El Conejo del Cristal Miércoles
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Miércoles

Me desperté cuando sonó el móvil.

Lo primero que vi fue el techo. Lo segundo fue la botella de Jäger en la mano izquierda, vacía, que no recordaba haber terminado pero que claramente había terminado porque estaba vacía y yo era la única persona en el piso que bebía Jäger.

La mano derecha estaba dentro de los pantalones, que es donde termina la mano derecha de un hombre cuando se queda dormido en el sofá sin haber tomado ninguna decisión activa sobre el tema.

El móvil seguía sonando.

Desde arriba llegó la voz de la secretaria.

—¡Tu puto móvil, coño!

Le hice «shhh» sin abrir los ojos. Descolgué.

—Ehh... ¿Sí?

—Hola, estoy buscando a un tal... —una pausa, como si leyera algo— Alejandro.

—Soy yo. —Me froté la cara. El proceso de espabilarse con resaca tiene sus propias fases y ninguna de ellas es agradable. —Si llama de Alienware, siento mucho no haber acudido a la entrevista, me surgió un contratiempo y...

—No, no, llamo de —

—Pero si está interesado podría concertar una entrevista esta misma tarde, le prometo que no fallar—

—¡Cállate! —La voz al otro lado tenía esa calidad específica de quien ha decidido que la paciencia es un recurso limitado y ya lo ha agotado. —A ver, tú eres el que vive con Connor, ¿verdad?

—¿Quién lo pregunta?

—Me tomaré eso como un sí. Mira, chaval, tu amigo le ha robado un montón de pasta a alguien muy, muy importante, y eso no se quedará así.

—¿Y por qué estoy yo metido en todo esto?

—Puedes salir indemne si haces entrar en razón a ese loco para que devuelva el material.

—Resulta que él no lo tiene —dije. Me incorporé.

La botella vacía cayó al suelo con el ruido que hacen las botellas vacías cuando caen, que es un ruido con más dignidad de la que merecen en ese momento.

—Se suponía que un amigo suyo y él lo iban a llevar a algún sitio, pero el otro le hizo una putada y se llevó toda la mercancía.

—Ya, claro, y el amigo ha desaparecido sin dejar ni rastro con un cuarto de tonelada de cocaína. Mira, listillo, te voy a decir lo que va a pasar. Como no nos devuelva la coca antes del viernes, voy a...

—¿Me vas a qué? ¿Eh? Fijo que no eres más que un lameculos de mierda.

—¿Me estás vacilando? ¡No tienes ni puta idea de con quién estás hablando, joder!

Me quité el teléfono de la oreja mientras seguía hablando. Lo miré un momento. Colgué.

Miré hacia arriba.

—Connor —llamé, con la indiferencia de quien anuncia que hay correo. —Baja aquí. Tienes problemas.

⊙

Connor bajó con el aspecto de quien ha dormido tres horas después de no haber dormido tres días, que es una combinación que produce en la cara una expresión entre el zombie y el iluminado.

Se sentó en la silla de la mesa. Yo me senté enfrente.

La secretaria asomó la cabeza desde el altillo, evaluó la situación, y decidió que era el momento de hacer algo productivo, que resultó ser callar y escuchar.

Le conté lo de la llamada. Connor escuchó con la atención de quien está procesando información que ya tenía pero que ahora tiene forma de consecuencia real. Cuando terminé me miró con la expresión de quien debe una explicación y ha decidido que ya no puede seguir aplazándola.

Me contó lo del día anterior. Antonio, Móstoles, el piso de Lázaro, el garaje, el coche desapareciendo por la calle con los doscientos cincuenta kilos dentro.

Me lo contó con esa precisión acelerada que tenía cuando necesitaba que el otro entendiera algo rápido, sin los rodeos filosóficos habituales, con una economía narrativa que en Connor era señal de que la situación le parecía genuinamente seria.

Lo escuché sin interrumpir.

