El Conejo del Cristal Capítulo 2 — Borya #2
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Capítulo 2 — Borya #2

Era caramelo. Era caramelo azul con pretensiones y un perfil de seguridad que ningún confitero habría aprobado. Y en este momento, en Madrid, en mayo de 2015, la gente pagaba por él precios que habrían justificado una síntesis química de verdad.

Borya me miraba mientras pensaba todo esto, que era algo que no podía permitirme.

—Podemos producir más —dije.

—¿Cuánto más?

—Depende de los ingredientes. De los tiempos de producción. —Hice una pausa calculada. —El proceso es delicado.

Dima resopló levemente. No lo bastante para que su padre lo mirara, pero lo bastante para que yo lo escuchara.

Era joven e impaciente y probablemente había escuchado hablar de la receta con suficiente reverencia como para haberse formado una imagen de ella que no resistiría ningún contacto con la realidad.

—¿Cuánto tiempo por tanda? —preguntó Borya.

—Variable. Entre dieciocho y veinticuatro horas.

—Era mentira. Connor podía hacer tres kilos en una noche si la cristalización salía bien, y la cristalización dependía de la temperatura ambiente, de la humedad, de la inclinación de las bandejas, de un conjunto de variables que Connor había ido aprendiendo a gestionar con la paciencia empírica de quien no tiene ninguna formación en el tema pero tiene tiempo de sobra.

Una noche entera, a lo sumo. Pero dieciocho horas sonaba a proceso complejo y delicado, sonaba a síntesis química con fases y protocolos, y Borya necesitaba creer que lo que compraba no lo podía hacer cualquiera.

Lo que Borya compraba lo podía hacer cualquiera con una olla, un hornillo y veinte euros de ingredientes en la ferretería. Eso era lo que no podía saber nunca.

—Dieciocho horas —repitió Borya.

—Como mínimo. Y eso cuando el proceso va bien. Si algo falla en la cristalización hay que empezar de cero.

—¿Y cuánto produces en esas dieciocho horas?

—Depende de la tanda. Con el equipo que tenemos, entre dos y tres kilos si la cristalización es limpia. Pero forzar el volumen compromete la textura, y la textura es lo que hace que el producto sea lo que es. —Hice una pausa. —Sus clientes lo saben. Lo notan cuando algo no sale bien.

Borya asintió despacio. Estaba haciendo cálculos. Era bueno con los cálculos, lo notaba en la manera en que sus ojos pequeños se quedaban un momento quietos antes de volver a moverse.

—Si produces cada día —dijo.

—No podemos producir cada día. El proceso necesita intervalos para que el equipo rinda con consistencia.

—Eso era pura ficción: el hornillo de camping no necesitaba ningún intervalo, y Connor podía haber cocinado siete días seguidos si hubiese tenido ingredientes suficientes y ganas de no dormir.

Las ganas de no dormir Connor las tenía.

Los ingredientes eran el límite real, y ese límite lo controlábamos nosotros.

—Cada tres o cuatro días es lo óptimo para mantener la calidad.

Más cálculos. Borya cogió el brandy, lo sostuvo sin beberlo.

—Necesito más —dijo.

—Ya le dije a Connor que podemos aumentar el volumen. Pero el aumento tiene un techo y ese techo lo pone el proceso, no la voluntad.

—El proceso. —Repitió la palabra con una neutralidad que no era neutralidad sino el principio de algo más, y yo lo vi venir antes de que llegara. —Necesito entender el proceso.

—El proceso es nuestro.

—Claro. —Sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos pequeños, que se quedaba exactamente en los labios y en la comisura, calibrada.

—Claro que es vuestro. No te estoy pidiendo la receta, Alejandro.

Te estoy pidiendo supervisión. Alguien que esté ahí.

Que me cuente cómo va. Que me diga si hay problemas antes de que los problemas lleguen a mí.

—No necesitamos supervisión.

—Claro que no la necesitáis. Vosotros no la necesitáis.

Yo sí. Yo tengo compromisos con gente que tiene compromisos con otra gente y esa cadena necesita certezas que yo ahora mismo no tengo porque no sé lo que pasa en vuestro lado.

—Dejó el brandy. —Ponme en vuestro lado, Alejandro. Eso es lo que te estoy pidiendo.

Lo que me estaba pidiendo era meter a alguien en el altillo de Connor.

Alguien que vería la báscula del Carrefour.

Que vería los botes de sulfato de cobre de ferretería.

Que vería la olla grande en el fuego y escucharía el olor a azúcar quemada y a algo que no debería estar en la misma habitación que el azúcar quemada.

Que levantaría la vista, tarde o temprano, y diría: oye, esto parece una cocina.

Y entonces tendríamos un problema que el revólver del calibre treinta y ocho resolvía de una manera que cada vez me apetecía menos.

—Necesito pensarlo —dije.

—Claro. —Borya asintió como si lo esperara. —Pensadlo. Habladlo entre vosotros. Pero no demasiado tiempo, ¿eh? Porque yo mientras tanto tengo gente esperando y la gente que espera se impacienta. —Bebió el brandy de un trago. —Da.

