El Conejo del Cristal Capítulo 4 — Borya quiere saber
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Capítulo 4 — Borya quiere saber

La segunda reunión en El Brillante fue dos semanas después de la primera, un jueves a las seis de la tarde, y Borya llegó con cuatro minutos de retraso en vez de tres, que era una variación que probablemente no significaba nada pero que yo registré igualmente porque registrar ese tipo de cosas es un hábito que cuesta menos mantener que abandonar.

Esta vez venían cinco. Borya, Vitya con su chaqueta de cuero anacrónica, Dima con su ropa cara mal llevada, y dos que no había visto antes: un hombre de unos treinta y cinco con la cabeza rapada y el cuello de alguien que ha pasado tiempo considerable levantando cosas pesadas, y una mujer.

En realidad la he mencionado al final aunque la mujer fue lo primero que vi y eso no era exactamente justo porque no era lo primero que debías ver en esa situación sino lo primero que tu cerebro decidía ver con independencia de tus preferencias operativas, con independencia de la lógica de la situación, con independencia de que hubiera otras cosas más relevantes en ese local a las que prestar atención.

El cerebro tomaba esa decisión por su cuenta y la tomaba en el tiempo que tarda el ojo en barrer una habitación, que es un tiempo muy corto, y una vez tomada no había manera de revertirla.

Tendría la edad que tendría, que era difícil de precisar porque era el tipo de mujer en que la edad no es lo primero que registras ni lo segundo.

El pelo oscuro recogido en un moño que en ella no era la solución práctica que es en otras personas sino algo deliberado, como si hubiera decidido que su cara merecía estar despejada porque su cara lo merecía, y no le faltaba razón: pómulos altos, mandíbula firme, ojos que evaluaban sin pedir permiso con esa atención de quien ha aprendido que la información es la única moneda que siempre tiene valor.

La clase de cara que en una película habría pertenecido a la villana inteligente y en la realidad pertenecía a alguien que probablemente era las dos cosas.

No era una cara que necesitara adornos para funcionar, que era lo que decía el moño: que la cara sabía lo que hacía y que el pelo fuera de la ecuación era simplemente más honesto para todos.

Llevaba una blusa oscura de manga larga.

En cualquier otra persona esa blusa habría sido discreta, funcional, sin más lectura posible.

En ella la blusa era un documento de intenciones no porque la blusa fuera especial sino porque lo que había debajo de la blusa era especial de una manera que ninguna cantidad de tela podía neutralizar del todo.

Había una física en juego que la blusa reconocía y ante la que hacía todo lo que podía, que no era suficiente.

Los pechos de Oksana eran, dentro de la blusa oscura, una presencia que el ojo registraba de manera inmediata y que tardaba un momento en terminar de integrar porque la escala no encajaba con lo que los sistemas de referencia habituales esperaban encontrar.

Grandes no era la palabra, o era la palabra correcta pero insuficiente, del mismo modo en que decir que el Atlántico es grande es correcto pero no transmite exactamente la experiencia de estar delante de él.

Eran grandes con esa grandeza que requiere que el ojo haga varias pasadas antes de que el cerebro llegue a un estimado que considera fiable, y el estimado al que llegué en ese momento, con la blusa oscura entre medias, fue que cada uno era aproximadamente del tamaño de su cabeza, quizá algo más.

Lo registré con la eficiencia de quien cataloga información relevante y sigue adelante.

Ese estimado resultaría ser conservador, como descubriría más tarde, pero en ese momento era lo que había disponible.

No los exhibía. No los ocultaba. Los llevaba como se lleva algo que es tuyo desde siempre y con lo que has llegado a un acuerdo definitivo: sin énfasis, sin disculpas, con la indiferencia específica de quien ha tenido suficiente tiempo para que cualquier otra postura le parezca un esfuerzo innecesario.

Sobresalían hacia los lados con esa generosidad de las cosas que ocupan el espacio que necesitan sin consultarlo, y la blusa oscura negociaba con ellos lo mejor que podía, que no era mucho.

Entró mirando el local de la misma manera en que yo lo había mirado cuando llegué, que era la manera en que lo mira alguien que sabe para qué sirve mirarlo. La noté especialmente por eso, aunque no solo por eso. El del cuello rapado era músculo, decorativo y funcional. Oksana era otra cosa.

Yo tengo preferencias. Me gustan las mujeres con cuerpo, con presencia física real, algo a lo que agarrarse, algo que no desaparece con la luz encendida.

Oksana tenía todo eso y algo más que no era exactamente mi tipo pero que era difícil de ignorar porque lo difícil de ignorar es difícil de ignorar con independencia del tipo.

Pensé, brevemente y sin desarrollarlo demasiado porque había cosas más urgentes en ese momento, que estaría más buena todavía con más chicha en el resto, que había algo en la proporción que quedaba incompleto, que la delantera merecía más contexto.

