Capítulo 3 — La paranoia es un lujo de ricos #2
Era caro. Era el precio correcto para algo que no debería existir en ninguna factura de nadie, comprado a alguien que no existe en ningún registro, en un polígono de Calatayud que probablemente tampoco existía en ningún mapa relevante.
Mil doscientos euros por medio litro de cloruro de tionilo, que era el coste real de la ficción que le vendíamos a Borya. El coste del misterio.
—De acuerdo.
—Mañana a mediodía. Solo.
—Solo —confirmé, y colgué.
Salí de Madrid al día siguiente a las siete de la mañana, con el sol todavía bajo y la A-2 casi vacía en dirección a Zaragoza.
Había dejado a Connor con instrucciones claras, dinero para comida, y el revólver bajo la cama donde siempre estaba, que era el único sitio donde tenía sentido que estuviese en su ausencia.
Connor tenía sus propios medios de gestionar las situaciones difíciles, que incluían Wittgenstein, Fortuna y una resiliencia particular de los que han tocado fondo suficientes veces como para saber que el fondo no se mueve aunque uno se caiga encima.
El Peugeot en la A-2 a las siete de la mañana era una cosa completamente diferente al Peugeot en la A-3 de vuelta del desierto.
En la A-3 de vuelta del desierto había llevado noventa kilómetros de cosas que no quería pensar.
En la A-2 hacia Calatayud no había nada en el maletero excepto una bolsa de viaje con lo mínimo y el teléfono de prepago en el portavasos.
El sol salía por la izquierda, sobre los primeros cerros de la Alcarria, y Castilla era esa cosa que es Castilla en mayo antes de que el calor lo aplaste todo: verde y amarillo y una luz limpia que no dura.
Pensé en el dinero mientras conducía.
Habíamos cobrado por primera vez tres días antes.
Borya no mandó ningún sobre. Mandó a Vitya con una bolsa de deporte de tela negra, pequeña, de las que se usan para el gimnasio, y la bolsa pesaba.
Ciento diez mil euros en billetes de cincuenta son dos mil doscientos billetes, y dos mil doscientos billetes de papel pesan algo más de dos kilos, que es una cosa que no sabes hasta que la tienes en la mano y entonces no puedes dejar de pensar en ello.
Dos kilos de dinero. Aproximadamente lo mismo que la última tanda de Connor, menos los envases y el mortero.
Me pareció interesante de una manera que no supe cómo terminar de articular, la idea de que tres kilos de caramelo azul generaran su propio peso aproximado en dinero, que un producto cuyo ingrediente principal era azúcar del Mercadona pudiera convertirse en billetes de cincuenta a esa tasa de cambio.
No lo dije en voz alta porque habría sido una disertación de Connor y yo no soy Connor.
Connor había bajado del altillo cuando llegó Vitya y había estado mirando la bolsa de deporte sobre la mesa con la expresión de alguien que evalúa un objeto filosóficamente prometedor.
Cuando Vitya se fue, la abrió. Sacó un fajo.
Lo sostuvo con las dos manos con el cuidado de quien sostiene algo que no tiene del todo claro cómo funciona.
Luego lo dejó encima de la mesa y sacó otro.
Y otro. En un momento determinado había sacado todos los fajos y los había puesto en la mesa en filas de cuatro, con esa manía clasificatoria suya que aplicaba a los libros y a los ceniceros y aparentemente también al dinero en efectivo de procedencia criminal, y había contemplado el resultado con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción serena.
—Esto es mucho dinero —dijo.
—Ciento diez mil. Borya calculó el precio con esa precisión suya de alguien que sabe exactamente lo que puede pedir.
—Para caramelo.
—Para caramelo.
Connor miró los fajos un momento más. Luego cogió uno y me lo tiró. No con violencia, con la ligereza despreocupada de quien tira algo porque puede, porque está ahí y porque la situación lo permite. El fajo aterrizó en mi pecho y yo lo cogí en el aire por reflejo y lo miré y miré a Connor.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada. —Cogió otro fajo. —Es que pesa poco.
—Connor.
Me tiró el segundo. Lo cogí también. Me miró con esa expresión de inocencia calculada que tenía cuando hacía algo que sabía que era una idiotez y quería ver hasta dónde llegaba antes de que yo lo parase.
—Para —dije.
—Ya.
—Connor.
—Que ya.
Pero cogió un tercero y me lo tiró con más fuerza esta vez, y ese no lo cogí bien y cayó al suelo y los billetes se separaron del fajo y se extendieron por el parqué, una docena de billetes de cincuenta en el suelo de la cocina del ático, y Connor se rió, una risa breve y genuina de las que no tenían filtro académico, y yo lo miré desde el otro lado de la mesa con los dos fajos en la mano y los billetes en el suelo y pensé que éramos exactamente el tipo de personas que merecían exactamente la situación en que estábamos.
Recogí los billetes. Los devolví al fajo.
