Capítulo 1 — El ático del fin del mundo
H ay un momento, justo después de haber hecho algo irreversible, en el que el cerebro decide que lo más urgente del mundo es pensar en cualquier otra cosa.
En los noventa kilómetros de vuelta a Madrid pensé en si el Peugeot necesitaba pasar la ITV, en si me quedaba café en casa, en una chica que conocí en Bilbao hace doce años y a la que nunca llamé.
Pensé en todo menos en el colchón y en lo que había dejado en él.
El cerebro es un animal muy listo cuando quiere.
El problema es que a veces es demasiado listo para su propio bien y todo lo que bloquea en la autopista lo desbloquea a las tres de la mañana cuando ya no puedes hacer nada útil con ello.
Lavapiés a esa hora es el escenario perfecto para pasar desapercibido, que es probablemente la razón por la que terminé viviendo allí.
Hay una teoría mía, sin ningún fundamento científico, que dice que los barrios con mucho ruido de fondo son los más seguros para la gente que necesita no ser vista.
No el silencio, que llama la atención sobre cualquier cosa que lo rompa, sino el ruido constante e indiferente: las terrazas, los borrachos, las peleas de pareja que salen por las ventanas abiertas en verano, los perros que ladran a nada.
En ese ruido uno desaparece perfectamente.
Subí los cuatro pisos a pie. El ascensor del edificio lleva roto desde antes de que yo llegara y el propietario, un hombre de Albacete al que nunca he visto en persona y con el que me comunicaba exclusivamente por transferencia bancaria y mensajes de WhatsApp sin foto de perfil, tenía una filosofía muy particular sobre las reparaciones que se puede resumir en que no hacía ninguna.
Las escaleras huelen a col hervida y a algo más difícil de identificar, un olor institucional y viejo que tienen los edificios que llevan demasiado tiempo aguantando demasiada gente.
Me gusta ese olor, aunque no sabría decir por qué.
Quizá porque es honesto. Los sitios que huelen a limpio suelen estar escondiendo algo.
Miré el ático como si fuera la primera vez que entraba en él.
O como si volviera después de años fuera.
El ático es lo que en los anuncios de Idealista llamarían «proyecto con posibilidades» y lo que en la realidad es un estudio de cincuenta metros cuadrados con la pintura descascarillada, dos ventanas que dan a un patio interior por el que no entra el sol ni en agosto, y una terraza de dos metros por tres que en otro tiempo debió tener vistas y que ahora tiene vistas a la pared medianera del edificio de al lado, sobre la que alguien pintó hace años un grafiti de una ballena azul de tamaño considerable cuya presencia nunca he llegado a entender del todo pero que ya me parece normal, como pasa con todas las cosas absurdas cuando convives con ellas el tiempo suficiente.
La planta de abajo —la única planta habitable en cualquier definición razonable del término— la ocupo yo.
Una cama, una mesa, dos sillas que no hacen juego, una cocina americana con tres fuegos y un horno que solo funciona si le das un golpe seco en el lateral derecho antes de encenderlo.
Lo tengo todo ordenado con una precisión que algunas personas han encontrado inquietante y que yo llamo simplemente saber dónde está cada cosa.
Hay una diferencia importante entre el orden y la limpieza: el orden es funcional, la limpieza es moral, y yo nunca he tenido pretensiones morales sobre la suciedad de los suelos.
El revólver —no el viejo Llama Martial que seguía criando polvo encima del armario del baño, sino el otro, el que de verdad estaba listo para usarse— está debajo del colchón, en una caja de zapatos de unas New Balance que compré en enero.
El dinero, el que no está en el banco y el que nunca va a estar en ningún banco, se guarda en tres sitios distintos que no voy a describir aquí porque la costumbre de la discreción no se apaga aunque estés solo y aunque lo que escribas no lo vaya a leer nadie.
Connor dice que tengo tendencia a actuar como si me estuvieran grabando o me pudieran leer la mente, o ambas.
Probablemente tenga razón. Es uno de los pocos diagnósticos certeros que le he escuchado en el tiempo que llevamos conviviendo.
La escalera de acceso al altillo es una cosa de madera que en otro tiempo fue una escalerilla de biblioteca —de esas con ruedas que se deslizan por un raíl— y que alguien reconvirtió en acceso vertical fijándola con tornillos a la pared de una manera que da bastante poca confianza.
Lleva ahí desde antes que yo. Supongo que lleva ahí desde siempre.
El altillo en sí es un espacio de metro setenta de altura en el centro, que baja en cuña hacia los lados siguiendo la pendiente del tejado, y que tiene exactamente el tamaño suficiente para contener a un hombre adulto si ese hombre adulto está dispuesto a no ponerse de pie nunca.
Connor, que mide uno sesenta y ocho y que hace años que renunció a la dignidad postural, lo encontró perfectamente habitable desde el primer día.
