El Conejo del Cristal Capítulo 2 — Borya #4
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Capítulo 2 — Borya #4

Borya quería supervisor. Nosotros no podíamos darle supervisor.

Pero no podíamos decirle que no sin darle algo que lo valiera.

La alternativa era Borya decidiendo que nuestra resistencia a la supervisión era sospechosa, y Borya decidiendo que algo era sospechoso era el principio de una cadena de razonamientos que terminaba en un sitio que prefería no imaginar con demasiado detalle.

Necesitaba una razón. Una que fuera creíble para un hombre que no había estudiado nada pero que llevaba suficiente tiempo en el negocio como para detectar la mentira cuando la mentira era descuidada.

Me levanté. Abrí el armario de encima del fregadero.

El Jägermeister seguía en su sitio, a tres cuartos.

Lo cogí. Lo puse sobre la mesa. Lo miré un rato que no voy a contabilizar exactamente porque el tiempo en esas circunstancias tiene una dimensión particular que no favorece la contabilidad.

Luego lo volví a coger, lo abrí, serví un dedo en un vaso que cogí del escurreplatos, y lo bebí de pie sobre el fregadero, mirando por la ventana del patio interior la pared con la ballena azul.

El Jägermeister es una cosa muy concreta.

No es el whisky de prima noche ni la cerveza de autoconvencimiento: es el sabor de las decisiones que uno toma cuando ya sabe que está tomando una decisión y ha decidido tomarla igualmente.

Tiene ese regusto a hierba y a regaliz y a algo medicinal que en otro tiempo me parecía sofisticado y que ahora me parecía simplemente exacto, el sabor correcto para la sensación que tenía esa noche, que era la sensación de estar en el centro de algo que se estaba volviendo más complicado de lo que había sido al principio y que al principio ya era bastante complicado.

Serví otro dedo.

Arriba, Connor removía el caramelo azul con la cuchara larga, comprobaba el termómetro, pasaba la página de las Investigaciones Filosóficas.

En algún sitio de Madrid, alguien que había comprado lo que Borya distribuía en sus bolsitas zip estaba empezando a ver cosas que no estaban ahí.

En un descampado a noventa kilómetros al este, el desierto hacía sus cosas.

Bebí el segundo dedo.

No era lo mismo que lo otro. Era solo Jäger, era solo dos vasos pequeños en una noche difícil, era la válvula de presión de alguien que necesitaba soltar algo antes de que reventara en el peor momento. Me lo dije. Me lo creí, que es la parte más fácil cuando llevas suficiente tiempo practicando.

Puse el tapón. Guardé la botella.

Me senté de nuevo.

La razón para Borya la tuve a las nueve y media de la noche, cuando Connor bajó del altillo con las manos manchadas de azúcar y sulfato de cobre y una expresión de quien acaba de pasar cuatro horas en compañía de Wittgenstein y caramelo azul y necesita comer algo.

La tuve porque Connor dijo, sirviéndose agua directamente del grifo y bebiéndosela sin vaso, que la tanda de esa noche había salido bien, que el color era bueno, que la cristalización era uniforme en las tres bandejas, y que calculaba cerca de tres kilos y medio cuando terminara de enfriar del todo.

Casi cuatro horas para tres kilos y medio de producto.

Cualquier confitero del país habría reconocido el proceso en treinta segundos. Borya nunca iba a saberlo.

Y ahí estaba.

—Le digo a Borya que el proceso es volátil —dije.

Connor me miró desde el grifo.

—Que si entra alguien ajeno al proceso, si hay una presencia nueva en el espacio mientras cocinamos, el producto se desestabiliza.

Que es una cuestión de contaminación ambiental, de variables externas que no podemos controlar.

Que lo hemos comprobado y que cualquier interferencia compromete la calidad, y que la calidad comprometida es exactamente lo que él no puede permitirse con sus clientes.

—Hice una pausa. —Es una razón que no puede rebatir sin probar que está equivocada, y para probar que está equivocada tendría que meter a alguien y arriesgarse a una tanda fallida, que es exactamente lo que no quiere perder.

Connor dejó el vaso. Me miró con esa expresión evaluativa suya.

—¿Eso va a funcionar? —dijo.

—No lo sé. Pero es lo mejor que tengo.

—Es mejor que nada.

—Es lo que hay.

Connor asintió. Abrió el frigorífico, miró dentro, lo cerró con la expresión de alguien que esperaba encontrar más de lo que había.

Abrió el armario. Cogió el paquete de galletas María que había en la segunda balda y se comió tres seguidas de pie, con esa manera suya de comer que no era exactamente comer sino repostar, cubrir el mínimo necesario para que el cuerpo siguiera funcionando sin quejarse.

—¿Cuándo le llamas? —preguntó.

—Mañana por la mañana. —Me levanté. —Necesito dormir.

—Tú y yo los dos.

Subió al altillo. Oí el crujido de la escalerilla. El silencio posterior que no era silencio.

Me fui al baño. Me cepillé los dientes. Me miré en el espejo con la grieta en la esquina que esa noche no me partía la cara en dos sino que me la dejaba entera, que no sé si era mejor o peor. Dos vasos de Jäger. No contaban. No eran lo mismo que lo otro.

Me acosté.

Tardé menos en dormirme que la noche anterior, que era o una mejora o una anestesia, y no estaba seguro de cuál de las dos prefería.