Pero tampoco iba a quejarme del contexto disponible.

Entró mirando el local de la misma manera en que yo lo había mirado cuando llegué, que era la manera en que lo mira alguien que sabe para qué sirve mirarlo. La noté especialmente por eso, aunque no solo por eso. El del cuello rapado era músculo, decorativo y funcional. Oksana era otra cosa.

Me levanté cuando entraron. Borya me estrechó la mano con esa efusividad calibrada suya, dos apretones, la mano izquierda cubriendo el dorso de la mía, que es el gesto de la gente que ha aprendido que los gestos de calidez transmiten confianza y que los practica con la regularidad suficiente para que parezcan espontáneos sin llegar a serlo del todo.

—Alejandro. —Sonrió. —Estás más delgado.

No respondí. No estaba más delgado.

—Te presento a Oksana —dijo, señalando a la mujer. —Y a Ruslan.

Oksana me miró con la neutralidad profesional de quien ya ha decidido todo lo que necesita saber sobre ti y solo está confirmando. Ruslan no me miró directamente, que era más inquietante que si lo hubiera hecho.

Nos sentamos en la misma mesa del fondo de siempre.

Vitya a la barra, de espaldas, mirando la puerta.

Ruslan se quedó de pie cerca de la entrada, que era una disposición diferente a la de la primera vez y que significaba que el perímetro había crecido.

Oksana se sentó a la mesa con nosotros, a la derecha de Borya, ligeramente retirada, con un bloc de notas pequeño encima de la mesa que no abrió en ningún momento de la conversación.

El bloc era para que yo lo viera. No para tomar notas.

El camarero de siempre trajo el café y el brandy de Borya sin que nadie los pidiera. Dima pidió Coca-Cola otra vez, con la misma timidez de siempre. Oksana no pidió nada. Yo pedí agua.

—El producto está funcionando bien —dijo Borya, con la satisfacción tranquila de quien da por establecido lo que ya saben los dos. —Muy bien, de hecho.

—Me alegra escucharlo.

—La gente pregunta. —Bebió el café. —No solo aquí. Hay interés en otros sitios. Barcelona. Bilbao. Un contacto en Lisboa que me llama cada semana.

Lo miré. Borya me devolvió la mirada con esa expresión suya de información compartida, de dato puesto encima de la mesa para que los dos lo evaluáramos juntos, que era su manera de preparar el terreno para lo que venía después.

—El volumen actual no es suficiente —dijo.

—Ya hablamos de los tiempos del proceso.

—Hablamos. —Asintió. —Y entiendo las limitaciones. Pero Barcelona no entiende las limitaciones. Lisboa no entiende las limitaciones. La gente que quiere el producto no entiende que el producto tenga un techo que yo no puedo mover. —Dejó la tacita. —Necesito que ese techo suba.

—El techo lo pone el proceso, no la voluntad. Ya te lo dije.

—Lo recuerdo. —Una pausa. —¿Y si el proceso tuviera más medios? Mejor equipo. Un espacio más grande. Connor trabajando con mejores condiciones.

Era la misma conversación de antes con ropa diferente.

Antes quería meter a alguien dentro. Ahora quería meter dinero dentro, que era más sutil y más peligroso porque el dinero de Borya dentro del proceso convertía el proceso en algo que era parcialmente de Borya, y las cosas que son parcialmente de Borya terminan siendo completamente de Borya con una velocidad que probablemente él mismo encontraba eficiente.

—Connor trabaja en las condiciones que necesita —dije. —No es una cuestión de medios. Es una cuestión de método.

—¿Y el método no puede escalarse?

—No de la manera que tú necesitas. No sin comprometer lo que hace que el producto sea lo que es.

Borya me miró un momento. Luego miró a Oksana. Oksana no miró a nadie.

—Explícame eso —dijo Borya.

Lo que quería que le explicara era la receta.

No la estaba pidiendo directamente porque Borya nunca pedía nada directamente cuando podía pedirlo de otra manera, pero lo que quería era exactamente eso: entender el proceso lo suficiente como para reproducirlo sin nosotros, o para producirlo a una escala que nosotros no podíamos o no queríamos alcanzar.

Y yo tenía que explicarle suficiente para que pareciera transparencia sin explicarle nada que fuera útil, que era el ejercicio de funambulismo más complicado que había hecho en mucho tiempo, y lo había hecho esta vez como las anteriores: construyendo una ficción técnica lo suficientemente densa como para que fuera difícil de desmontar sin los conocimientos para desmontarla.

—La síntesis tiene fases —dije. —Cada fase requiere condiciones de temperatura y presión específicas que no se pueden comprimir en el tiempo sin producir un resultado diferente.

Connor ha optimizado cada fase hasta el límite de lo que el equipo permite.

Más equipo no da más velocidad: da más consistencia, pero la velocidad la pone la química, y la química no negocia.