Sábado
Me desperté vomitando.
No fue gradual sino inmediato, el tipo de despertar en que el cuerpo ya ha tomado todas las decisiones relevantes antes de que la mente haya tenido tiempo de opinar.
Llegué al baño por instinto más que por orientación y estuve un rato ahí, de rodillas, con la mejilla apoyada en la cerámica fría del retrete y el olor a cobre y a azúcar quemada todavía presente en el aire del ático como si los vapores hubieran decidido quedarse a vivir.
Cuando terminé me lavé la cara. Me miré en el espejo con la grieta en la esquina.
Cuarenta y dos años.
No lo pensé exactamente así sino de la manera en que se piensan las cosas a las siete de la mañana después de una noche en el suelo — sin palabras exactamente, como un peso que se asienta en el pecho y que uno reconoce sin necesitar nombrarlo. Me sequé. Salí del baño.
⊙
Connor había bajado del altillo y estaba en la cocina con una lata de beans y la sartén pequeña, cocinando con la concentración específica de quien hace algo sencillo pero quiere hacerlo bien.
Cleopatra, que ahora era solo Cleopatra y no Cleopatra la secretaria, estaba sentada en la silla, duchada y vestida, con una expresión de mañana de sábado que no tenía nada que ver con todo lo que había pasado en el ático durante la semana.
—Buenos días —dijo.
—Buenos —dije.
—Llevas muy mala cara.
—Lo sé.
Connor repartió los beans en dos platos sin preguntar si quería. Los puso en la mesa. Se sentó. Yo me senté enfrente.
—¿Tú no comes? —le dije a Cleopatra.
—Nah, voy a ducharme. —Miró a Connor con una expresión que era una pregunta sin palabras.
—Déjame comer —dijo Connor.
Cleopatra insistió con la paciencia de quien ha decidido que la insistencia es su herramienta principal.
—Largo —dijo Connor. —Chopy chop.
Cleopatra se levantó murmurando algo sobre hombres y sobre lo que le parecían los hombres y sobre la injusticia específica de tener que mendigar determinadas cosas en determinados contextos, y desapareció hacia el baño. Connor la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Luego me miró.
—¿Cómo estás?
—Bien —dije. Era mentira pero era la respuesta disponible.
Comí. Los beans estaban aceptables. En algún punto cogí el tenedor y escribí en el plato, entre la salsa y los restos, el número cuarenta y dos. Connor lo miró.
—Cumpliste cuarenta y dos el año pasado —dijo. —Hace como diez meses.
—Ya lo sé.
—Entonces por qué...
—Porque ahora son cuarenta y dos de verdad —dije.
Connor me miró un momento con esa atención suya que era incómoda precisamente porque era genuina.
Luego asintió, despacio, con la parsimonia de quien entiende algo sin necesitar que se lo expliquen, que era la mejor versión de Connor y la que aparecía con menos frecuencia de lo que habría sido útil.
—De acuerdo —dijo.
Comimos en silencio durante un rato. Luego Connor dejó el tenedor.
—Oye —dijo.
—Qué.
—Lo que dijiste anoche. Mientras estabas en el suelo.
—¿Qué dije?
—Muchas cosas —dijo Connor. —Muchas cosas que no me habías contado. —Una pausa. —Sobre el bosque. Sobre tu padre. Sobre el rifle. Todo gracias a la intoxicación por cobre. Es increíble.
Lo miré. No dije nada.
—No tienes que confirmar nada —dijo Connor. —Solo quería que supieras que lo sé. Y que me parece que tienes razones muy específicas para estar aquí un sábado por la mañana comiendo beans en vez de no estar.
—¿Razones para estar?
—Las tuyas son mejores que las mías —dijo. —Las mías son filosóficas. Las tuyas son reales.
—Vale, es mentira pero es bonito.
—Lo bonito viene después. —Cogió el tenedor otra vez.
—Estás hasta arriba de deudas. No tienes novia desde hace como veinte años.
Mataste a tu propio padre de pequeño. Le debes pasta a un mafioso, aunque eso es en parte culpa mía.
Eres alcohólico, y encima eres tan funcional que no te sirve como justificación para pedir ayuda pero suficientemente disfuncional como para que ningún trabajo te dure más de una semana.
Es posible que acabes en la cárcel. —Una pausa.
—O que vuelvas a ella. Y aun así estás aquí, comiendo beans un sábado por la mañana, con cuarenta y dos años que ahora son de verdad.
Eso me parece más interesante que cualquier argumento filosófico sobre el valor de la existencia.
Le miré un momento.
—Que te jodan —dije.
—Eso no cambia nada —dijo Connor, y cogió el tenedor.
⊙
Cleopatra salió del baño vestida y con el pelo todavía húmedo, con las llaves del coche en la mano y una energía de quien tiene un plan para el día y el día no incluye nada de lo que ha ocurrido durante la semana.
Se acercó a Connor, le dio un beso que Connor recibió con la naturalidad de costumbre, y luego me miró a mí con una expresión de quien recuerda algo que tendría que haber dicho antes.
—Oye, es una pena que ayer no estuvieras —le dijo.
