Capítulo 1 — El ático del fin del mundo #4
Borya tenía un número de teléfono que cambiaba cada dos semanas con una regularidad que habría sido admirable en alguien que lo hiciera por razones de seguridad operacional y que en Borya era simplemente un hábito adquirido que ya no recordaba haber adquirido.
El nuevo número me lo había mandado Connor en un mensaje de WhatsApp sin texto, solo el número, que era también la manera en que mejor funcionaba la comunicación entre nosotros: con el mínimo posible de palabras escritas.
Respondió al segundo tono.
—Alejandro. —Su voz era exactamente lo que era su persona: un hombre de Vallecas haciendo un esfuerzo constante y parcialmente exitoso por parecer algo distinto de un hombre de Vallecas.
Pronunciaba las eles de una manera ligeramente exagerada que alguien le debía haber dicho en algún momento que sonaba distinguida. —Me tenías que llamar el domingo.
—Estaba ocupado.
—Da. Claro que sí. Los negocios no esperan. ¿Cómo está nuestro amigo?
Nuestro amigo. Así llamaba Borya al extorsionador. El tipo que le había conseguido la receta del krokodil que no era krokodil. Borya no sabía que estaba muerto. Borya no sabía muchas cosas y nuestra prosperidad dependía de que siguiera sin saberlas.
—Nuestro amigo está atendiendo sus negocios —dije.
—Horosho. —Borya soltaba esa palabra en momentos que consideraba satisfactorios, con el énfasis de alguien que ha aprendido la fonética sin el contexto. —Escucha, necesito que hablemos. En persona.
—¿Cuándo?
—Hay un sitio en Chamberí. Te mando la dirección.
—No me mandes nada escrito. Dame la dirección ahora.
Una pausa. Borya procesaba las peticiones de seguridad operacional adaptándose sin preguntar, porque adaptarse sin preguntar era la postura que le había funcionado suficientes veces como para convertirse en la postura por defecto.
Me dio la dirección. Una calle, un número, una hora. Las cinco de la tarde.
—Estaré —dije, y colgué.
Connor había bajado del altillo a las diez con cara de haber dormido tres horas y se había puesto a hacer café con esa parsimonia ceremonial suya.
Llevaba el mismo jersey de siempre y algo nuevo en la cara, una mirada más afilada, que me hizo pensar que había pasado parte de la noche pensando en cosas con cierta urgencia.
—Tengo que decirte algo —dijo, mientras el café hacía su ruido en la cafetera.
—Dímelo.
—Sobre el proceso. —Se apoyó en la encimera.
—Anoche estuve revisando las proporciones de las últimas tandas y creo que podemos llegar a un punto en que la cantidad de cloruro sea tan baja que lo que produzcamos sea esencialmente inocuo.
No que coloque menos, sino que coloque diferente, de una manera que no venga del reactivo sino de otra cosa.
Del set and setting, como decían en los sesenta. De la expectativa. De la sugestión.
Lo miré.
—¿Me estás diciendo que podemos llegar a vender caramelo que sea simplemente caramelo?
—Te estoy diciendo que teóricamente, si la reducción progresiva funciona como creo que funciona, en algún punto estaremos vendiendo caramelo azul que coloca porque la gente espera que coloque.
Y que eso sería mejor para todo el mundo, incluyendo los consumidores, incluyendo nosotros, incluyendo nuestra tranquilidad de conciencia, que en mi caso es un recurso limitado pero que existe.
Lo pensé.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Depende de la frecuencia de producción. Depende de si Borya nos da el margen de seguir ajustando sin supervisión directa.
—Eso va a ser el problema —dije. —Borya quiere mandarnos a alguien.
Connor asintió. Ya lo sabía. Lo había procesado la noche anterior y tenía la expresión de quien ha llegado a conclusiones que no le gustan.
—¿Qué vas a decirle esta tarde?
—Voy a escuchar primero. —Me dio la taza de café. Lo bebí. Era bueno. —Y luego voy a encontrar la razón que necesita para que no nos mande a nadie sin sentir que le estamos escondiendo algo.
—¿La tienes?
—Todavía no.
—Queda tiempo —dijo Connor, con un optimismo que era o genuino o una performance de genuino, y que en cualquiera de los dos casos era lo que necesitaba escuchar esa mañana.
A las cuatro y media salí hacia Chamberí.
Antes de salir comprobé el revólver. El cilindro, los cartuchos, el seguro. Todo en su sitio. Lo guardé en la parte trasera del cinturón, debajo de la chaqueta, que era un sitio incómodo pero funcional para alguien de mi altura y complexión.
Cerré el ático con llave. Dos vueltas, como siempre.
Bajé los cuatro pisos. El olor a col hervida, fiel a sí mismo.
Salí a Lavapiés con el sol de la tarde de Madrid pegando todavía con ganas para ser mayo, y caminé hacia el metro con esa sensación de que algo había cambiado sin que pudiera señalar exactamente qué.
Como cuando en una habitación que conoces bien alguien ha movido un mueble dos centímetros y no encuentras qué es distinto pero notas que algo lo es.
Borya iba a mandarnos a alguien.
Alguien de confianza.
Caminé hacia el metro. Detrás de mí, el ático seguía ahí, con Connor en el altillo y el dinero en los tres sitios y el Jäger en el armario de encima del fregadero, esperando con la paciencia infinita que tienen las cosas que saben que tarde o temprano las van a necesitar.
Y en algún sitio de Madrid, todavía, alguien tomaba lo nuestro y veía cosas que no estaban ahí.
Por ahora.