El Conejo del Cristal Jueves
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Jueves

Me desperté en el sofá por segunda mañana consecutiva, que era un patrón que no me gustaba pero que tampoco había hecho nada activo por evitar.

La diferencia respecto al miércoles era que esta vez no había botella en la mano sino algo mejor: nada.

Había dormido hasta el final del vaso y el vaso había quedado en el suelo y yo había quedado en el sofá y todo el mundo había quedado donde tenía que quedar.

Lo segundo que vi, después del techo, fue al tío de la puerta bajo la escalera.

Estaba atado a los escalones con lo que había disponible, que resultó ser un cable de extensión y algo que parecía ser el cinturón de Connor aunque Connor no era hombre de cinturones, lo cual significaba que era el cinturón de él, que tenía una lógica poética que en ese momento no tenía la energía de apreciar del todo.

Miraba hacia mí con los ojos de quien ha pasado la noche en una postura que no había elegido y que tiene opiniones sobre eso pero ha decidido que expresarlas no es lo más conveniente en este momento.

Connor se asomó desde arriba.

—Pues claro que te puto duele la cabeza —dijo, con la serenidad de quien diagnostica algo evidente. —Tienes resaca y le has dado un cabezazo a este tío de aquí. ¿Quién es?

Me incorporé rápidamente.

—Este es el cabrón que me amenazó ayer por la mañana.

Connor lo miró con la evaluación clínica de quien cataloga especímenes.

—Pues tu mafioso superchungo parece un estudiante de instituto.

El tipo levantó el dedo corazón de ambas manos, que era toda la declaración de intenciones que su posición le permitía.

En ese momento bajó la secretaria, todavía en el ático, todavía siendo la secretaria.

Le pisó las manos al tipo con la indiferencia de quien no ha visto que había alguien en el suelo, que podía ser verdad o no serlo.

El tipo intentó gritar con el efecto amortiguado de alguien a quien le duelen las manos y tiene el orgullo intacto.

—Adiós, cari —le dijo la secretaria a Connor, con un beso que Connor recibió con la naturalidad de costumbre. —Luego nos vemos.

Connor le dijo algo que sonó a «talues» y ella salió. La puerta se cerró. Me quedé mirando el espacio donde había estado.

—¿Qué le ha dado a esta? —dije. —¿Ahora es una tía normal?

—Ha ido a hacer cosas suyas, ni puta idea, la verdad.

La miré marcharse mentalmente un momento más. Luego miré al tipo.

—Bueno —dije. —Al turrón.

⊙

Lo atamos a la silla de la cocina. Connor puso las manos sobre sus hombros con la postura de quien ha visto esta escena en suficientes películas como para tener una idea aproximada de cómo funciona, y yo le quité la mordaza. Parpadeó. Nos miró a los dos. Procesó.

—Bueno, bueno, bueno —dijo Connor.

—Seh —dije yo. —Bueno, bueno, bueno.

Connor y yo nos miramos. Yo lo miré. Puse cara de mala leche y gruñí, que era lo más aproximado a una técnica de interrogación que tenía disponible a esa hora de la mañana. Luego me giré y fui a la cocina. Connor fue conmigo.

—¿Qué coño pasa? —dijo Connor en voz baja.

—Joder —dije. —No tengo ni puta idea de por dónde empezar.

Connor se apoyó en la encimera con la expresión de quien también está improvisando pero no quiere que se note.

—Yo sin coca —dijo. —Siento cómo mis neuronas se empiezan a secar y encoger.

—Vale, tranqui. —Pensé. —Vamos a llamar a Gonzalete.

Connor me miró.

—¿Gonzalete?

—Ese tío está muy loco. Me acuerdo que cuando éramos pequeños metía gatitos en cubos de metal, los rociaba de gasolina y echaba una cerilla. El muy cabronazo se partía el culo mientras los gatos ardían.

Connor procesó esto con la parsimonia de quien recibe información perturbadora pero útil.

—Llámale —dijo. —Yo no sé dónde tengo el móvil.

Saqué el teléfono. Busqué el contacto. Llamé.

—Ey, Gonzalete... ¿Qué tal tío? Eh, escucha, ¿te acuerdas de cuando te ayudé a pillar al chaval ese que te escupió cuando pasaba al lado tuyo con la bici?

El tipo, desde la silla, intentó intervenir.

—Eh, que yo te digo lo que quieras, no hace falta que llames a nadie...

Le ignoré.

—Necesito que me hagas un favor. Parecido. ¿Sí? Joder, de puta madre, me salvas la vida.

Colgué. Miré a Connor.

—Viene.

Connor lo miró. Asintió despacio, con esa gravedad de quien comprende que la situación está progresando en la dirección correcta aunque no sepa exactamente cuál es esa dirección.