En ruso, «da» es simplemente sí. No tiene ninguna connotación especial, no es enfático ni poético, es la palabra más común del idioma.

Borya lo decía como remate de sus propios pensamientos, como un punto final con pretensiones de misterio oriental, y yo escuchaba «da» y pensaba «sí» y me mordía la lengua.

Dejarlo seguir creyendo que hablaba ruso era un pequeño poder que valía la pena conservar.

Dima había estado callado durante toda la conversación con la expresión de alguien que quiere hablar y sabe que no le toca. Ahora sí le tocaba, al parecer, porque Borya lo miró con un movimiento mínimo de cabeza y Dima se irguió levemente en la silla.

—Connor y yo teníamos buen rollo —dijo.

—Ya.

—Quiero decir que fue una putada lo del trato. Que lo del cargamento lo lió Antonio, no Connor. Connor cumplió.

Lo miré. Antonio era el socio, el que había cogido el coche y el cargamento y había dejado a Connor con la deuda y probablemente se había evaporado en algún lugar de España o fuera de España con el producto y el dinero y la despreocupación de los que nunca terminan de entender las consecuencias de sus actos hasta que las consecuencias llegan.

—¿Qué fue de Antonio? —pregunté, no porque me importara sino porque la respuesta podía decirme algo sobre cómo funcionaba Borya cuando alguien le fallaba.

Dima miró a su padre. Borya no miró a su hijo.

—Antonio resolvió su situación —dijo Borya, con la misma neutralidad con que yo había dicho que el extorsionador estaba descansando, y que venía a significar exactamente lo mismo. —Los problemas se resuelven o no se resuelven. Los de Antonio se resolvieron.

Eso me dijo dos cosas. La primera: que Borya no era un hombre que dejara las cosas sin resolver.

La segunda: que el extorsionador muerto en el desierto, cuando Borya lo descubriera, iba a ser un problema de naturaleza específica porque Borya iba a interpretarlo como una resolución no autorizada de algo que era suyo, y la gente como Borya tiene opiniones muy firmes sobre la autorización.

Cuando llegara. Si llegaba. El desierto de Castilla no es pequeño y las garrapatas son eficientes y discretas.

Me levanté. Borya no se levantó todavía, que era su manera de establecer que la reunión terminaba cuando él decidía que terminaba.

—Dime una cosa —dijo.

Me detuve.

—¿Dónde aprendisteis a hacer lo que hacéis?

Era la pregunta. No la del supervisor, no la del volumen: esa. La que llevaba toda la reunión esperando hacer y que había guardado para el final, cuando ya estuviéramos casi en la puerta, cuando la guardia baja de manera natural porque el cuerpo ya está en posición de irse.

La respondí sin pensar demasiado, que era la única manera de responderla sin que se notara que la había pensado.

—Connor estudió química —dije.

Era mentira. Connor había estudiado Filosofía.

Pero era una mentira que funcionaba porque la gente que no ha estudiado nada tiende a creer que quien estudió algo es capaz de todo lo que ese algo implica, que es una suposición generosa pero comprensible.

Y Borya, que no había estudiado nada que tuviera título, asintió con la expresión de quien recibe una información que encaja en el lugar donde la necesitaba.

—Qué interesante —dijo. Y luego, con esa solemnidad suya de ocasiones importantes: —Horosho.

En ruso, «horosho» significa bien o bueno, con una cadencia que puede ser aprobación o simplemente ruido de fondo de alguien que piensa. Borya lo decía de las dos maneras sin distinguirlas. Me fui sin corregirle, que era lo correcto.

⊙

Caminé hasta el metro de Alonso Martínez con el sol todavía arriba y Chamberí haciendo su cosa de barrio caro a la hora en que la gente sale del trabajo: mujeres con bolsas de supermercado, hombres con maletín, una pareja con un cochecito de bebé discutiendo algo con la seriedad de quien discute algo importante que en dos horas no va a recordar.

Madrid en mayo tiene esa cualidad particular de la luz de última hora de la tarde, cuando el sol está ya bajo y todo lo que toca —las fachadas, el asfalto, la cara de la gente— tiene un color entre dorado y cansado que de lejos parece esperanza y de cerca es simplemente el fin de otro día.

Pensé en Borya mientras esperaba el metro.

Borya era el tipo de problema que se vuelve más complicado cuanto más lo miras.

No era violento de manera indiscriminada, que habría sido manejable; era calculado, que era peor.

Había resuelto a Antonio. Había perdonado a Connor no por generosidad sino porque Connor le resultaba útil, y la utilidad era la única moneda que Borya reconocía como válida en todas las situaciones.

Lo que significaba que mientras fuésemos útiles estábamos bien, y que el momento en que dejásemos de serlo era equivalente, en sus consecuencias, al momento en que Borya descubriese que lo que le vendíamos como química de laboratorio era azúcar del Mercadona cocinada con reactivos de ferretería.

El metro llegó. Entré. Me senté.