El Conejo del Cristal Capítulo 4 — Borya quiere saber #2
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Capítulo 4 — Borya quiere saber #2

Borya escuchó esto con la atención de alguien que está escuchando el idioma correcto en la cadencia incorrecta, que entiende que las palabras suenan a lo que deberían sonar pero que algo en el ritmo no termina de cuadrar.

Era un hombre inteligente. Lo era de la manera particular en que lo son los que han aprendido a serlo solos, sin estructura, a base de ensayo y error en contextos donde el error tiene consecuencias.

Y en ese tipo de inteligencia hay una antena específica para la mentira bien construida que no detecta el contenido sino la forma.

—Horosho —dijo, eventualmente. Bebió el brandy. —Horosho.

Y en ese segundo horosho había algo diferente del primero, una cadencia ligeramente más lenta, como si la palabra estuviera pensando mientras salía.

Dima había estado callado toda la reunión, más callado que la vez anterior, con una energía contenida que en él era inusual porque Dima normalmente no contenía nada.

Lo había notado desde que entraron. Ahora me miraba desde su Coca-Cola con una expresión que era difícil de clasificar pero que tenía el componente específico de alguien que está esperando un momento que ya ha ensayado.

—Oye —dijo Borya, con un cambio de tono tan limpio que habría pasado desapercibido si no lo hubieras estado esperando. —¿Sabes algo de nuestro amigo?

Ahí estaba.

Lo dijo mirando la mesa. No a mí, no a Oksana, a la mesa, que era donde Borya miraba cuando formulaba algo que quería que pareciera casual.

—¿Qué amigo? —pregunté.

—El que os ayudó al principio. Con la receta.

—No he sabido nada —dije. —Pensaba que estaba trabajando para ti.

Borya levantó la vista. Me miró. En sus ojos pequeños y oscuros había algo que era la ausencia de algo, la ausencia de la sorpresa que habría habido si lo que yo decía fuera nuevo para él.

—Llevamos semanas sin localizarle —dijo. —Eso no es normal en él.

—No sé qué decirte.

—No, claro. —Una pausa. —Cosas que pasan.

La frase cayó sobre la mesa como un objeto con peso.

Cosas que pasan. Que en boca de Borya significaba exactamente que sabía que no eran cosas que pasan sino cosas que alguien hace que pasen, y que la pregunta no era qué había pasado sino quién lo había hecho pasar y con qué autorización.

No dijo nada más sobre el tema. Lo cerró con la misma naturalidad con que lo había abierto, volvió al café, hizo un comentario sobre el calor de ese mayo, preguntó por Connor con la consideración educada de quien pregunta por alguien que conoce de oídas.

Oksana siguió sin decir nada y sin abrir el bloc.

Me fui a las siete y cuarto.

⊙

Dima me esperaba en la calle.

No delante del bar: a veinte metros, apoyado en la pared de un portal, con el teléfono en la mano y la postura de alguien que está mirando el teléfono pero no está mirando el teléfono.

Lo vi en cuanto salí. Lo había visto salir antes que yo con la excusa de ir al baño, y lo había calculado, y aun así cuando lo vi ahí me produjo ese momento de evaluación instantánea: amenaza, no amenaza, qué quiere, qué tiene para conseguirlo.

No era una amenaza. Era Dima, que en el mejor de los casos era una molestia con buenas intenciones y en el peor era una molestia con malas intenciones y poca capacidad de ejecutarlas.

Me acerqué porque no acercarme habría sido más raro que acercarme.

—Dima.

—Alejandro. —Guardó el teléfono. Me miró con esa energía contenida de antes, que de cerca era más legible: nerviosismo. No miedo, nerviosismo, que son cosas distintas. —Necesito hablar contigo.

—Estamos hablando.

—Solo. Sin mi padre.

—Estamos solos.

Miró hacia el bar. Luego a mí. Tomó la decisión de hablar con la expresión de alguien que lleva tiempo tomándola mentalmente y que en el momento real le cuesta más de lo que esperaba.

—Lo del trato con Connor —dijo. —Lo de la coca que transportó. El cargamento que desapareció.

Lo miré. Esperé.

