Capítulo 2 — Borya #3
Connor no sabía dónde estaba el local de Borya.
Lo había visitado una vez, hacía meses, llevado en el coche por Antonio, que conducía y que ahora estaba resuelto en algún sitio.
Connor no conducía —nunca había aprendido, lo consideraba una habilidad contingente en una ciudad con metro— y había llegado al local sin haber prestado atención a la ruta, que era también muy de Connor: ir a sitios sin registrar cómo llegar, confiando en que el regreso se resolvería de alguna manera que en ese momento no necesitaba especificar.
Había funcionado. Antonio le había llevado de vuelta.
Y ahora Antonio no estaba, y Connor sabía que el local existía y sabía que era en algún sitio del sur de Madrid y sabía que tenía una fachada discreta y una trastienda que no lo era, y eso era todo.
La información que tenía Connor sobre la guarida de Borya tenía la precisión de un recuerdo de borracho, que era exactamente lo que era, porque Connor había llegado allí razonablemente colocado y había vuelto en el mismo estado.
Tenía que pensar en eso.
Salí en Lavapiés. Caminé las tres calles de siempre hasta el edificio. El olor de las escaleras. Los cuatro pisos.
Connor estaba arriba, en el altillo. Lo supe por el olor antes de abrir la puerta: ese olor particular que tiene el azúcar cuando se calienta lentamente a fuego bajo, ese olor que en cualquier otro contexto es el olor de la cocina de tu madre o de una pastelería en invierno y que en este era el olor de una operación criminal que el principal involucrado habría encontrado absolutamente hilarante si no fuese porque la alternativa a encontrarlo hilarante era encontrarlo aterrador, y lo hilarante era más manejable.
—¿Cómo fue? —gritó Connor desde arriba, sin bajar.
Subí la escalerilla. El altillo estaba en el estado habitual: los dos colchones en tienda de campaña, los libros por todas partes, el cenicero lleno de esa mañana.
Y en la esquina, en la zona que Connor había despejado de libros para crear lo que llamaba el espacio de trabajo, la olla grande sobre el hornillo de camping del Decathlon, con el azúcar ya disuelto en agua y burbujeando a fuego medio.
Al lado de la olla, las bandejas. Tres bandejas de horno planas, de las de aluminio desechable que venden en el Día a ochenta céntimos la unidad, alineadas sobre la única superficie plana disponible, que era la tabla de madera que Connor había atornillado a la pared como estantería y que ahora servía de mesa de trabajo.
Esas bandejas eran el secreto real del proceso, si es que el proceso tenía algún secreto: verter la mezcla caliente a la temperatura exacta, en capas de exactamente el grosor necesario, y dejarla enfriar sin moverla ni tocarla hasta que cristalizara.
Si la capa era demasiado gruesa, el interior quedaba pastoso y marrón.
Si era demasiado fina, el cristal salía demasiado frágil y se pulverizaba en el transporte.
El grosor perfecto era una cosa que Connor había descubierto por prueba y error durante las primeras dos semanas, y que ahora ejecutaba con la precisión no de un químico sino de un pastelero que lleva mucho tiempo haciendo el mismo postre.
La cocción en sí no era nada. Una hora, quizá menos.
Azúcar, agua, calor. El sulfato de cobre entraba al final, junto con el cloruro, y el color azul aparecía casi inmediatamente, esa transformación de ámbar a azul mineral que era lo más parecido a la magia que había visto en mucho tiempo y que era, en toda su extensión química, el resultado de un reactivo industrial disuelto en caramelo.
El cristalizado tardaba entre cuatro y seis horas, dependiendo de la temperatura del altillo.
Luego la molienda, manual, con el mortero. Luego las bolsitas zip.
Era caramelo. Era caramelo con pretensiones y un perfil de seguridad que ningún confitero habría aprobado, pero era caramelo, y Connor lo podía producir a un ritmo que habría dejado sin palabras a Borya si Borya lo hubiera sabido.
Connor estaba sentado junto al hornillo con el libro abierto sobre las rodillas —Wittgenstein, las Investigaciones, que llevaba tres semanas en la misma página no porque fuera difícil sino porque Connor lo dejaba y lo retomaba según el estado de concentración que tuviera ese día— y me miró cuando asomé la cabeza por el hueco del altillo.
—¿Cómo fue? —repitió.
Me acomodé como pude en el espacio disponible. No cabía de pie. Me senté en el borde de uno de los colchones, con la cabeza ligeramente agachada para no dar con el techo inclinado.
—Quiere más —dije.
