El Conejo del Cristal Capítulo 1 — El ático del fin del mundo #2
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Capítulo 1 — El ático del fin del mundo #2

Eso era exacto. Era también exactamente el tipo de frase que Connor producía con una facilidad pasmosa y que resultaba más útil de lo que parecía, porque Connor, debajo de todo el caos orgánico que constituía su persona, tenía una inteligencia que en otras circunstancias —en casi cualquier otra circunstancia— habría producido algo completamente distinto a lo que había producido.

Lo había pensado muchas veces. Lo pensaba esa noche mientras miraba el armario cerrado y consideraba la situación.

—¿Cuánto nos queda? —pregunté.

—Nada. Le llevé todo. Era el trato.

—¿Todo?

—Todo lo que había. Tres kilos, más o menos.

Tres kilos de caramelo azul. Que a Borya le habían durado, calculé, aproximadamente el tiempo que yo había tardado en ir al desierto y volver.

Lo que significaba que o Borya tenía una red de distribución más amplia de lo que yo había asumido, o el producto era tan popular que se vendía solo, o las dos cosas, que era probablemente la respuesta correcta.

Tres kilos era lo que Connor había producido en una sola noche de trabajo, aunque eso Borya no lo sabía ni iba a saberlo.

Lo que Borya sabía, o creía saber, era que el proceso era complejo y delicado y que los tiempos no se podían comprimir sin comprometer la calidad, y eso era exactamente lo que queríamos que creyera.

La realidad era que Connor podía hacer tres kilos de caramelo azul en las mismas horas que cualquier abuela tarda en hacer turrón de Navidad, y que la única parte genuinamente difícil era la cristalización: verter la mezcla caliente en bandejas planas, a la temperatura exacta, en capas lo suficientemente finas para que al enfriarse quedara esa textura cristalina azulada que parecía droga de diseño y no el interior de una lata de caramelos baratos.

Eso era el arte, si podía llamarse arte a algo así.

Todo lo demás era azúcar, agua, calor y dos reactivos que producían en quien los ingería un envenenamiento por cobre suficientemente leve como para no matarles y suficientemente intenso como para hacerles ver cosas.

Que eso era exactamente lo que estábamos vendiendo era una información que Connor y yo guardábamos con el mismo cuidado con que se guarda cualquier cosa que, si se sabe, termina con uno muerto.

Y que en algún momento, con toda la probabilidad estadística del mundo, iba a matar a alguien.

Eso no lo decíamos en voz alta. Era la cosa que no decíamos.

La teníamos los dos en algún sitio, archivada con la cuidadosa deshonestidad con que uno archiva las cosas que no puede permitirse pensar ahora mismo, y de vez en cuando salía a la superficie en forma de mirada o de silencio o de Connor haciéndose el interesante con los tiempos de cocción cuando en realidad lo que estaba haciendo era ver si podía reducir la cantidad de cloruro en la mezcla sin que el color cambiase, que era su manera de lidiar con el problema sin nombrarlo.

No lo nombrábamos porque nombrarlo significaba tomar una decisión, y tomar una decisión significaba o parar, que era la única opción sensata y la que ninguno de los dos íbamos a tomar, o seguir, que era lo que estábamos haciendo, y darle un nombre a lo que estábamos haciendo lo convertía en otra cosa.

Así que no lo nombrábamos.

Y Borya, que era un hombre de Vallecas con pretensiones de mafioso ruso y un olfato extraordinario para el dinero, no sabía nada de esto.

Borya pensaba que tenía a dos tipos que habían dado con una síntesis del cristal azul de la televisión americana y que por razones de prudencia operacional no querían revelar la receta.

Lo cual era estrictamente cierto en cuanto a la parte de no revelar la receta, aunque la razón no era la prudencia operacional sino que si Borya se enteraba de que su producto estrella era esencialmente confitería industrial con ambiciones, lo más amable que podía pasar era que nos rompiese algo importante.

Y la parte de lo del extorsionador muerto en el desierto tampoco iba a ser una conversación agradable.

De manera que la receta era nuestro secreto. El único secreto que importaba. No porque Borya la fuera a copiar, sino porque si Borya la conocía íbamos a tener un problema de naturaleza completamente diferente y considerablemente más urgente que cualquier problema que tuviésemos ahora mismo.

—¿Y Connor? —dije, porque con Connor había que hacer eso a veces, usar su propio nombre como pregunta para que entendiera que no estaba hablando del producto ni de Borya sino de él.

Me miró.

—¿Tú qué? ¿Cuánto has consumido de lo que cocinamos?

La pausa que siguió duró exactamente lo suficiente para confirmar lo que ya sabía.

—Una cantidad clínicamente irrelevante —dijo.

—Connor.

—Oye, que el investigador no puede publicar sin probar el método. Es metodología básica. Popper. El falsacionismo. Si no verifico que funciona, ¿cómo sé que estoy vendiendo algo real y no un placebo muy caro?

—Lo que estamos vendiendo —dije con cuidado— no es exactamente real.

