El Conejo del Cristal Capítulo 2 — Borya
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Capítulo 2 — Borya

Llegué cinco minutos antes de las cinco.

Pedí un café en la barra, lo bebí de pie, y evalué el local con la parsimonia de quien tiene tiempo y sabe que el tiempo tiene un precio que conviene pagar antes de necesitarlo.

Dos señoras en la mesa del fondo. Un hombre solo con el periódico doblado en cuatro.

El camarero, cincuenta y tantos, bigote, delantal, la expresión neutra de quien lleva el tiempo suficiente detrás de una barra como para haber visto de todo y haberse quedado sin opiniones sobre nada.

Borya entró a las cinco y tres minutos, que era tarde si eras alemán y puntual si eras de Vallecas, con tres personas detrás de él en formación de quien no ha decidido si ser guardaespaldas o simplemente acompañante y ha optado por un término medio que no era ninguna de las dos cosas con eficacia.

El primero era Borya.

Borya medía uno setenta y cinco, exactamente lo suficiente para no ser bajo pero no lo suficiente para que te intimidase la estatura, y compensaba eso con todo lo demás: el traje, que era gris oscuro y bueno sin ser ostentoso; los zapatos, que eran italianos y lo sabían; el pelo, negro con alguna cana estratégicamente distribuida, peinado hacia atrás con una fijación que sugería que había tomado decisiones sobre su pelo esa mañana y que esas decisiones eran firmes.

Tenía unos cincuenta años bien llevados, la cara ancha y bien alimentada de alguien que ha pasado de no tener a tener sin el tiempo suficiente para que el cuerpo lo procese del todo, y unos ojos pequeños y muy oscuros que se movían antes que el resto de la cara, siempre evaluando, siempre un paso por delante de la expresión que venía después.

Era, en todos los sentidos que importaban, un hombre de Vallecas.

Era de Vallecas en la manera en que andaba, que era con esa soltura de quien creció en sitios donde andar con soltura era una declaración de intenciones.

Era de Vallecas en la manera en que miraba a la gente, con esa familiaridad directa que en Madrid sureño no es descortesía sino idioma.

Era de Vallecas en el acento, que era el de Vallecas aunque él llevara años intentando que no lo fuera, y era de Vallecas hasta en el ruso, que decía con la fonética de alguien que ha aprendido cuatro palabras de una película y las usa como si fueran un idioma.

Yo hablo ruso. Lo aprendí hace mucho tiempo, en circunstancias que no vienen al caso ahora mismo, y lo hablo bien, con acento pero con gramática, que es la combinación que diferencia a quien lo aprendió de quien lo fingió.

Cuando Borya decía «da» y «horosho» yo sabía exactamente lo que decía y sabía exactamente que lo decía como un niño que repite palabras que ha escuchado en una canción sin entender la letra.

Nunca se lo había dicho. No tenía ningún interés en decírselo.

La gente que cree que impresiona tiene una utilidad muy específica precisamente porque no sabe que no impresiona, y arruinar esa utilidad habría sido un desperdicio.

Detrás de Borya venía el segundo: un hombre de unos cuarenta, ancho de hombros, cara de no haber dormido bien en años o de haber dormido demasiado bien y que eso le hubiera estropeado algo.

Llevaba una chaqueta de cuero marrón que en 2015 era ya un anacronismo y que en él era simplemente la chaqueta que llevaba, sin más reflexión.

No me miró cuando entraron. Eso significaba que me había visto desde fuera y ya había terminado de mirarme, que era exactamente lo que habría hecho yo en su lugar.

El tercero era el hijo.

Lo supe antes de que Borya me lo presentara porque era imposible no saberlo.

Se parecía a Borya en los rasgos y en nada más: misma cara ancha, misma mandíbula, pero el resto era otra cosa.

Veinticinco años, quizá veintiséis. La ropa cara mal llevada de quien la lleva porque puede y no porque sepa.

Una expresión que intentaba ser de alguien que ha estado en sitios y que en realidad era de alguien que ha intentado estar en sitios y que en la mayoría de ellos las cosas no han ido exactamente como esperaba.

Era el tipo de chico que hereda la posición de su padre sin heredar nada de lo que la posición requería, que es probablemente el más peligroso de los tipos de persona en cualquier organización de cualquier naturaleza: el que tiene el poder sin el criterio.

Se llamaba Dima. Borya me lo dijo y estreché la mano del chico con la misma presión con que se estrecha la mano de alguien que no ha decidido todavía si eres importante o no, que era exactamente lo que era.

Si Connor hubiera estado en esa mesa, puede que algo en la cara de Dima le hubiera dicho algo —no el nombre, que Connor nunca llegó a saber; para Connor siempre fue Lázaro, el de la bañera y el gato.

Pero Connor nunca pisó El Brillante, y el de la bañera y el del traje caro mal llevado nunca llegaron a estar en la misma habitación delante de los mismos ojos.

