Viernes
La cocina empezó a medianoche.
Connor había vuelto con los ingredientes tarde, mucho más tarde de lo que debería haber tardado, con cara de quien ha recorrido medio Madrid y tiene opiniones sobre ello.
Dos bolsas de plástico. Azúcar, agua mineral, sulfato de cobre en polvo —ese había costado lo suyo, cuatro ferreterías y una tienda de productos agrícolas en Legazpi hasta dar con alguien que lo tuviera en formato polvo y no en pastilla— y el cloruro de tionilo, que era lo que menos esperaba conseguir y que sin embargo apareció de donde menos lo esperaba: de la casa del padre de Gonzalete.
El padre de Gonzalete, según Connor, era químico retirado.
Y los químicos retirados, según la evidencia disponible, guardaban en casa pequeñas botellas de cosas que no deberían estar en casas particulares con la misma naturalidad con que otros guardaban herramientas o vino.
La botella de cloruro de tionilo llevaba ahí desde los noventa y nadie había preguntado por qué.
Gonzalete tampoco preguntó. Se la llevó.
Era la clase de cosa que hacía Gonzalete: la encontraba, la cogía, y si luego resultaba útil era porque él ya lo sabía antes de cogerla aunque no supiera exactamente para qué.
Connor lo había dejado en la calle peleándose con un vagabundo. No era una situación de emergencia en el caso de Gonzalete. Era simplemente Gonzalete un jueves por la noche.
La receta la tenía yo, escrita con mi letra en el papel que había cogido de la cocina mientras el tipo del armario me la dictaba, despacio, con la precisión de quien lleva tiempo guardando esa información y quiere asegurarse de que quien la recibe la entiende bien.
La había releído dos veces antes de que Connor saliera.
El sulfato de cobre tenía sentido: lo habían usado en síntesis de algunas drogas, lo sabía de Mallorca, de conversaciones con gente que sabía de esas cosas.
El cloruro de tionilo tenía sentido como deshidratante, para eliminar agua del proceso y concentrar el resultado.
Pero el azúcar. El azúcar era lo que no encajaba.
El azúcar era confitería. El azúcar era lo que ponías en el café o en el bizcocho de cumpleaños, no en una síntesis química que supuestamente iba a saldar una deuda con un mafioso de Móstoles.
Connor no preguntó por qué. Eso era Connor: una vez tomada la decisión de hacer algo, el proceso le interesaba en términos estéticos pero no en términos de justificación.
Montó el hornillo de camping en la mesa del comedor con la eficiencia de quien ha usado hornillos de camping en sitios peores que este, puso la olla grande, midió el azúcar con el vaso que usábamos para todo, y empezó.
Yo miraba desde la silla con el papel en la mano.
—El azúcar no tiene sentido —dije.
—El azúcar siempre tiene sentido —dijo Connor, sin apartar los ojos de la olla. —Es la molécula más democrática que existe. Todo el mundo la quiere. Todo el mundo la necesita. El azúcar no tiene que justificarse ante nadie.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
—Ya lo sé. —Removió. —Y no tengo respuesta. Está en la receta y la receta viene de tu amigo el del armario, que tiene incentivos muy concretos para que esto funcione.
Miré al armario. El armario no dijo nada.
—De acuerdo —dije.
⊙
La mezcla tardó una hora en llegar al punto que Connor consideró correcto, que era un punto que evaluaba con el termómetro de cocina que había comprado en el chino junto con todo lo demás y que sostenía sobre la olla con la concentración de un cirujano.
Cuando el termómetro dijo lo que tenía que decir, añadió el sulfato de cobre.
El color cambió casi inmediatamente.
No era un cambio gradual sino una transformación, del ámbar pálido del azúcar disuelto a algo más opaco, más denso, un azul mineral que apareció en la superficie de la mezcla como si alguien hubiera decidido añadir cielo a la confitería.
Era lo más parecido a la magia que había visto en mucho tiempo, y era química, y las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo.
Connor lo miró con la satisfacción del artesano.
—Bonito —dijo.
—Sí —dije.
Luego añadió el cloruro.
El olor llegó antes de que yo pudiera hacer nada al respecto: un olor ácido y metálico que no era exactamente desagradable pero que tampoco era algo que el organismo recibiera con entusiasmo, el olor de algo que no debería estar en el mismo espacio que personas que respiran.
Abrí la ventana. Connor no abrió nada porque Connor estaba inclinado sobre la olla con una atención que excluía consideraciones secundarias como la ventilación o la supervivencia.
—Connor —dije.
—Mmm.
—Aléjate un poco de la olla.
—Estoy controlando la temperatura.
