Capítulo 3 — La paranoia es un lujo de ricos #3
Calatayud a mediodía tiene ese calor seco de los pueblos del interior aragonés que en mayo ya avisa de lo que va a ser julio, ese calor que no sofoca sino que seca, que te quita la humedad de las mucosas y te deja los ojos como si hubieran estado demasiado tiempo abiertos sin parpadear.
El polígono estaba a las afueras, en una de esas zonas industriales que existen en los márgenes de todos los pueblos medianos de España, con naves de chapa y rótulos a medio desteñir y una ausencia total de actividad que podía significar que era mediodía y la gente estaba comiendo o que las naves llevaban años sin funcionar y solo algunas de ellas seguían operativas para propósitos que no requerían rótulo.
La nave de Aurelio era la tercera de la segunda fila, según la dirección que había dejado en el borrador del Hotmail. Sin número, sin letrero. Puerta metálica corredera, entreabierta lo suficiente para que entrara un hombre de lado.
Aparqué el Peugeot a cincuenta metros, fuera de la línea de visión directa de la puerta, y me quedé cinco minutos en el coche evaluando el entorno con la paciencia de quien sabe que los cinco minutos previos valen más que cualquier cosa que pase después.
No había nadie. Ningún coche que no debería estar.
Ningún movimiento en las naves cercanas.
Nada. Solo el calor seco y una paloma en el tejado de la nave de enfrente que me miró con la indiferencia total que tienen las palomas para cualquier situación humana, por dramática que sea.
Entré.
Aurelio estaba al fondo de la nave, junto a una mesa de trabajo metálica llena de cajas de cartón apiladas con la meticulosidad de alguien para quien el orden no es una preferencia sino un sistema de información.
Llevaba lo que siempre había llevado cuando lo había visto antes, que era ropa de trabajo, azul marino, sin marca, funcional de una manera que no dejaba ningún rastro sobre quién era la persona que la llevaba.
Las gafas de montura metálica. El pelo blanco muy corto.
La delgadez que en otro tiempo me había parecido enfermiza y que ahora me parecía simplemente la complexión de alguien que lleva décadas sin desperdiciar nada, incluyendo la comida.
Me miró cuando entré, sin moverse.
—Más viejo —dijo.
—Tú también.
Eso fue todo el protocolo social. Fue a una de las cajas, abrió el cartón, sacó un envase de plástico naranja de medio litro, de los que tienen el tapón de seguridad de rosca doble, y lo puso sobre la mesa entre los dos.
—Cloruro de tionilo, noventa y siete por ciento de pureza.
Medio litro. —Lo dijo con la naturalidad con que un farmacéutico describe un medicamento, sin énfasis, sin teatro.
—Manéjalo con guantes. Si se derrama en piel, agua abundante inmediatamente.
Produce gases al contacto con humedad. No lo guardes en el mismo sitio donde guardas cualquier cosa que contenga agua o alcohol.
—Lo sé.
—Lo digo igualmente.
Cogí el envase. Lo puse en la bolsa de viaje, envuelto en la ropa que había traído para ese propósito, entre las dos capas de ropa, con la estabilidad suficiente para que no se moviera en el maletero.
Aurelio me vio hacerlo sin comentar. Miré la nave mientras lo hacía.
Las cajas de cartón apiladas con meticulosidad de sistema eran de distintos tamaños: algunas del tamaño de lo que yo me llevaba, otras mucho más grandes, otras pequeñas.
En algunas había etiquetas de proveedores químicos.
En otras no había nada. Había una báscula de precisión industrial en la esquina, de las que pesan en gramos con cuatro decimales, y junto a ella unas bolsas de plástico transparente con un polvo blanco que no era harina.
Aurelio no me explicó qué era. Yo no pregunté.
Lo que hacía Aurelio en esa nave era un negocio real, con productos reales, con consecuencias reales para quien los consumía, y lo que yo le compraba era un reactivo que utilizaba para hacer caramelo.
Había una diferencia entre esas dos cosas que era difícil de articular con precisión pero que se notaba en el aire de la nave de la misma manera en que se nota la diferencia entre el peso de una cosa y el peso de otra aunque las dos pesen lo mismo en la báscula.
—Mil doscientos —dijo.
Conté los billetes sobre la mesa. Los mismos billetes de cincuenta que Vitya había traído en el sobre, pasando ahora a manos de Aurelio en un polígono de Calatayud, completando una cadena que conectaba un altillo de Lavapiés con una guarida en el sur de Madrid con un descampado en Castilla con una ferretería de barrio con una nave industrial en Aragón, todo unido por caramelo azul y una mentira que de momento seguía en pie.
Aurelio contó los billetes también. Los dobló. Los guardó en el bolsillo del pecho de la ropa de trabajo.
—Si repites —dijo—, dame diez días de aviso.
—De acuerdo.
—Y no más de un litro por pedido. Más de un litro empieza a ser una cantidad que requiere conversaciones que prefiero no tener.