Yo tenía los dos, por separado, sin saber que eran uno: uno que solo existía en lo que Connor me había contado, y otro que tenía delante, pidiendo una Coca-Cola con una timidez que desmentía todo lo demás, incluso lo que vino más tarde aunque lo que vino más tarde es, por definición, para más tarde.

—Entonces tú eres el socio de Connor —dijo Dima, con una voz que intentaba ser plana y que era simplemente joven.

—Eso es.

—Connor es buena gente.

No respondí. Connor era muchas cosas y buena gente era una descripción que dependía mucho de la perspectiva y del momento, pero por sus palabras en ese momento me pareció evidente que no conocía a Connor en persona. Es una de las pocas veces en que me he equivocado con alguien tan desastrosamente.

Nos sentamos en una mesa al fondo, la de mayor distancia de la barra y de la puerta, que era la que Borya habría elegido en cualquier local porque era la que Borya siempre elegía.

El de la chaqueta de cuero —que Borya llamó Vitya con la misma indiferencia con que se nombra al mobiliario— se quedó de pie cerca de la barra, de espaldas a nosotros y de frente a la puerta, que era su trabajo aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.

El camarero vino sin que nadie lo llamara.

Borya pidió un café y una copa de brandy, juntos, que era la combinación de alguien que en algún momento de su vida había decidido que el café solo no era suficiente declaración de carácter.

Dima pidió una Coca-Cola con una timidez que desmentía todo lo demás. Yo pedí agua.

Borya me miró cuando el camarero se fue.

—No bebes —dijo. No era una pregunta.

—Hoy no.

Una pausa brevísima. Borya archivó eso en algún sitio sin comentarlo, que era lo que hacía la gente inteligente con la información que no sabe todavía cómo usar.

—Bueno —dijo, y se arrellanó en la silla con la comodidad de alguien que está en casa en cualquier sitio porque ha decidido estarlo. —Hablemos.

Lo que siguió duró cuarenta minutos y tuvo la estructura de una conversación de negocios conducida por alguien que ha aprendido los negocios sin estudiarlos: directa en los números, oblicua en todo lo demás, con esa capacidad que tienen ciertos hombres para decir algo completamente distinto de lo que están diciendo y que ambas partes lo sepan y nadie lo nombre.

Los tres kilos que Connor le había llevado los había despachado en cuatro días.

Tres kilos. Cuatro días. Me lo dijo con una satisfacción que no necesitaba énfasis para transmitirse, la satisfacción tranquila de los hechos que se explican solos.

Tres kilos era lo que Connor había producido en una sola noche, cocinando en el hornillo de camping del altillo con una olla de Ikea y azúcar del Mercadona, y que había tardado más en cristalizar que en cocer: esa era la parte difícil, la única parte que requería algo parecido a la paciencia, verter la mezcla caliente en las bandejas planas a la temperatura exacta y en capas lo suficientemente finas para que al enfriar quedara aquella textura cristalina azulada que Borya vendía como producto de síntesis avanzada.

Lo demás era confitería. Tres kilos de caramelo azul con envenenamiento por cobre incorporado, molido a mano con el mortero del Rastro y empaquetado en bolsitas zip del tamaño de un sello de correos.

Connor las había hecho sentado con las piernas cruzadas sobre el colchón, como un monje budista con aspiraciones farmacéuticas, y había llamado a las bolsitas exactamente lo que eran: bolsitas de droga, tengo que hacer las bolsitas de droga, con el mismo tono con que habría dicho tengo que hacer la lista de la compra, y yo le había mirado desde el hueco de la escalerilla y había pensado que había algo muy específicamente Connor en llamar bolsitas de droga a lo que acababa de cocinar con azúcar del Mercadona en una tarde.

—Hay demanda —dijo Borya.

—Eso veo.

—No cualquier demanda. Demanda buena. Gente que paga. Gente que repite. —Bebió el café de un trago, dejó la tacita, cogió el brandy. —El producto es diferente. La gente lo nota. No es lo que hay por ahí.

No, no era lo que había por ahí. Lo que había por ahí era anfetamina, MDMA, cocaína de calidad variable y heroína para quien todavía andaba en eso.

Lo que hacía Connor en el altillo era azúcar con sulfato de cobre y cloruro de tionilo, cocinado a una temperatura que ninguno de los dos sabíamos exactamente por qué funcionaba y cuyo resultado era algo que de alguna manera —de alguna manera que Connor tenía teorías sobre y yo prefería no examinar demasiado de cerca— producía en quien lo tomaba un estado que la gente describía como cristal pero más suave, más limpio, con alucinaciones visuales leves y una euforia que según los testimonios que llegaban a través de Borya duraba entre cuatro y seis horas sin el bajón salvaje de las anfetaminas.