—Bueno, estabas, pero estabas en otro sitio.
—Lo dijo sin énfasis, como quien constata un hecho meteorológico.
—El caso es que yo ayer tampoco estaba, porque tengo un novio, o un marido, ahora no recuerdo exactamente si nos casamos o no, el caso es que existe y tuve que estar con él. Pero me habría gustado saludaros.
Asentí sin saber exactamente qué asentir.
—Bueno —continuó, volviéndose hacia Connor. —El caso es que ya no te puedo volver a ver en mi vida.
Connor dejó el tenedor.
—¿Eh? —dije yo.
—Que ya no le puedo volver a ver en mi vida —repitió Cleopatra, dirigiéndose todavía a Connor, con la misma neutralidad absoluta de quien explica que el autobús sale a las tres y no hay otro hasta las cinco.
—Se te ha acabado la coca y sin coca esto no tiene ningún sentido.
Y a un tío al que se le acaba la coca una vez es un tío al que se le puede acabar la coca en cualquier momento. Nada personal.
Connor asintió con la serenidad de quien ha recibido una información que encaja perfectamente en su modelo del mundo.
—Entendido —dijo.
—¿Entendido? —dije yo.
—Sí —dijo Connor.
Los miré a los dos. Ninguno de los dos tenía el aspecto de encontrar esto particularmente extraordinario. Cleopatra porque para ella no lo era. Connor porque Connor era Connor.
—¿Me llevas al reparto? —le dijo Connor.
—Claro —dijo Cleopatra. —Para eso he venido.
Connor se levantó. Cogió las bolsas con el cristal azul, que habíamos empaquetado en bolsitas zip a las cinco de la madrugada con los dedos todavía sin responder del todo bien. Se puso la chaqueta. Me miró.
—Suerte —dije.
—Suerte —dijo.
Cleopatra ya estaba en la puerta. Connor fue hacia ella. Antes de salir se giró una última vez.
—Alejandro —dijo.
—Qué.
—Lo del conejo. Lo que viste.
—¿Qué pasa con ello?
Una pausa breve.
—Nada —dijo. —Solo que creo que tiene razón en que sabes quién es.
Cerró la puerta.
⊙
Me quedé solo en el ático con el plato de beans a medias y el número cuarenta y dos en la salsa y el armario al fondo con lo que había dentro, que llevaba desde la tarde del jueves sin comer ni beber ni nada, y que a estas alturas debía de estar en el estado en que están los hombres cuando el cuerpo empieza a tener opiniones muy concretas sobre las condiciones en que se encuentra.
Abrí el armario.
Lo que vi era lo que esperaba ver pero peor.
Estaba despierto, eso sí, pero con esa clase de vigilia que no es exactamente estar despierto sino no poder estar dormido, con los ojos secos y la piel con esa palidez específica de la deshidratación y los labios en el estado en que están los labios cuando llevan demasiado tiempo sin agua.
Me miró. No dijo nada, que probablemente era lo más inteligente que podía hacer en ese momento.
Fui a la cocina. Saqué un calcetín que fue blanco en otro momento de su vida del cesto de la ropa sucia que evidentemente hizo el rol de zapatilla de estar por casa a juzgar por su color negro. Volví.
—Escucha, vas a morir. Sé que es una putada, pero nada de lo que hagas va a cambiar lo que te va a pasar.
Cuando nos diste la receta para el krokodil falso ya sospechaba algo, pero ahora tengo muy claro que nos has querido intoxicar con sulfato de cobre.
El caso es que ahora te toca morir, sin más.
Así que toma. Para que no hagas ruido aunque sientas la tentación de hacerlo —dije.
Le metí el asqueroso calcetín en la boca. No protestó. Eso también era lo más inteligente que podía hacer.
Le ayudé a levantarse, que requirió más ayuda de la que habría necesitado cuarenta horas antes.
Bajamos los cuatro pisos despacio, con el olor a col hervida de las escaleras indiferente como siempre, y en el segundo rellano nos cruzamos con el vecino del 2B, un hombre de unos sesenta años que salía con la bolsa de la basura y que se quedó completamente inmóvil en el umbral de su puerta mirando lo que tenía delante, que era un hombre muy grande llevando a rastras a otro hombre maniatado, con los pies arrastrando en el suelo y los ojos desorbitados por encima del calcetín.
Le saludé con la cabeza.
—Buenos días —dije.
El vecino no dijo nada. Seguimos bajando.
Salimos a la calle con la luz de la mañana de sábado cayendo sobre Lavapiés con esa claridad específica de los sábados cuando todavía no ha llegado el ruido. El Peugeot estaba donde siempre. Le abrí el maletero. Lo miré. Él me miró.
No dijo nada.
Entró.
Cerré el maletero. Me senté al volante. Arranqué.
Noventa kilómetros. La M-30, luego la autovía, luego la carretera de tierra que serpentea cuatro kilómetros al norte de donde íbamos. El sol de mayo subiendo despacio sobre Castilla.
No pensé en nada que no fuera conducir.
Bueno. Ahora sí, ese es el contexto. Entonces, como iba diciendo, la historia empieza aquí.