⊙

Gonzalete tardó veinte minutos. Antes de abrir comprobé por la mirilla, porque Gonzalete era el tipo de persona con quien era conveniente saber exactamente lo que ibas a encontrar al otro lado de la puerta antes de abrirla.

Lo que encontré al otro lado de la mirilla fue a Gonzalete mirando la puerta.

No mirando hacia la puerta desde el descansillo, sino mirando la puerta, la superficie de la puerta, con una concentración que no tenía objeto aparente.

Haciendo lo que él llamaba «juego de paciencia», que era una de sus cosas y que desde fuera producía el efecto de alguien que había tomado una decisión pero estaba esperando a que la puerta lo supiera también.

Abrí.

—Este puto loco estaba mirando la puerta —le dije a Connor.

Le di la mano a Gonzalete. El saludo mallorquín, mano con mano y choque, que con Gonzalete tenía siempre un componente adicional de tensión porque nunca sabías exactamente cuánta fuerza iba a aplicar y en qué dirección.

—Venga, cagondiez —dijo Gonzalete, mirando hacia dentro con la energía de alguien que ya viene con el motor encendido. —¿A quién hay que pillar?

—No hay que pillar a nadie, ya le hemos pillado. Pero necesito que te pongas, como decías tú, «to loco aquí en medio» y le saques todo lo que puedas.

Gonzalete vio al tipo en la silla. El tipo vio a Gonzalete. En su cara pasó algo que era difícil de clasificar pero que tenía los componentes básicos de una reevaluación de la situación.

Gonzalete se acercó al tipo despacio. Se inclinó hasta quedar a su altura. Le susurró algo al oído que yo no escuché pero cuyo efecto en su cara fue inmediato y claro.

Luego se irguió y gritó:

—¡O te rajo la puta garganta!

—Eh —dijo Connor, con admiración genuina. —Tu amigo está más loco que tú, y eso ya es decir.

—Si en el instituto le partió una mesa en la cabeza al director —dije. —En fin, vamos a dejarle a su bola.

Me fui al baño. Gonzalete necesitaba espacio para trabajar y yo necesitaba un momento, que era lo que el baño ofrecía: un momento y la posibilidad de hacer un inventario en el espejo, que era algo que hacía con más frecuencia de la que habría sido ideal.

—Gonzalete —dije antes de cerrar la puerta. —No te lo cargues, que si me toca ir a juicio por otro muerto estoy jodido, ¿va?

—Va —dijo Gonzalete, sin apartar los ojos del tipo. —Tú a lo tuyo.

⊙

Lo que había encima del armarito del baño llevaba tanto tiempo ahí que tenía una capa de polvo que era casi arqueológica.

Lo vi cuando fui a coger el papel higiénico y me pregunté un momento cómo había llegado ahí, que era la pregunta que uno se hace cuando encuentra algo que puso en un sitio hace tanto tiempo que el acto de ponerlo ha desaparecido de la memoria pero el objeto sigue siendo evidencia de que ocurrió.

Era un Llama Martial .38 Special. Un revólver viejo, de los que pesan lo que pesan y que en la mano tienen esa solidez de las cosas fabricadas cuando fabricar significaba que la cosa iba a durar. Lo limpié con el papel higiénico lo mejor que pude, que no era mucho, y lo dejé en el borde del lavabo.

Me senté. Saqué el móvil.

Encontré lo que buscaba con la eficiencia de quien sabe exactamente qué está buscando.

Se llamaba algo como no sé qué Princess, que era un nombre que en otro contexto habría resultado ridículo y que en este contexto era lo último en lo que uno pensaba.

Rubia, con ese rubio específico que no existe en la naturaleza pero que la naturaleza habría producido si hubiera tenido mejor criterio.

La cara era la cara de alguien diseñado para ser mirado, con esa proporción que el ojo registra antes de que el cerebro haya tenido tiempo de opinar, y que miraba a la cámara con la tranquilidad de quien sabe exactamente lo que produce y lo encuentra perfectamente razonable.

El resto era generoso en todas las acepciones posibles del adjetivo, con una escala en determinadas zonas que hacía que la mente tardara un momento en terminar de creer lo que los ojos estaban viendo, y luego otro momento más, y luego decidiera que sí, que así era, y que eso era información que merecía atención.

En la última foto llevaba una camiseta blanca que cumplía su función de manera estrictamente técnica y no mucho más, con una expresión entre la inocencia y todo lo contrario que era, en términos objetivos, una combinación de una eficacia difícil de exagerar.

Estaba a punto de prestarle a esa eficacia la atención que merecía cuando se abrió la puerta del baño.

Connor.

—Tío —dije. —Que estoy puto cagando, joder.

Connor miró el móvil. Miró el revólver en el borde del lavabo. Volvió a mirarme.

—Tienes una forma muy rara de pajearte, cabrón.

Cogí el revólver. Lo apunté hacia él.

—Cuidao que te mato, ¿eh?