—Medio litro es suficiente por ahora.
—Por ahora —repitió, con el mismo énfasis que Borya había puesto en «por ahora» esa mañana, que era el énfasis de la gente que sabe que por ahora no es para siempre y que quiere que el otro lo sepa también.
Salí de la nave. El sol de Calatayud seguía exactamente donde lo había dejado. La paloma del tejado de enfrente se había ido.
⊙
De vuelta a Madrid por la A-2, con el cloruro de tionilo en el maletero envuelto en ropa y la radio puesta en la misma emisora de los mejores éxitos de siempre, pensé en Aurelio.
En que Aurelio era exactamente el tipo de persona que convenía tener en la cadena y exactamente el tipo de persona que convenía no tener en la cadena: útil, discreto, profesional, y completamente fuera de mi control.
Si alguien llegaba a Aurelio, Aurelio hablaría.
No por falta de carácter sino porque todo el mundo habla cuando el incentivo es suficientemente específico, y Aurelio no era la excepción a esa regla, era exactamente la regla.
Lo que me protegía no era la lealtad de Aurelio sino la ausencia de razones para que nadie llegara a él, y la ausencia de razones dependía de que Borya no supiera de Aurelio, de que el técnico de la Complutense no supiera de Aurelio, de que nadie en ningún punto de la cadena supiera de ningún otro punto de la cadena excepto el siguiente.
Era la única arquitectura que tenía sentido.
Compartimentos estancos. Cada persona sabe del punto que tiene inmediatamente delante y del que tiene inmediatamente detrás, y nada más.
El problema era que la cadena era muy corta: éramos cuatro puntos, Connor, yo, Aurelio y Borya, y en una cadena de cuatro puntos cualquier fallo en cualquiera de ellos comprometía el conjunto.
No era una arquitectura robusta. Era la arquitectura que teníamos.
Entré a Madrid por la A-2 cuando el sol ya estaba bajando y Madrid empezaba a ponerse naranja por los bordes. Aparqué a tres calles del ático, como siempre. Subí con la bolsa de viaje al hombro.
El ático olía a azúcar.
Me paré en el umbral.
—Connor.
Silencio arriba.
—Connor.
—Aquí.
Subí la escalerilla. El altillo estaba en el estado habitual excepto por dos cosas: el hornillo estaba encendido, con la olla encima, y Connor estaba sentado junto a él con el libro cerrado sobre las rodillas y los ojos de una manera particular que reconocí aunque no la hubiera visto exactamente así antes, una manera que era la de alguien que ha estado en algún sitio distinto al altillo de Lavapiés durante un rato y que está volviendo de ese sitio en el momento exacto en que yo llego.
Miré la olla. Miré a Connor. Miré la olla.
—¿Cuánto has cocinado?
—Media tanda —dijo Connor, con una voz que era la suya pero con un retardo de medio segundo que no era la suya. —Solo con sulfato. Sin cloruro. Estaba probando las temperaturas para cuando llegues con el material.
—Ya tengo el material.
—Perfecto. —Una pausa. —¿Ha ido bien?
—Ha ido bien.
Connor asintió. Cogió el Fortuna del cenicero donde lo había dejado a medias, le dio una calada, exhaló.
—He estado pensando —dijo.
—Ya veo.
—En la reducción. En el cloruro. Creo que puedo bajar la concentración otro escalón sin que el color cambie, pero necesito hacer la prueba con la tanda completa. No puedo saberlo con el sulfato solo.
Lo miré. Lo miré con toda la atención que tenía en ese momento, que era bastante porque el viaje a Calatayud y la vuelta me habían despejado la cabeza de una manera que el ático nunca despeja la cabeza, y lo que veía era a Connor en un estado que era peor que el de ayer pero no de una manera que pudiera señalarse con precisión, sino de la manera en que las cosas empeoran cuando empeoran despacio: por acumulación, por suma de pequeños deterioros cada uno de los cuales es casi invisible pero que en conjunto producen algo que no es casi invisible en absoluto.
—¿Cuánto has tomado? —pregunté.
—De la media tanda de prueba, una cantidad metodológica.
—Connor.
—Una cantidad pequeña. Menos que la última vez. Estoy reduciendo yo también.
Lo dijo con una lógica interna que era perfectamente coherente dentro de su propio sistema y que desde fuera del sistema era exactamente lo que es cuando alguien que tiene un problema con algo aplica la racionalidad de ese problema a su propio consumo del mismo.
No lo dije en voz alta. No había nada útil que decir en voz alta en ese momento.
Bajé al piso de abajo. Guardé el cloruro de tionilo en el armario del baño, detrás de los productos de limpieza, que era el único sitio del ático donde no había riesgo de que Connor lo encontrara de manera accidental y donde la humedad era controlable.
Luego me senté en la mesa y estuve un rato sin hacer nada en particular, escuchando los ruidos del altillo —la cuchara de madera contra la olla, una página girada, el encendedor— y pensando en la geometría del problema que estábamos construyendo.