—Fui yo —dijo. —Lo organicé yo. Antonio  trabajaba para mí, no para mi padre.

Era un trato mío, al margen. Quería demostrar que podía montar algo solo, que no necesitaba que él lo supervisara todo.

—Una pausa. —Antonio se fue con la mercancía y me dejó a mí con el problema, y el problema se lo tuve que trasladar a mi padre porque no tenía otra salida, y mi padre lo resolvió a su manera, y Connor acabó con una deuda que en realidad era mía.

Lo escuché. No dije nada mientras hablaba porque no había nada que decir que no interfiriera con lo que estaba contando, y lo que estaba contando era útil aunque no lo fuera de la manera en que él creía que lo era.

—¿Por qué me cuentas esto? —pregunté.

—Porque quiero hacerte una propuesta. —Aquí sí que le costó, notablemente. —Cocináis más. Para mí. Por separado de lo que le dais a mi padre. Yo lo distribuyo por mi cuenta, sin que él lo sepa, y vosotros os llevais un porcentaje mayor que el que os paga él ahora.

Lo miré durante el tiempo que me pareció apropiado para que entendiera que lo había escuchado completamente antes de responder.

—Eres un soplapollas —dije.

Dima parpadeó.

—¿Perdona?

—Que eres un soplapollas. —Lo dije sin énfasis, sin hostilidad, con la misma neutralidad con que habría descrito el tiempo.

—Tu padre tiene a Oksana en esa mesa con un bloc que no ha abierto en toda la reunión.

Eso no es una secretaria. Eso es alguien que evalúa.

Y tú sales antes que yo con la excusa del baño para esperarme en la calle y proponerme que te ayude a montar un negocio en paralelo al de tu padre.

En la calle. A veinte metros del bar donde está tu padre.

Dima abrió la boca.

—No. —Levanté una mano. —No hay nada que añadir. No voy a hacer ningún trato contigo. No voy a mencionar esta conversación a nadie. Y tú vas a volver al bar, a decirle a tu padre que has estado respondiendo mensajes, y no vas a volver a hablar conmigo de esto. ¿Entendido?

Dima me miró con una mezcla de humillación y algo que podría haber sido alivio si hubiera tenido más autoconciencia de la que tenía. Asintió. Una vez, pequeño.

—Entendido —dijo.

Me fui hacia el metro sin mirar atrás. Detrás de mí escuché sus pasos volviendo hacia El Brillante, rápidos, con esa cadencia de alguien que quiere llegar a algún sitio antes de tener que pensar demasiado en lo que acaba de pasar.

⊙

En el metro de vuelta a Lavapiés pensé en Oksana.

No en Dima, que era un problema menor con una estupidez mayor de lo habitual pero que seguía siendo esencialmente un problema menor.

En Oksana. En el bloc sin abrir. En la manera en que había mirado el local cuando entraron, con ese escáner rápido y sistemático que no era el de un guardaespaldas —eso era Vitya, eso era Ruslan— sino el de alguien que procesa información para otro propósito.

Oksana evaluaba. La pregunta era qué evaluaba y para quién y qué iba a hacer con lo que encontrara.

Y en la manera en que Borya había preguntado por el extorsionador. Mirando la mesa. Cosas que pasan.

Borya sabía. O sospechaba con suficiente firmeza como para que la diferencia entre saber y sospechar fuera irrelevante desde el punto de vista práctico.

Sabía que el extorsionador no iba a aparecer.

Sabía, o sospechaba, que su ausencia tenía una causa que no era accidental.

Y había puesto a alguien a evaluar esa causa, y esa alguien era Oksana con su bloc y sus ojos de quien ya ha decidido lo que necesita saber.

Lo que no sabía Borya, lo que no podía saber todavía, era que la causa éramos nosotros.

O yo. Que era yo quien había llevado al extorsionador al desierto en el maletero del Peugeot y le había disparado tres veces con el revólver del calibre treinta y ocho encima de un colchón lleno de garrapatas.

Eso no lo sabía. Pero lo estaba buscando, y buscarlo con Oksana era buscar de una manera diferente a como buscaba con Vitya o con Ruslan.