—¿No vamos a hablar de que acabamos de recibir ciento diez mil euros en efectivo? —dijo Connor, todavía con el resto de la risa en la voz.
—Acabamos de recibir ciento diez mil euros en efectivo.
—¿Y?
—Y hay que esconderlos y mañana los ingredientes cuestan mil doscientos.
Connor miró el techo con esa expresión suya de quien recibe información que esperaba que tuviera más contenido filosófico del que tiene.
—Wittgenstein tenía una teoría sobre el dinero.
—No me la cuentes.
—Era breve.
—Tampoco.
Connor encendió un Fortuna y subió al altillo.
Yo repartí el dinero en los tres sitios —tabla floja del armario empotrado, bolsa de plástico detrás del radiador del baño, caja de las New Balance bajo el colchón— y al meter los últimos fajos en la caja noté que estaba más llena de lo que recordaba.
La saqué entera. Debajo del revólver, envueltos en un trapo que en otro tiempo fue una camiseta, había dos cosas que no había visto en mucho tiempo y cuya presencia allí había olvidado con la deliberación específica con que uno olvida las cosas que no conviene recordar todos los días: una pistola y una máscara.
La pistola era una Beretta 92FS de acero ennegrecido con cachas de marfil blanco, que es una combinación que en teoría no debería funcionar estéticamente y que en la práctica produce algo que es difícil de ignorar.
La había tenido mucho tiempo antes del revólver, en otra etapa, en otra ciudad, bajo circunstancias que no venían al caso en ese momento.
La máscara era de conejo: cabeza entera de látex blanco, orejas largas, ojos negros pintados con una expresión que no era la expresión de ningún conejo real sino la que alguien había decidido que debía tener, que era una expresión de nada, que es la expresión más inquietante que puede tener cualquier cara, humana o no.
Las miré un momento. Luego las cubrí con el trapo, puse los billetes encima, cerré la caja, la metí bajo el colchón.
No pensé en ellas el resto de esa noche, que era exactamente lo que había hecho la última vez que las había encontrado.
Durante el resto de la noche estuve sentado en la mesa con los ciento diez mil euros en tres sitios y la sensación, nueva y bastante desagradable, de que el ático había cambiado de naturaleza sin que nada visible hubiera cambiado.
Era el mismo estudio de cincuenta metros cuadrados con la pintura descascarillada y las ventanas al patio interior.
Y sin embargo algo en él vibraba diferente, con la frecuencia particular de los sitios que contienen algo que no deberían contener, esa vibración que no se oye pero se nota en los dientes.
Lo había pensado durante un rato. Luego había abierto el armario del fregadero.
El Jäger seguía ahí, algo por debajo de donde lo había dejado la noche de Calatayud, que era ya bastante por debajo de donde estaba cuando empezó.
Me había servido un vaso, lo había bebido despacio, mirando la ballena azul por la ventana del patio.
Uno solo esa noche. Un solo vaso, que era exactamente lo que me dije y que sonaba razonablemente cierto desde el ángulo desde el que lo miraba esa noche aunque desde otros ángulos y en otras horas sonara diferente.
Al día siguiente Connor había bajado del altillo con una caja de cartón bajo el brazo que había pedido por Amazon con tarjeta de prepago —la única manera sensata de comprar nada online en nuestra situación— y que contenía una máquina contadora de billetes.
Una de las de verdad, con sensor ultravioleta para detectar falsos y pantalla LCD y ese ruido de ventilador rápido que hacen las cosas que procesan papel a velocidad.
—¿Para qué es eso? —pregunté.
—Para contar billetes —dijo Connor, con la obviedad deliberada de quien tiene la respuesta preparada.
—¿Por qué?
—Porque contar a mano es lento e impreciso y porque esto —señaló la máquina con el gesto de un artesano presentando una herramienta nueva— es objetivamente más elegante.
—Somos dos personas en un ático de Lavapiés cocinando caramelo.
—Somos dos personas en un ático de Lavapiés con más de cien mil euros en efectivo, que es una distinción importante. —La conectó a la corriente. La máquina hizo su ruido de arranque. Connor la miró con satisfacción genuina. —Además me pareció guay.
No respondí. La máquina contadora se quedó en la mesa de la cocina junto a la báscula del Carrefour y el mortero del Rastro, que era la colección de instrumentos de medición más particular que había visto en un ático de cincuenta metros cuadrados.
Ahora, en la A-2, con la Alcarria pasando por la ventana, pensé que el dinero era el principio de un problema que no habíamos tenido antes.
Antes no había nada que perder. Antes había una deuda y un muerto en el desierto y un altillo con una olla de Ikea, y eso era todo.
Ahora había dinero. Y el dinero cambia la geometría de todo lo que rodea: cambia lo que la gente está dispuesta a hacer, lo que tú estás dispuesto a perder, lo que vale la pena proteger y a qué precio.
El precio era la parte que no me gustaba pensar demasiado.
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