerme que cocináramos para él por separado de su padre.

Connor me miró.

—¿Dima?

—Dima.

—¿Qué le dijiste?

—Lo que merecía escuchar.

Connor procesó esto con la parsimonia de quien tiene muchas preguntas y está eligiendo cuál hacer primero.

—¿Y Borya preguntó por la receta?

—No directamente. Me pidió que le explicara el proceso para ver si podía escalarse.

—¿Y?

—Le di la versión larga de nada.

—¿Se la creyó?

Lo pensé.

—No del todo —dije. —Pero tampoco tiene nada concreto que no creer. De momento.

Connor asintió. Miró la lamparita. Luego me miró a mí con esa atención suya que era incómoda precisamente porque era genuina.

—Alejandro —dijo.

—Sí.

—Esto se está poniendo más complicado de lo que era.

—Lo sé.

—¿Tienes un plan?

—Tengo la parte de arriba de un plan. La parte de abajo la estoy construyendo.

—¿Y si Oksana llega a algo concreto?

No respondí inmediatamente. La respuesta que tenía no era la respuesta que quería dar en voz alta porque decirla en voz alta la hacía más real de lo que era cómodo que fuera en ese momento.

—Entonces tendremos que tomar decisiones —dije.

Connor asintió. No preguntó qué decisiones. Eso también era muy de Connor: saber exactamente hasta dónde quería llegar con una pregunta y quedarse un paso antes.

Bajé al piso de abajo. Me senté en la mesa.

La noche de Lavapiés entraba por las ventanas del patio interior, los ruidos de siempre, la música de algún piso, las palomas.

Me quedé un rato sin hacer nada en particular, que es lo que hago cuando estoy haciendo algo que no tiene forma visible todavía: pensar, evaluar, trazar líneas entre puntos que aún no están todos en el mapa.

Oksana. Dima. Borya mirando la mesa mientras preguntaba por el extorsionador. Cosas que pasan.

Me levanté. Fui al armario del fregadero.

El Jäger estaba casi terminado, ya solo el fondo de la botella, ese último cuarto que siempre dura más de lo que debería porque uno lo va dosificando con la economía específica de quien sabe que cuando se acabe tendrá que decidir si abre otra.

Me serví lo que quedaba en el vaso de siempre.

Lo bebí despacio, de pie, mirando la ballena azul por la ventana.

Luego fui al armario donde guardaba el whisky.

Era un Jameson de litro que había comprado hacía tres semanas y que hasta esa noche había estado intacto, que era un mérito que en este momento me parecía menos relevante de lo que me había parecido cuando lo compré. Lo abrí. Me serví dos dedos. Me senté.

Bebí.

Me serví otros dos.

Bebí.

En algún punto que no supe identificar exactamente —entre el segundo vaso de whisky y el tercero, o quizá durante el tercero, o quizá fue el cuarto— me levanté de la silla y fui al dormitorio y saqué la caja de las New Balance de debajo del colchón.

No supe decir por qué. No había ninguna razón concreta para sacarla en ese momento, ningún propósito práctico, ninguna tarea que requiriera abrirla.

Pero la tenía en la mano, y la abrí, y allí estaban los billetes y debajo del trapo la Beretta y debajo de la Beretta la máscara de conejo con sus ojos negros pintados mirando hacia arriba desde el fondo de la caja con esa expresión de nada que tenía.

La miré durante un rato.

La máscara me devolvió la mirada, que era lo que hacen las máscaras.

Cerré la caja. La metí bajo el colchón. Volví a la mesa.

Me serví el cuarto vaso de whisky o el quinto, que ya no recordaba con exactitud, y lo bebí más deprisa que los anteriores porque la velocidad a partir de cierto punto ya no cambia el sabor sino solo el tiempo que tarda en llegar a donde tiene que llegar.

Me acosté con la ropa puesta.

A las tres de la mañana me desperté con esa clase de despertar que no es un despertar sino una interrupción del estado anterior, con la boca seca y el techo del ático encima y el ruido de Lavapiés filtrándose por las ventanas como siempre, indiferente, constante. Me quedé mirando el techo un momento.

Había sido una noche difícil. Las noches difíciles tenían sus propias reglas. Mañana sería otra cosa.

Me dormí otra vez.

No bien, pero me dormí.