Ahí arriba hay un sistema que solo Connor entiende y que desde fuera parece caos puro.
Dos colchones de noventa apoyados el uno contra el otro en ángulo, formando una especie de tienda de campaña de gomaespuma dentro de la cual Connor duerme, lee, fuma y probablemente hace la mayor parte de las cosas que constituyen su vida interior.
Alrededor de esa tienda hay libros —muchos libros, demasiados libros para el espacio disponible—, ropa en estados variados de uso, una lamparita de Ikea que conecta con un alargador que baja por la pared y se enchufa abajo, tres ceniceros de los que ninguno cumple ya su función original con eficacia, y una cantidad de parafernalia que a cualquier visitante inesperado le produciría, como mínimo, una conversación incómoda con las fuerzas del orden.
Mecheros, cucharillas, tubos de plástico para trasvasar líquidos.
Una báscula de cocina de precisión que Connor había comprado en el Carrefour de Atocha con la misma naturalidad con que uno compra una báscula de cocina.
Frascos de sulfato de cobre que en otro contexto serían perfectamente inocentes porque el sulfato de cobre lo venden en cualquier ferretería para tratar las plagas del jardín. En este contexto, menos.
Eso es el laboratorio. Eso es también la habitación de Connor. Son la misma cosa porque Connor es, entre otras muchas cosas, una persona para quien la separación entre el espacio de trabajo y el espacio de descanso es un concepto filosóficamente discutible.
Cuando abrí la puerta esa noche, Connor estaba sentado en el suelo de la planta baja con la espalda apoyada contra la pared que separa la cocina del baño, fumando con esa concentración de quien no está fumando sino meditando.
Ya volvía a ser él mismo, recuperado de un viaje producido por intoxicación por cobre ahora sonaba incluso más reflexivo y filosófico que antes.
Llevaba lo de siempre: un jersey de lana marrón con agujeros en los codos que había pertenecido, según él, a un profesor de Filosofía Analítica de la Complutense que lo dejó olvidado en un bar de Malasaña en 2012 y que Connor había recogido del perchero con la misma naturalidad con que uno recoge lo suyo.
Debajo del jersey, un chándal azul marino de los de antes, de los que tenían la raya blanca en el lateral, y unas zapatillas de deporte que en otro tiempo fueron blancas y que ahora eran de un color que no existe en la naturaleza ni en ninguna paleta de pintor.
No llevaba calcetines. Connor nunca lleva calcetines.
En algún punto de su trayectoria intelectual debió de llegar a la conclusión de que los calcetines son una convención social cuya utilidad no compensa el esfuerzo de ponérselos, y desde entonces vive coherentemente con esa convicción.
Me miró cuando entré. Tenía los ojos de la manera en que los tiene siempre que ha fumado suficiente: muy abiertos, con esa atención excesiva que parece lucidez pero que en realidad es el cerebro tratando de procesar demasiadas cosas a la vez y fallando en todas con gran entusiasmo.
—Llevas sangre en la oreja —dijo, como si me informara de que llevaba la camisa mal abrochada.
Me toqué la oreja. Tenía razón. Me la limpié con el mismo pañuelo que llevaba en el bolsillo, que a esas alturas ya estaba cumpliendo muchas más funciones de las que debería cumplir un pañuelo.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Bien.
—¿Bien bien o bien en el sentido de que ya no existe?
—En el segundo sentido.
Connor asintió despacio, con esa gravedad de fumeta que tienen los filósofos cuando procesan información que les parece importante. Dio una calada larga y exhaló hacia el techo.
—Borya llamó —dijo.
Me quité la chaqueta. La doblé sobre la silla. Me senté en la otra.
—¿Cuándo?
—Hace una hora. Dos. No sé. El tiempo es una construcción bastante arbitraria cuando estás esperando noticias de si tu compañero de piso va a volver del desierto.
—¿Qué quería?
Connor me miró con una expresión que en él significaba que estaba a punto de decir algo que sabía que no me iba a gustar.
—Dice que perdonada la deuda.
Esperé.
—Y que quiere más.
Ahí estaba.
Me levanté y fui a la cocina. Abrí el armario de encima del fregadero.
Había una botella de Jägermeister a tres cuartos, de una noche de hacía dos semanas que prefería no recordar con demasiado detalle.
La miré. Cerré el armario. Abrí el frigorífico, cogí el brick de zumo de naranja, me serví un vaso y lo bebí de pie, mirando la pared.
El zumo estaba ácido y un poco pasado y no era en absoluto lo que quería, que era precisamente la razón por la que lo bebí.
—¿Quiere más cuánto? —pregunté.
—No especificó. Borya no especifica. Borya sugiere con la contundencia de alguien que nunca ha necesitado ser explícito porque la alternativa a hacer lo que sugiere siempre ha sido suficientemente obvia.