Capítulo 3 — La paranoia es un lujo de ricos #4
El dinero en tres sitios. Connor deteriorándose a un ritmo que era lento pero constante. Borya con el supervisor en pausa pero no archivado. El cloruro en el armario del baño. El revólver bajo la cama. El extorsionador en el desierto, siendo eficientemente gestionado por las garrapatas de Castilla.
Todo en su sitio. Todo bajo control, si control significaba que ninguna de las piezas se había movido todavía de donde la habías puesto.
Me levanté. Abrí el armario del fregadero.
El Jäger estaba ya en el último cuarto de botella.
Lo cogí, lo sostuve un momento, lo devolví.
No esa noche. Esa noche no. Cogí en cambio el brick de zumo que seguía ahí desde hacía tiempo indefinido y lo tiré directamente a la basura porque había pasado el punto en que podía considerarse zumo y se había convertido en otra cosa que tampoco era alcohol pero que tampoco era zumo.
Me serví agua del grifo. La bebí de pie.
Connor bajó a las nueve, con las manos limpias y el libro bajo el brazo y una expresión que era más la suya de siempre que la de antes, como si las horas hubieran ido devolviendo al altillo lo que habían sacado de él.
—Tengo hambre —dijo.
—Hay pasta.
—¿Qué tipo?
—El tipo que hay.
—Eso es una respuesta filosóficamente insatisfactoria.
—Macarrones.
—Macarrones. Bien.
Hice la pasta. Comimos. Connor comió con más apetito de lo habitual, que era una señal ambigua: podía significar que el estado de antes había pasado o podía significar que el estado de antes le había dado hambre, que era la misma cosa observada desde perspectivas opuestas. No pregunté. Connor tampoco explicó.
Después de cenar, Connor subió a leer. Yo me quedé en la mesa un rato más, con el dinero en sus tres sitios y el cloruro en el armario del baño y el Jäger en el último cuarto y la pasta en el estómago y la sensación, que ya no era nueva pero que tampoco se había vuelto cómoda todavía, de que el ático había cambiado de naturaleza otra vez, o había seguido cambiando, que era lo mismo porque los cambios de este tipo no ocurren de golpe sino como el agua que sube despacio en una habitación sin salida: sin que puedas señalar el momento exacto en que deja de ser un problema menor y se convierte en el único problema que existe.
Revisé el revólver a las once y media de la noche, sentado en el borde de la cama, sin ninguna razón concreta para revisarlo. El cilindro, los cartuchos, el seguro. Todo en su sitio. Lo guardé. Me acosté.
Fuera, Lavapiés hacía sus ruidos de noche, que eran diferentes a los de día pero no más silenciosos, solo diferentes.
Una discusión en la calle. Música desde algún piso de arriba, algo con bajo, algo de lo que solo llegaba la frecuencia más baja como un latido de un corazón que no es el tuyo.
Las palomas en el patio interior, que al parecer no dormían nunca o dormían de una manera que incluía conversación.
Pensé en Borya. En el «nichevo, por ahora». En Dima, que quería un rol. En el dinero en los tres sitios. En Connor en el altillo con sus proporciones y su Wittgenstein y esa cantidad que él llamaba metodológica y yo llamaba de otra manera aunque no en voz alta.
Pensé en la tercera bala, que era lo que pensaba cuando no quería pensar en lo que estaba pensando.
Me dormí.
⊙
La segunda tanda llegó tres días después.
Connor la cocinó en una noche, con el nuevo cloruro de Calatayud y el sulfato de la ferretería de Lavapiés y el azúcar del Mercadona de la esquina, y salió bien: color correcto, cristalización limpia en las tres bandejas, textura uniforme que al romperla tenía ese brillo mineral azulado que Borya necesitaba que tuviera.
Tres kilos y cuatrocientos gramos. Connor los molió con el mortero del Rastro y los empaquetó en las bolsitas zip con esa parsimonia suya de monje budista con aspiraciones farmacéuticas, y los puso en la mesa del piso de abajo en una bolsa de plástico negro del supermercado como si fueran el encargo de cualquier cosa.
Los miré un momento.
Tres kilos y cuatrocientos gramos de caramelo azul en una bolsa del Mercadona, encima de la mesa de la cocina de un ático de Lavapiés.
—¿Sabes lo que es absurdo? —dije.
—Hay una lista bastante larga de candidatos —dijo Connor desde el altillo.
—Que esto funciona.
Silencio arriba.
—Eso también me parece absurdo a mí —dijo Connor, eventualmente. —Todas las mañanas.
Llamé a Borya. Le dije que tenía producto.
Me dijo que Vitya pasaría a recogerlo esa tarde.
Vitya pasó a las seis, con el mismo sobre que la vez anterior pero considerablemente más grueso, cogió la bolsa del Mercadona sin mirarla, asintió una vez con la cabeza, y se fue.
Ciento cuarenta mil euros esta vez. Borya había vuelto a subir el precio sin consultarnos, que era su manera de hacer saber que era él quien fijaba las condiciones.
No objeté. Era un error estratégico objetar ahora.
Connor bajó cuando Vitya se fue y miró el sobre encima de la mesa con la misma expresión que yo había tenido la primera vez.
—Ciento cuarenta —dije.
—¿En total o esta entrega?
—Esta entrega. En total, con lo de antes, doscientos cincuenta mil.
Connor miró el sobre. Luego me miró a mí.
—Alejandro —dijo.
—Sí.
—Estamos ganando mucho dinero por caramelo.
—Sí.
—¿Y eso no te parece que en algún momento va a terminar de una manera que va a ser muy particular?
—Sí.
—¿Y entonces?
Me levanté. Cogí el sobre. Fui al armario empotrado, levanté la tabla floja, puse los billetes. Los conté. Los conté otra vez. Los dejé.
—Entonces —dije— tenemos que asegurarnos de que cuando llegue ese momento tengamos suficiente para que no importe la manera en que termina.
Connor pensó en esto un momento.
—Eso es lo más pragmáticamente deshonesto que te he escuchado decir —dijo.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Ya lo sé.
Subió al altillo. Yo me quedé en la mesa con doscientos cincuenta mil euros en tres sitios y la sensación de que la habitación seguía subiendo de nivel, despacio, sin que pudiera señalarse el momento exacto en que dejaría de ser manejable.
Esa noche no abrí el armario del fregadero.
Lo pensé. Lo tuve en mente durante un rato, esa conversación interna que ya conocía demasiado bien, la voz que explica por qué sería razonable y la otra voz que explica por qué no lo es y el silencio que viene después en el que las dos voces esperan a ver cuál gana.
El silencio duró más que otras noches. Eventualmente me levanté, fui al baño, me lavé la cara con agua fría, me miré en el espejo con la grieta en la esquina.
Cuarenta y dos años y doscientos cincuenta mil euros en efectivo en un ático de Lavapiés.
Me acosté sin abrir el armario.
No dormí bien, que era el precio, y decidí que era un precio aceptable.