—El termómetro tiene mango. Úsalo desde lejos.
Connor se alejó un paso, que en él era un gesto simbólico más que una medida de seguridad real. El olor siguió ahí, instalado en el ático con la permanencia de las cosas que no tienen prisa por irse.
Vertimos la mezcla en las bandejas de aluminio que Connor había comprado también, tres bandejas planas que alineamos sobre la mesa con el cuidado de quien sabe que el grosor de la capa importa aunque no sepa exactamente por qué importa. Luego esperamos.
El cristalizado tardó. Connor se sentó en el sofá con el libro.
Yo me senté en la silla. La ventana seguía abierta pero el olor seguía ahí, más suave pero presente, y en algún punto entre la una y las dos de la madrugada empecé a notar algo en la cabeza que no era exactamente dolor sino su precursor, una presión difusa que se instalaba sin urgencia detrás de los ojos y que yo atribuí al cansancio y a las horas y a todo lo que había pasado en los últimos días.
No era el cansancio.
Lo sé ahora. En ese momento no lo sabía.
⊙
Lo que pasó después lo reconstruí más tarde, con la información que tenía y la que Connor me dio, que no siempre coincidían en los detalles pero que en el conjunto apuntaban a lo mismo: intoxicación por vapores de cobre.
El sulfato de cobre calentado en un espacio cerrado produce vapores que en concentraciones suficientes hacen cosas específicas al sistema nervioso central, cosas que los libros de toxicología describen con términos clínicos y que desde dentro tienen una textura completamente diferente a cualquier término clínico.
Lo que yo recuerdo es esto:
Las bandejas seguían en la mesa cuando el hombre del traje de conejo apareció en el sofá.
No apareció de golpe sino gradualmente, como si siempre hubiera estado ahí y yo simplemente no lo hubiera notado hasta ese momento.
Era un traje completo, de los que alquilan en las tiendas de disfraces, con la cabeza grande y redonda y las orejas largas y los ojos pintados de negro con esa expresión de nada que tienen los muñecos cuando los diseñadores deciden que la neutralidad es más inquietante que cualquier expresión concreta.
Estaba sentado con las manos en las rodillas y no decía nada.
Connor había dejado el libro en algún momento y había puesto algo en el portátil.
La pantalla estaba orientada hacia él y desde donde yo estaba no veía qué era, pero escuchaba una música que reconocí vagamente y que Connor tenía al volumen de quien quiere escuchar pero no molestar, que en él era una consideración inusual y que probablemente era el caramelo azul hablando.
Luego la música paró y empezaron las voces, y Connor se inclinó hacia delante con la atención de alguien que acaba de ver algo que le parece importante.
Un momento después empezó a hablar.
Lo hacía en voz baja pero con una convicción que iba subiendo de tono a medida que avanzaba, como si las palabras fueran suyas pero las estuviera encontrando en tiempo real, descubriéndolas mientras las decía.
—Elige la vida —dijo Connor. —Elige un empleo.
Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas.
Elige lavadoras, coches, home cinemas y robots aspiradores.
Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales.
Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos...
Siguió. Las palabras salían con la cadencia de alguien que ha encontrado el texto exacto que llevaba buscando toda la vida sin saber que lo estaba buscando, con esa mezcla de reconocimiento y revelación que tiene la gente cuando lee algo que ya sabía pero que nunca había visto escrito.
Connor nunca veía películas. Connor solo leía libros.
Y ahí estaba, embobado con Trainspotting a las dos de la madrugada, colocado por caramelo azul y vapores de cobre, repitiendo cada palabra al mismo tiempo que el personaje como si las estuviera descubriendo él, como si fueran suyas.
—...elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte.
Elige tu futuro. Elige la vida. —Una pausa.
—¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así?
Yo elegí no elegir la vida. Elegí otra cosa.
¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes cocaína?
En la pantalla el personaje terminó de hablar. Connor se quedó mirándola en silencio, con la expresión de quien acaba de escuchar algo que le ha cambiado algo pequeño pero real, sin saber todavía qué es exactamente lo que ha cambiado.
Yo me quedé mirándole.
No veía al conejo. Eso me parecía relevante aunque no sabía exactamente por qué.
—¿Quién eres? —dije.
El conejo no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, la voz era la voz de alguien que lleva mucho tiempo esperando esta conversación y no tiene prisa ahora que por fin ha llegado.
—Sabes quién soy —dijo.
Lo pensé. Tenía razón en que lo sabía, aunque no podría haberlo explicado con palabras que tuvieran sentido fuera de ese momento.
—¿Qué quieres? —dije.
