El Conejo del Cristal Capítulo 3 — La paranoia es un lujo de ricos
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Capítulo 3 — La paranoia es un lujo de ricos

Llamé a Borya a las nueve y cuarto de la mañana, antes de que Connor bajara del altillo, antes de que el café estuviera hecho, antes de que yo hubiera decidido del todo qué iba a decir exactamente y en qué orden.

Hay conversaciones que mejoran con la preparación y conversaciones que mejoran con la velocidad, y esta era del segundo tipo: si pensaba demasiado en lo que iba a decir, Borya lo iba a notar en cómo lo decía, y Borya notaba ese tipo de cosas con la sensibilidad de alguien que ha pasado suficientes años hablando con gente que le mentía como para distinguir cuándo la mentira está recién fabricada y cuándo lleva el tiempo necesario de maduración.

Respondió al primer tono, que significaba que estaba despierto y que tenía el teléfono en la mano, que eran dos datos que a las nueve y cuarto de la mañana decían algo sobre cómo había pasado la noche.

—Alejandro. —La voz de siempre, la maldita ele ligeramente exagerada.

—Borya. Lo del supervisor.

Una pausa de exactamente el largo correcto para no parecer sorprendido.

—Dime.

—No puede ser. —Lo dije sin adornos, sin preámbulo, porque los preámbulos hacen que las negativas suenen a negociación y esto no era una negociación.

—He estado pensando en cómo explicártelo y no hay manera de hacerlo que no suene a excusa, así que te lo digo directo: cualquier presencia externa en el proceso lo compromete.

No es una opinión, es lo que hemos comprobado.

La primera tanda que hicimos con alguien mirando salió marrón y sin textura y tuvimos que tirarla.

Puede ser contaminación ambiental, puede ser que el proceso es sensible a variables que no controlamos completamente, puede ser que Connor necesita condiciones específicas para trabajar.

No lo sé con certeza. Lo que sé es el resultado, y el resultado fue una tanda perdida.

Silencio. Borya procesando.

—No me habías dicho eso —dijo.

—No te lo había dicho porque no sabía si era relevante. Ahora sé que lo es.

Otro silencio. Más corto.

—Nichevo —dijo Borya, y en ruso nichevo significa algo parecido a no importa o qué le vamos a hacer, con una resignación que puede ser genuina o puede ser la resignación de alguien que está decidiendo que el tema puede esperar pero no que el tema está cerrado. —Por ahora.

El «por ahora» era la parte importante. No lo ignoré ni lo señalé. Lo archivé.

—Necesito más producto —dijo Borya, cambiando de registro con la facilidad de quien lleva años separando los problemas en compartimentos estancos. —¿Cuándo puedes tener la siguiente tanda?

—Depende de los ingredientes. Tengo que conseguir material. Unos días.

—¿Cuántos días?

—Los que hagan falta para hacerlo bien.

Una pausa que era una evaluación.

—Horosho —dijo. Y colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano un momento.

Fuera, Lavapiés empezaba a hacer sus ruidos de mañana: alguien arrastrando una persiana metálica, un camión de reparto, las palomas en el patio interior con esa conversación circular que tienen las palomas que nunca llega a ninguna conclusión.

Había funcionado. O había funcionado por ahora, que era lo mismo que decir que no había funcionado del todo pero que nos daba tiempo, y el tiempo era lo único que necesitábamos en este momento.

Puse el café.

Connor bajó del altillo a las diez menos cuarto con el jersey del profesor de la Complutense y una expresión que no era exactamente la de siempre.

Había algo diferente en los ojos, algo más apagado en el punto concreto donde normalmente había demasiada luz.

Me lo quedé mirando mientras se servía agua del grifo y la bebía de pie, de espaldas a mí.

—¿Qué tal la noche? —pregunté.

—Filosóficamente productiva.

—¿Y el resto?

Se volvió. Me miró. Tenía las manos limpias pero había algo en el pliegue de la muñeca izquierda, una mancha muy tenue de algo azul que el jabón no había llegado a quitar del todo, que era sulfato de cobre y que significaba que había cocinado durante la noche, o que había intentado cocinar, o que había estado trabajando con el material de alguna manera que no era exactamente cocinar pero que implicaba el material.

—Estaba haciendo pruebas —dijo.

—¿Con el cloruro?

—Con las proporciones. Solo con el sulfato, sin el cloruro. Para ver qué pasa con el color si elimino el reactivo completamente.

—¿Y?

—Sale verde. Un verde muy desagradable, de hecho. Como musgo. Como algo que se ha dejado demasiado tiempo en el frigorífico. —Se sirvió más agua. —No sirve.

Lo miré un momento más.

—Connor.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Entonces ahórrame decirlo.

Se encogió de hombros con esa manera suya de encogerse de hombros que no era exactamente rendición sino reconocimiento provisional.

Cogió el paquete de Fortuna del bolsillo del chándal y encendió el primero del día con el mechero de siempre, el amarillo con la tapa rota que llevaba meses funcionando en contra de toda probabilidad termodinámica.

—¿Habló Borya? —preguntó.

—Esta mañana. El supervisor está frenado.

—¿Por cuánto tiempo?

—El que nos ganemos.

