Capítulo 1 — El ático del fin del mundo #3
—Necesitamos más ingredientes —dijo él, eventualmente, volviendo al registro operativo con la eficiencia de quien sabe que el registro existencial es un pozo sin fondo y que hay que salir de él antes de que se haga tarde.
—Lo sé.
—El sulfato de cobre es fácil, cualquier ferretería. Lo otro ya es otra historia.
Lo otro. El cloruro de tionilo. La primera vez lo habíamos conseguido a través de un contacto de Connor en el departamento de química de la Complutense, un técnico de laboratorio que había vendido reactivos antes y que no había hecho demasiadas preguntas a cambio de dinero que en ese momento nos parecía considerable y que ahora parecía casi ridículo.
Ese camino no podíamos repetirlo indefinidamente.
Los técnicos de laboratorio que venden reactivos sin hacer preguntas empiezan a hacerlas cuando el volumen aumenta.
Es una ley tan natural como la gravedad.
—Me encargo yo —dije—. Tú tienes que estar en condiciones de cocinar.
—Define condiciones.
—Sin consumir lo que produces. O al menos no antes de cocinar.
—Esa es una distinción temporal muy razonable.
—Connor.
—De acuerdo, de acuerdo. —Aplastó el cigarrillo contra el suelo, directamente sobre el parqué, que tenía ya un número de marcas de este tipo que habría horrorizado al propietario si el propietario hubiese venido alguna vez a ver el piso, que era algo que el propietario nunca hacía porque el propietario era, en esencia, una transferencia bancaria mensual y un número de teléfono. —¿Tienes hambre?
Me di cuenta de que sí. No había comido desde el mediodía y eran las nueve y media de la noche y llevaba el día que llevaba.
—¿Qué hay?
—Arroz. Y creo que hay un bote de tomate frito por ahí. Y salchichas de Frankfurt, de las pequeñas, que son una abominación culinaria pero tienen una densidad calórica considerable.
—Haz eso.
Connor se levantó del suelo con la fluidez peculiar de quien ha pasado tanto tiempo sentado en el suelo que ya no le resulta incómodo, y fue a la cocina.
Lo vi buscar el bote de arroz en el armario de arriba —tercera balda, a la izquierda, siempre ha estado ahí— y sacar una olla y poner el agua y todo lo demás, con esa competencia doméstica mínima pero funcional que tenía para ciertas cosas básicas.
Connor podía pasarse tres días sin dormir leyendo a Heidegger y fumando sin parar y luego hacer arroz perfectamente.
Era un misterio de la cognición humana que probablemente él mismo podría haber explicado mejor que nadie.
Me fui al baño. Me lavé la cara con agua fría, dos veces, tres.
Me miré en el espejo. El espejo del baño tiene una grieta en la esquina inferior derecha desde antes de que yo llegara, y dependiendo del ángulo desde el que te mires, la grieta te parte la cara por la mitad o no te parte nada.
Esa noche me partía la cara por la mitad.
Cuarenta y dos años. La barba larga y oscura con algún hilo gris que había aparecido ese invierno sin anunciarse.
Los ojos de la manera que tenían los ojos esa noche, que era una manera que reconocía de otras noches similares: demasiado quietos, demasiado controlados, el tipo de quietud que no es paz sino contención activa.
En la gasolinera de la A-3, de vuelta del descampado, había parado a echar gasolina y había entrado a pagar y había salido con dos latas de cerveza que había bebido en el aparcamiento con el motor apagado.
La cerveza no contaba. La cerveza era hidratación con gas, no era alcohol de verdad, no era el Jägermeister del armario ni el whisky que Connor guardaba en el altillo para emergencias que según él nunca llegaban aunque la botella menguaba sola.
La cerveza era una convención social, era lo que bebía la gente en los bares mientras veía el fútbol, no era lo mismo.
Me lo decía con la convicción tranquila de quien lleva suficiente tiempo repitiéndose algo como para que ya no suene a mentira.
La cerveza no era lo mismo que lo otro. No era lo mismo, hasta que de repente era exactamente lo mismo, pero eso no había pasado. Todavía no había pasado.
Me sequé la cara. Volví al salón.
—¿Borya dijo algo más? —pregunté, mientras Connor removía el arroz.
—Dijo que eres un profesional. Que le parece bien trabajar contigo. Que le recuerdas a alguien que conoció en Moscú.
—Borya no ha estado en Moscú en su vida.
—Eso yo ya lo sé y tú ya lo sabes y sospecho que Borya también lo sabe, pero Borya tiene una relación con su propia mitología que es completamente independiente de los hechos verificables.
—Echó el tomate en la sartén. El olor cambió inmediatamente, ese olor a tomate frito que es uno de los olores más domésticos que existen y que en ese contexto, en ese ático, esa noche, resultaba casi absurdo de lo reconfortante que era.