El conejo extendió las manos. En la derecha había una soga. En la izquierda, un rifle, un rifle muy concreto que no reconocí inmediatamente. Los sostenía con la naturalidad de quien ofrece dos opciones igualmente válidas y espera que el otro elija.
—Tienes que elegir —dijo.
Los miré. La soga. El rifle.
La soga la reconocí antes de tocarla. Era una soga específica, de las de cáñamo trenzado, con el tacto áspero y la rigidez de las cuerdas que llevan tiempo sin usarse.
La había visto antes en el bosque, cuando era lo suficientemente joven como para que lo que encontró entre los árboles fuera una imagen que el cerebro no sabía dónde archivar todavía.
Un hombre colgado, pero no muerto todavía — todavía convulsionaba, con los pies rozando el suelo y los ojos en blanco y ese movimiento involuntario de los cuerpos que el sistema nervioso produce cuando ya no hay nadie dentro para controlarlo.
Me quedé paralizado un momento que no supe medir, mirando sin hacer nada, hasta que algo en el cuerpo tomó una decisión que la cabeza no había terminado de tomar y fui hacia él y lo descolgué.
El hombre sobrevivió. Años después seguía sin saber si eso había sido bueno o malo para el hombre, pero la soga se había quedado en la memoria con esa permanencia de los objetos que uno toca en momentos que no debería estar viviendo.
El rifle también lo reconocí, aunque me costó más.
Era un rifle de caza, de esos que quieren parecer un fusil de asalto sin serlo del todo.
En concreto un Saiga-MK Versión 30. Lo había visto por primera vez apoyado en el armario del dormitorio de mi padre, que era donde mi padre guardaba las cosas que no quería que nadie tocara y que por eso yo sabía exactamente dónde estaban desde los ocho años cuando jugaba a ser soldado.
Lo había cogido una noche que no era una noche como las demás, una noche en que había una mujer en el suelo del salón y mi padre encima de ella con las manos en un sitio donde las manos no deberían estar, y yo era lo suficientemente joven para que nadie esperara que hiciera lo que hice pero lo suficientemente mayor para saber que si no lo hacía yo no lo iba a hacer nadie.
Le disparé para salvarla.
Ella murió de todas formas, no esa noche sino después, en el hospital, de cosas que ya tenía antes de llegar a nuestra casa y que mi padre había acelerado pero no causado, y eso era lo que no terminaba de cuadrar nunca cuando lo pensaba con la honestidad que merecía: que lo había hecho por nada.
Que la ecuación no cerraba. Que había un hombre muerto y una mujer muerta y yo en el medio con la única conclusión disponible, que era que las cosas pasan de la manera en que pasan y que la intención no cambia el resultado y que la próxima vez más vale asegurarse de que el resultado valga lo que cuesta antes de apretar el gatillo.
La familia se había ocupado de todo. Eso era lo que hacían las familias de ese tipo: ocuparse de todo, borrar lo que había que borrar, y luego ofrecerte trabajo, porque un chico que ha hecho lo que ese chico había hecho a esa edad y no se ha roto era un chico que les resultaba útil.
Se ocuparon también de que ese chico dejara de existir en los papeles y en la memoria de quien pudiera recordarlo, y en su lugar pusieron otro nombre, otro historial, otra persona que empezaba desde cero con la única carga de saber exactamente lo que era capaz de hacer.
Ese nombre era Alejandro. El otro ya no importaba.
Todo eso lo pensé en el tiempo que tardé en mirar la soga y el rifle en las manos del conejo.
Luego cogí los dos.
No fue una decisión exactamente sino un movimiento, el tipo de movimiento que el cuerpo hace antes de que la cabeza haya terminado de procesar la situación.
Cogí la soga con la mano izquierda y el rifle con la derecha y en el mismo gesto continuo levanté el rifle y le disparé al conejo en la cabeza.
La cabeza grande y redonda se rompió hacia atrás con un ruido que no era el ruido de un disparo sino algo más sordo, más definitivo, y lo que quedó del conejo fue lo que queda de las cosas cuando se rompen de una manera que no tiene vuelta atrás.
Los ojos negros pintados miraban hacia arriba desde el suelo con su expresión de nada, que era ahora la expresión correcta porque la nada era exactamente lo que había.
Luego me puse la soga al cuello.
No lo pensé. O lo pensé de una manera que no se parece al pensamiento en condiciones normales, de la manera en que se piensan las cosas cuando un tipo concreto de droga o de veneno ha estado haciendo su trabajo en el sistema nervioso durante suficiente tiempo.
La soga tenía el tacto de la soga, áspero y real, más real que cualquier otra cosa en el ático en ese momento, y en el instante en que empezaba a tensar—
Me desperté en el suelo.