Connor asintió. Procesó. Exhaló hacia el techo.

—Necesitamos ingredientes —dijo.

—Lo sé. Por eso tengo que salir.

Me miró.

—¿A dónde?

—Fuera de Madrid. —Cogí el café, lo bebí sin sentarme, de pie junto a la ventana que daba al patio interior y a la ballena azul.

—Si Borya tiene gente siguiéndome —y en este punto tenía que asumir que la tenía, o que podía tenerla, que era la misma cosa desde el punto de vista operativo— no puedo comprar el cloruro en Madrid.

Cualquier proveedor en la ciudad que venda reactivos industriales en cantidades no triviales y que no haga preguntas es exactamente el tipo de sitio donde Borya podría tener ojos. O donde los podría poner si quisiera.

—¿Y fuera de Madrid?

—Fuera de Madrid soy un hombre en un coche en una ciudad que no es Madrid. Sin rastro, sin rutina, sin nadie que me haya visto antes.

Connor consideró esto con la parsimonia de quien evalúa un argumento filosófico y no una excursión para comprar reactivos industriales ilegales en una ciudad de provincias.

—¿Tienes contacto? —preguntó.

—Tengo un nombre. De hace tiempo. —El nombre era de alguien que conocía de una etapa anterior de mi vida que no le había contado a Connor y que Connor no había preguntado, que era el equilibrio perfecto de nuestra relación doméstica.

Un hombre de Zaragoza que en otro tiempo había movido material de laboratorio para gente que necesitaba material de laboratorio sin papeles, y que desde entonces, por lo que yo sabía, seguía en el mismo negocio o en uno suficientemente parecido.

Los negocios de ese tipo no se cierran voluntariamente.

Se cierran cuando alguien los cierra desde fuera, y nadie había venido a cerrarle a él, por lo que yo sabía. —Tengo que llamarle primero.

—¿Es de fiar?

—Es de fiar en el sentido en que lo es alguien que tiene tanto que perder como tú si las cosas salen mal.

—Eso es una definición muy particular de confianza.

—Es la única que funciona.

Connor fumó un momento en silencio. Luego dijo:

—¿Cuánto tiempo fuera?

—Un día. Dos si hay complicaciones. —Hice una pausa. —Mientras yo no estoy, tú no cocinas.

Me miró.

—No tienes el cloruro de todas formas —dijo.

—Exactamente. Así que no hay nada que cocinar. Lo que sí hay es azúcar y sulfato y una báscula, que son exactamente las condiciones bajo las que hiciste las pruebas de anoche que no eran pruebas sino otra cosa.

—Eso es un argumento circular.

—Es una instrucción.

Otro encogimiento de hombros. Otra calada. Luego:

—¿Cuándo sales?

—Mañana por la mañana. Hoy llamo al contacto.

⊙

El nombre del contacto era Aurelio, que era un nombre que no pegaba con lo que Aurelio era, que era un hombre de cincuenta y pico años, tal vez sesenta ya, delgado hasta la transparencia, con el pelo blanco cortado muy corto y unas gafas de montura metálica fina que le daban un aspecto de funcionario a días de la jubilación que era exactamente la apariencia que Aurelio cultivaba con la misma deliberación con que otros cultivan el aspecto contrario.

Lo había conocido hace años, en un contexto que no viene al caso con el nivel de detalle que merecería, y habíamos tenido varios tratos en el pasado que habían salido bien para los dos, que en este tipo de relaciones es el único historial que importa.

Guardé el número en un teléfono de prepago que tenía en el cajón de la mesita de noche, de esos de diez euros en cualquier estanco, que compraba cada vez que necesitaba una llamada que no quería que saliera del teléfono normal.

Lo había comprado hacía algo más de tres años, previendo que antes o después iba a necesitarlo.

La previsión es el único lujo que me permito.

Llamé desde la terraza, de espaldas a la ballena azul, con el sol de mayo pegando ya con fuerza a las once de la mañana.

Aurelio respondió al tercer tono. Se hacía viejo.

—Dime —dijo, sin identificarse, sin nada, que era su manera de confirmar que era él.

—Soy yo.

Una pausa brevísima.

—Cuánto tiempo.

—Muchos años, sí.

—¿Qué necesitas?

Así era Aurelio. Sin preámbulos, sin cómo estás, sin los rituales sociales que la gente que no tiene nada que esconder usa para llenar el espacio entre el saludo y el asunto. Aurelio era puro asunto.

—Cloruro de tionilo. Para empezar, medio litro. Con posibilidad de repetir.

Silencio. No el silencio del que no sabe sino el del que está calculando.

—¿Para cuándo?

—Mañana si puede ser.

—Puede ser. No en Zaragoza.

—¿Dónde?

—Calatayud. Hay un polígono. Te mando la dirección por el canal habitual.

El canal habitual era un método que habíamos establecido en el segundo trato: un correo electrónico en una cuenta de Hotmail que ninguno de los dos usaba para nada más, donde Aurelio dejaba la información como borrador sin enviar y yo la leía y la borraba.

Antiguo, torpe, perfectamente funcional para lo que necesitábamos.

—Precio —dije.

—Mil doscientos por el medio litro. Si repites, hablamos.