—Coño —dijo Connor, con algo genuinamente parecido a la nostalgia. —Hacía tiempo que no veía eso. ¿No lo habías tirado al mar?

—Sí, claro, para que lo encontrara la poli y me cargaran dos muertos más.

—Pues si vas a matar a alguien, métele balas, ¿no?

—Cartuchos —dije. —Las balas son los proyectiles. El cartucho es el conjunto entero.

—Te empeñas en contarme gilipolleces que me la sudan.

—Que te den.

—Bueno, el caso —dijo Connor, apoyándose en el marco de la puerta con la despreocupación de quien ha interrumpido algo y no tiene intención de disculparse por ello— venía a decirte que tu amigo será el puto amo y lo que quieras, pero está en una esquina diciendo que es invisible y no sé qué mierdas más.

—¿En serio?

—Seh.

—Puto loco.

Guardé el móvil. Antes de salir me paré delante del espejo un momento.

—¿Me estás hablando a mí? —dije. Apunté el revólver al reflejo. —¿Hablas conmigo? ¿Eh? Los he visto más rápidos. ¿Con quién coño te crees que estás hablando?

Reí. Solo, en el baño, con el revólver lleno de polvo apuntando al espejo como si estuviera en la película esa del hombre que conduce un taxi y todo el mundo es malo con él, reí brevemente e intentando no emitir ningún sonido.

Puse el revólver en su sitio, en su hogar, encima del armarito, para que acumulase algunas capas más de polvo.

Salí del baño.

⊙

Gonzalete estaba en la esquina de la sala contigua a la cocina. No de pie exactamente, sino en la esquina, como si la esquina fuera el único lugar del espacio que tenía sentido en ese momento. Se balanceaba ligeramente.

—Shhh —dijo cuando me acerqué. —Soy invisible y no me puede oír nadie.

Me detuve delante de él. Lo miré un momento. Sin planearlo, empecé a soltarle un discurso de Full Metal Jacket.

—Vaya —dije. —No me jodas. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un jodido bromista, un bufón?

Gonzalete se tapó los oídos con las manos y se quedó balanceándose con los ojos cerrados, que era su respuesta a los estímulos externos cuando estaba en ese estado, que no era un estado que invitara al diagnóstico.

—Admiro tu sentido del humor —continué. —¡Me gustas tanto que te invito a mi casa a tirarte a mi hermana! Solo eres un pichafloja. Y ahora levanta. Ponte en pie. Mejor será que no me encabrones o te follo hasta el hígado.

Gonzalete se tapó más fuerte los oídos.

El tipo, desde la silla, con la expresión de quien ha reevaluado todos sus planes vitales en las últimas dos horas, habló.

—Oye, tú. —Me miró. —Si tienes ganas de arreglar las cosas con mi jefe, hay una forma muy fácil. ¿Sabes lo que es el Krokodil?

Me giré hacia él.

—Sé cómo hacerlo —continuó. —Y está obsesionado en hacerse con ello.

Me agaché hasta quedar a su altura.

—Tú dirás.

—Si me prometes que no me vas a matar o cortarme nada...

—Claro —dije. —Adelante.

Me miró a los dos con la evaluación de quien sopesa la fiabilidad de una promesa hecha por alguien que tiene un amigo en la esquina convencido de su propia invisibilidad. Debió de concluir que era lo mejor que tenía disponible.

—Venga pues —dijo. —Pilla papel y lápiz, o boli, o lo que sea, y te digo lo que tienes que comprar.

⊙

Connor dormía en el sofá cuando volví al salón, con la cabeza de Gonzalete apoyada en su hombro como si fuera el resultado natural de una tarde de trabajo bien hecho. Lo desperté.

—Necesito que vayas a comprar todo esto. —Le tendí el papel. —Dice nuestro amigo que si cocinamos esta droga casera, el mafioso ese te perdonará, y puede que nos pague y todo.

Connor miró el papel. Lo miró a él. Volvió a mirar el papel.

—¿Y también te ha dicho que nos la va a chupar o qué?

—Venga tío, va en serio. Haz esto de una puta vez. Yo me encargaré del pavo este.

—¿Qué le vas a hacer? ¿Te lo vas a cargar?

—Nah. Lo guardaré en el armario y esperaré a que no nos dé un venazo a ninguno de los dos.

—¡Pero me has dicho que me ibas a soltar! —dijo el tipo.

—Una polla —dije. —Para que nos delates. —Le puse la mano en el hombro con la compasión de quien reconoce una ingenuidad sin poder hacer mucho por ella. —Anda que no es listo el cabrón.

Connor se levantó. Sacudió a Gonzalete, que volvió al mundo con la transición suave de quien ha estado en otro sitio y no tiene prisa por abandonarlo del todo. Los dos salieron del piso.

Me quedé solo con él.

Lo miré.

Él me miró.

—Al armario —dije.