—También dijo que iba a mandarnos a alguien.
Me detuve.
—¿A mandarnos a alguien cómo?
—A mandarnos a alguien en el sentido de que el volumen que quiere ya no puede gestionarlo él solo y que necesita a alguien de confianza que se encargue de la distribución desde este extremo. Alguien que esté aquí. Supervisando.
—¿Supervisando qué exactamente?
—Supongo que a nosotros.
Connor lo dijo con la misma neutralidad con que habría comentado que iba a llover.
Como si la perspectiva de tener a alguien de Borya instalado en nuestra cadena de producción fuese un detalle logístico menor entre otros detalles logísticos menores.
Yo lo procesé de manera algo diferente, que era la manera en que proceso las cosas que me parecen directamente inaceptables: sin moverme, sin cambiar la expresión, dejando que el rechazo se asentase por capas antes de decir nada.
Porque el problema no era que alguien de Borya pudiera robarnos la receta.
Eso habría sido un problema manejable, incluso un problema con soluciones conocidas.
El problema era que alguien de Borya aquí, mirando, preguntando, viendo cómo se hacía, iba a descubrir tarde o temprano que lo que hacíamos no tenía ningún parecido con la síntesis de nada.
Que lo que hacíamos era coger azúcar y cocerla con cosas que no deberían cocinarse con azúcar.
Que el laboratorio de Connor era básicamente una cocina con malos humos.
Que el cristal azul de Borya era, en el nivel más fundamental y más irrefutable, un caramelo.
Y ese descubrimiento iba a tener consecuencias que prefería no detallar ni siquiera en mi cabeza.
—Eso no va a pasar —dije.
—Ya le dije que lo hablaríamos contigo.
—No necesitabas decirle eso. Necesitabas decirle que no.
—Alejandro. —Connor me miró desde la cocina con esa paciencia suya que a veces era condescendencia y a veces era genuinamente paciencia y que era difícil distinguir cuál de las dos era en cada momento.
—Borya nos perdonó una deuda que no era pequeña.
Borya está distribuyendo nuestro producto con una eficiencia que nosotros solos nunca podríamos alcanzar.
Borya tiene, en este momento, todo el apalancamiento de la negociación.
Y Borya no sabe lo que le estamos vendiendo realmente, que es exactamente la situación que queremos mantener.
—Exactamente.
—Entonces mandar a alguien, que es lo que Borya quiere, es exactamente lo que nosotros no podemos permitir.
Lo cual nos pone en la posición de tener que decirle que no a un hombre que tiene todo el apalancamiento de la negociación.
—Una pausa. —Lo que necesitamos es una razón para decirle que no que él pueda aceptar sin que le parezca que le estamos ocultando algo.
—Porque le estamos ocultando algo.
—Porque le estamos ocultando todo —dijo Connor, con una precisión que en otro contexto habría sido académicamente admirable. —Pero él no tiene que saberlo.
El arroz tardó veinte minutos. Comimos en la mesa en silencio.
Connor comió con ese apetito suyo extraño, irregular, como si el hambre le llegara en ráfagas cortas.
Yo comí con hambre real, la de quien ha pasado el día haciendo cosas que consumen energía de una manera que no es fácil de contabilizar y que por la noche se cobra en forma de un vacío físico que la comida tapa sin resolver.
Después de cenar, Connor subió al altillo.
Oí el crujido de la escalerilla, los pasos sobre la madera, luego el silencio que no era silencio.
Me quedé en la silla. Miré la mesa. Miré el armario de encima del fregadero donde estaba el Jäger.
Me levanté, fui hasta él, lo abrí, cogí la botella, la sostuve un momento con ese peso familiar en la mano —el vidrio grueso, la etiqueta verde, el olor que salía aunque el tapón estuviera cerrado, ese olor a hierbas y a algo más oscuro que le había parecido sofisticado cuando era joven y que ahora le parecía simplemente exacto— y la volví a dejar. Cerré el armario.
Me fui a la cama.
Tardé mucho en dormirme. Pensé en el colchón. Pensé en la tercera bala. Pensé en Borya queriendo mandarnos a alguien y en lo que pasaría cuando ese alguien viera el laboratorio de Connor. En la báscula de cocina del Carrefour. En los botes de sulfato de cobre alineados en la balda. En el azúcar.
En algún sitio de Madrid, esa noche, alguien estaba tomando lo que habíamos cocinado.
Me dormí, eventualmente, con el ruido de Lavapiés filtrándose por las ventanas. Una moto. Voces. Madrid siguiendo sin mí, como siempre, como sabe hacer.
Varios días después llamé a Borya.
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