—Exacto. Y sin embargo funciona. Lo cual es filosóficamente fascinante, si te paras a pensarlo.

El caramelo que hace que la gente vea cosas.

—Se quedó un momento considerándolo con la expresión de alguien a quien una idea le parece genuinamente interesante, que en Connor era frecuente y que en este contexto era bastante inquietante. —Es casi metafórico.

—Es azúcar con reactivos industriales —dije—. Si sigues probándolo tú mismo vamos a tener un problema añadido a todos los que ya tenemos.

—El cuerpo humano es sorprendentemente resiliente.

—Hasta que no lo es.

Connor hizo ese gesto suyo de reconocer un punto sin concederlo del todo, que consistía en inclinar levemente la cabeza hacia un lado y seguir fumando. No era una promesa. Era lo más parecido a una promesa que Connor hacía cuando no quería prometer nada.

Me senté de nuevo. Connor me miraba con esa atención suya que era incómoda precisamente porque era genuina.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy bien.

—Llevas sangre en la oreja y llevas un rato mirando el armario.

—Estaba pensando.

—Ya. —Aplastó la colilla en el cenicero del suelo. Inmediatamente sacó otro cigarrillo del paquete. Connor fumaba Fortuna, siempre Fortuna, con la fidelidad de quien ha encontrado en esa elección una de las pocas constantes de su vida. —¿En qué pensabas?

—En Borya.

—¿En Borya o en el Jäger?

Lo miré.

—En Borya —dije.

Él no dijo nada. Encendió el cigarrillo.

Tenía treinta y cuatro años y los aparentaba todos de maneras distintas: en la piel de alrededor de los ojos, donde se habían instalado unas arrugas que no eran de edad sino de insomnio; en las manos, que temblaban levemente cuando no fumaba y a veces cuando sí; en una manera de moverse que era simultáneamente lenta y nerviosa, como si el cuerpo hubiera decidido ahorrar energía en los movimientos grandes y gastarla toda en los pequeños.

Había estudiado Filosofía cinco años en la Complutense.

Había escrito una tesis doctoral sobre Wittgenstein que nadie había leído.

Había intentado encontrar trabajo en cuatro universidades distintas, en dos editoriales, en una consultora que buscaba «perfiles con pensamiento crítico» y que resultó ser una empresa de marketing de contenidos de tercera categoría.

Había fracasado en todos los intentos con una consistencia que habría sido admirable si no hubiese sido tan devastadora.

Había terminado aquí, en mi altillo, cocinando caramelo azul para un mafioso de Vallecas que se hacía llamar Boris.

Wittgenstein habría tenido algo que decir sobre eso. Probablemente Connor también lo pensaba, y probablemente eso era parte del problema.

—Vamos a tener que cocinar más —dije.

Connor asintió. No parecía sorprendido. Connor rara vez parecía sorprendido por nada, que era una de las cosas que hacía que fuese posible convivir con él.

—¿Cuánto? —preguntó.

—No sé todavía. Tengo que hablar con Borya. Entender qué volumen maneja. Cuánta gente tiene debajo.

—Y cuánto podemos producir sin que alguien acabe en urgencias con una intoxicación que nadie va a saber exactamente cómo clasificar.

Lo dijo con la misma neutralidad con que habría comentado el tiempo. Era la primera vez en semanas que alguno de los dos lo decía en voz alta, aunque fuese de manera oblicua y aunque Connor lo hubiera envuelto en la prosa clínica que usaba cuando quería decir algo sin del todo querer decirlo.

Lo miré.

—Lo estás reduciendo —dije. —El cloruro. En cada tanda.

No era una pregunta.

—Estoy optimizando el proceso —dijo Connor.

—¿Y?

—Y sí. Lo estoy reduciendo. Dos puntos porcentuales en cada tanda.

Sin que el color cambie apreciablemente.

Sin que el efecto subjetivo del usuario —según los informes que nos llegan a través de Borya, que son testimoniales y por tanto metodológicamente cuestionables— disminuya de manera significativa.

El cobre es el problema. El sulfato de cobre es lo que da el color, pero también es lo que envenena.

Si lo bajo demasiado el caramelo sale verde en vez de azul y nadie lo compra.

Si lo mantengo donde está, a la larga alguien acaba en urgencias con una intoxicación que ningún médico va a saber clasificar porque nadie en la historia de la medicina ha visto a alguien intoxicado por comer caramelo azul de diseño.

—¿Cuánto puedes seguir reduciéndolo?

—No lo sé. Eso es lo honesto. El umbral real no lo conocemos porque no somos químicos, somos un drogadicto y un alcohólico.

—Una pausa. Otra calada. —Lo que sí sé es que la versión actual es menos peligrosa que la primera que entregamos.

Lo cual no significa que no sea peligrosa. Significa que es menos peligrosa.

—Connor.

—Ya lo sé. —Y en su voz había algo que no tenía casi nunca: la ausencia total del filtro irónico con que procesaba habitualmente todo lo que le resultaba incómodo. —Ya lo sé.

El silencio que siguió era del tipo que no necesita llenarse. Lo dejé estar.