—Está claro que se han puesto de acuerdo y te la están jugando —dije cuando terminó.

—Pues no sé, joder, parecía ir todo muy en serio...

—¿Cuánto dice que les debes?

—Todo lo que teníamos que llevar. Doscientos cincuenta kilos de coca.

Lo procesé. Doscientos cincuenta kilos de coca que Connor no tenía, que Antonio tenía y que Antonio había decidido que eran suyos, y un hombre en un piso de Móstoles con un gato llamado Gato Khaleesi y la convicción de que Connor era el responsable de todo eso.

Y un padre detrás, Borya, del que en ese momento no sabía nada excepto que existía y que los hijos de la gente como Borya no viven en pisos de Móstoles por elección propia sino por función.

—¿Y hay algún motivo para que la tomen contigo y no con tu puto amigo? Es él quien se lo ha llevado.

Connor abrió la boca. La cerró. Pensó.

—No lo puto sé, ostias.

—Va, va. Relaja la raja. —Me levanté. —Piénsalo. Ya veremos qué hacemos.

Connor adoptó entonces la expresión de quien ha estado consultando algo con su almohada y ha llegado a una conclusión.

—Tras haberlo consultado con mi almohada...

—¡Y conmigo! —gritó la secretaria desde arriba, sin que nadie le hubiera preguntado.

—Sí, eso, y con ella —dijo Connor. —Creo que es un farol. Dudo mucho que vayan a buscarme, o que esperen siquiera que les vaya a pagar algo. ¿De dónde coño voy a sacar la pasta?

Lo miré. Connor tenía esa cualidad específica de los optimistas con mala información: una convicción completamente desproporcionada respecto a los datos disponibles.

—Ya, bueno, el caso es que me han metido a mí también —dije. —Y aunque ya sabes que hace falta mucho para acojonarme, no quiero tener que volver a matar. Podría ir a la cárcel. Ni de coña.

La secretaria asomó la cabeza desde las escaleras con la energía de quien acaba de escuchar algo interesante.

—Uuuh... ¿Has matado a alguien? ¿Qué te hizo? ¿Te gustó? ¿Qué le hiciste? ¿Quién era?

La miré.

—Dile a tu secretaria lo que pasó la última vez que alguien me hizo tantas preguntas.

La secretaria procesó esto. Luego, con una sonrisa simultáneamente inquietante y completamente desinformada:

—Joder, eres un tío chungo. Eso me pone. ¡Quiero follar!

Connor se levantó.

—Voy hacia arriba. —Me miró a medio camino en la escalerilla. —Pensaré en algo y ya te diré.

Me serví un vaso de Jameson, que era lo que había después del Jäger, y me senté a esperar que pensara en algo.

No tuve que esperar mucho, porque a las nueve de la noche sonó el timbre.

⊙

Abrí la puerta y encontré al hombre del teléfono al otro lado, que resultó ser considerablemente menos imponente en persona que por voz.

Tendría veintitantos, con esa cara de alguien que ha ensayado una expresión amenazante frente al espejo y que en la práctica produce algo más parecido a la concentración intensa.

—Alejandro, supongo —dijo. —Hemos hablado esta mañana y me has puesto de muy mala hostia.

—Eeeehmm —dije.

Sin mediar más palabra le metí un cabezazo en la cara.

Cayó redondo al suelo con el ruido específico de alguien que no esperaba eso, que es un ruido diferente al de alguien que sí lo esperaba porque incluye un componente adicional de sorpresa que se nota en la manera en que el cuerpo no amortigua la caída. Me quedé mirándolo un momento desde el umbral.

—Pft —dije. —Pues vaya.

Fui al sofá. Me dejé caer. Y quedé dormido con el vaso todavía en la mano antes de que el hombre en el suelo hubiera terminado de decidir qué hacer con la situación en que se encontraba, que era una situación que claramente no había anticipado cuando subió las escaleras.