—Eso ya lo sabíamos.
—Quiere supervisor.
Connor cerró el libro.
—Define supervisor.
—Alguien suyo aquí. Viendo cómo trabajamos. Mandándole informes de lo que ve.
Connor me miró un momento. Luego miró la olla. Luego volvió a mirarme.
—No —dijo.
—Ya le dije que tenía que pensarlo.
—No hay nada que pensar. Cualquier persona con ojos que entre aquí y vea esto —señaló el hornillo, la olla, la báscula del Carrefour, los botes de sulfato de cobre alineados en la balda de madera que había montado con tablas y dos escuadras— va a saber en treinta segundos que lo que hacemos no tiene ningún parecido con un laboratorio de nada.
Esto es una cocina de camping. Esto es literalmente una cocina de camping con malos humos.
—Ya lo sé.
—Y si lo sabe Borya, Borya se va a enfadar mucho.
—Ya lo sé.
—Y si Borya se enfada mucho—
—Ya lo sé, Connor.
El termómetro marcaba ochenta grados. Connor lo comprobó con la mirada automática del que lleva semanas haciendo lo mismo y ya no necesita pensar en ello.
Cogió la cuchara larga de madera que descansaba en el borde de la olla y removió despacio, con esa concentración que le aparecía cuando cocinaba y que era probablemente lo más parecido a la meditación que Connor había encontrado en su vida.
—¿El hijo estaba? —preguntó.
—Sí.
—¿Cómo está Dima?
—Igual. —Hice una pausa. —Dijo que tienes buen rollo con él.
Connor resopló.
—Dima tiene buen rollo con todo el mundo hasta que deja de tenerlo.
Es de esa clase de personas. Simpático de manera estructural, no como política sino como defecto de carácter.
Completamente incapaz de gestionar ninguna situación que requiera decir que no a alguien.
—Removió. —Fue él quien me ofreció el trato.
Veinticinco mil euros por llevar un coche de Madrid a Valencia.
Nada en el maletero, nada en la tapicería, el coche limpio por fuera.
Solo conducirlo. Me lo presentó como que era lo más fácil del mundo.
—¿Y tú le creíste?
Connor me miró con la expresión de alguien a quien le acaban de preguntar algo que encuentra ligeramente ofensivo.
—Me dijo que era lo más fácil del mundo y que pagaba veinticinco mil euros —dijo. —Soy filósofo, no ingeniero aeronáutico. La suspensión de la incredulidad forma parte de mi formación académica.
—No sabes conducir.
—Ese fue mi primer error, efectivamente.
—Antonio conducía.
—Antonio era el conductor. Yo era el acompañante con conocimientos de ruta.
Que tampoco tenía porque no presté atención, pero ese era el acuerdo conceptual.
—Volvió al termómetro. Noventa grados. Cogió el bote de sulfato de cobre azul, de ferretería, y añadió la cantidad medida en la báscula del Carrefour a la mezcla, despacio, removiendo sin parar.
El color de la olla empezó a cambiar: del ámbar pálido del azúcar disuelto a algo más opaco, más azulado, como si alguien hubiera decidido añadir cielo a la confitería.
—El problema de Dima es que hizo lo mismo que yo, que es confiar en que las cosas son como te las presentan cuando el que te las presenta tiene algo que ganar con que las creas.
La diferencia es que a mí me dejaron con la deuda y a Dima le dejaron con el padre.
Y no sé cuál de los dos salió peor parado.
—¿Habló de la receta? —pregunté.
—Borya, dices. ¿Preguntó?
—Al final. De pasada. Le dije que habías estudiado química.
Connor dejó de remover un momento.
—¿Química?
—Necesitaba algo.
—Estudié Filosofía. Cinco años. Tengo una tesis sobre Wittgenstein.
—Lo sé.
—La diferencia entre Filosofía y Química es—
—Lo sé, Connor.
—Está bien. —Volvió a remover. —Está bien, soy químico.
Es una identidad como cualquier otra. Wittgenstein habría dicho que la identidad es un juego de lenguaje y que el juego de lenguaje lo define el contexto de uso, así que técnicamente soy lo que el contexto dice que soy.
Que en este caso es un químico cocinando caramelo en un altillo de Lavapiés.
—Una pausa. —Hay tesis doctorales sobre cosas peores.
Lo dejé con la olla y bajé al piso de abajo. Me senté en la mesa. La luz de fuera era ya la de las siete, más larga y oblicua, entrando por el patio interior en ese ángulo de media tarde que iluminaba la pared de enfrente y dejaba el resto en sombra.