El Conejo del Cristal Martes
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Martes

Lo que ocurrió después no me lo contó Connor esa noche. Me lo contó al día siguiente, cuando ya no tenía más remedio, que es el momento en que Connor contaba las cosas: cuando el coste de no contarlas superaba el coste de contarlas, y no antes.

Lo que sé ahora, y que entonces no sabía, es esto.

⊙

Antonio le había llevado a un edificio de pisos en Móstoles que por fuera era un edificio de pisos en Móstoles y que por dentro era algo diferente, aunque Connor tardó un momento en identificar exactamente qué.

Subieron al segundo. Antonio llamó a una puerta.

Abrió un hombre al que llamaban Lázaro, aunque ese no era su nombre, que los apodos nunca son el nombre sino lo que alguien ha decidido que eres mientras no sabe todavía quién eres del todo.

El nombre real era Dima, aunque ese tampoco era su nombre real.

Dima era el hijo de un hombre llamado Borya, que en aquel momento era para mí una palabra sin referente, un sonido, el nombre de alguien que no existía todavía en mi vida aunque ya estaba en ella sin que ninguno de los dos lo supiera.

Lázaro abrió la puerta con una pistola en la mano y algo en la parte inferior de la cara cubierto por una máscara, de las que se ponen los médicos pero de las baratas, de las que compras en un chino, y que en conjunto producía el efecto de alguien que había decidido que intimidar era una cuestión de accesorios.

Detrás de él, el piso lleno de gente. Una cantidad considerable de gente en un estado que Connor clasificó sin hesitar como yonkis varios, en sus distintas fases.

—Joder, qué fiesta tienes aquí montada —dijo Connor, y entró.

Que Connor entrara sin que nadie le invitara era algo que en ese momento Antonio no supo anticipar y que yo, escuchándolo después, encontré perfectamente coherente con todo lo que sabía de Connor.

Connor no esperaba invitaciones porque las invitaciones presuponían que había sitios a los que no pertenecías por defecto, y Connor no había desarrollado ese concepto.

Localizó el mando de la Xbox 360 en manos de uno de los yonkis, se lo cogió con la naturalidad de quien recoge algo que se le había caído, y se sentó con ellos a jugar durante el tiempo que Lázaro y Antonio tardaron en desaparecer hacia el baño.

Lázaro y Antonio se miraron con la expresión de dos personas que comparten una situación que ninguno de los dos ha elegido exactamente.

—Lo siento por las confianzas que se toma —dijo Antonio, con la resignación de quien lleva suficiente tiempo conociendo a Connor como para haber pasado de la sorpresa a la gestión. —Se cree el puto amo.

En algún punto de la partida, Connor decidió que el baño le interesaba más que la pantalla. Se acercó con discreción, que en Connor era una versión aproximada del concepto, y miró por el ojo de la cerradura.

Lo que vio fue a Lázaro en la bañera con un gato —Connor especificó que era un gato, no una metáfora ni un eufemismo, un gato real de color incierto al que Lázaro llamaba Gato Khaleesi con la naturalidad de quien convive con ese nombre desde hace tiempo— y la pistola todavía en la mano, hablando con Antonio.

Esta vez sí se oía. Lázaro le explicaba lo del cargamento: doscientos cincuenta kilos en el garaje, preparados para ser entregados a unos distribuidores que lo venderían por las noches cerca de discotecas, dentro de latas de cerveza para encubrirlo.

Y que para eso entraba en juego el mata maquinas, que era como Lázaro había decidido llamar a Connor, con una lógica que a Connor le pareció suficientemente interesante como para seguir escuchando.

—¿Qué significa eso de mata máquinas? —preguntó Antonio.

—¿Quieres nachos? —dijo Lázaro.

Connor decidió que la conversación había llegado a su punto de máximo rendimiento informativo y volvió al sofá.

Bajaron al garaje. Antonio le dio a Connor una bolsita de coca con el gesto de quien entrega una propina.

Connor la miró, la miró a él, y dijo lo que dijo, que era algo sobre Jordan Belfort y la creación divina que yo preferí no retener con demasiada fidelidad.

Luego se hizo una raya en el capó del coche más cercano con la eficiencia de alguien que ha practicado esa operación en superficies peores.

Mientras tanto, Antonio cogió el coche. El coche con los doscientos cincuenta kilos. Y se fue.

Connor lo vio salir del garaje. Intentó alcanzarlo.

No pudo. Se quedó en la rampa de salida mirando cómo las luces traseras del coche desaparecían al final de la calle, con la raya a medias y la bolsita en la mano y la comprensión gradual de lo que acababa de pasar instalándose en su cabeza con la lentitud específica de las cosas que no quieres terminar de entender.

Subió de vuelta al piso de Lázaro. Y aquí es donde la versión de Connor empieza a tener esa calidad específica de los relatos que han sido mejorados en el camino entre el evento y la narración.

Según Connor, en el ascensor le esperaba uno de los yonkis, que salió, le empujó, y le leyó en voz alta algo de un papel que llevaba preparado.

El papel decía, en síntesis, que Antonio se había ido con el cargamento, que Connor era el responsable, y que más le valía que la mercancía llegara donde tenía que llegar antes del viernes o las consecuencias serían las de las situaciones en que la mercancía no llega donde tiene que llegar.

—¿Y qué tengo yo que ver en esto? —dijo Connor. —¡No es mi puta culpa!

El yonki dobló el papel, se lo guardó en el bolsillo, y se fue. El ascensor cerró las puertas.

Yo no estaba convencido de que hubiera pasado ni remotamente así.

Un yonki con un papel preparado en el bolsillo esperando en un ascensor es el tipo de detalle que suena a Connor añadiéndole estructura narrativa a algo que probablemente fue más caótico y menos cinematográfico.

Pero era su historia y yo no estaba allí, así que lo dejé pasar.

⊙

Esa noche lo único que supe fue que volvió al ático a las nueve con la energía de alguien que ha tenido un día con más aristas de las previstas y ha decidido procesarlo por su cuenta.

Lo supe porque escuché la puerta, escuché sus pasos subiendo la escalerilla del altillo sin parar en el piso, y no escuché nada más durante un rato que no supe medir con precisión porque estaba leyendo y el tiempo cuando lees funciona de otra manera.

Algo había pasado. Eso era evidente. Pero Connor era Connor, y en Connor algo había pasado era el estado por defecto, así que no le di más vueltas de las necesarias.

Lo que sí noté, alrededor de las once, fue el ruido.

No el ruido de Connor moviéndose, que era recognoscible, sino otro ruido, una voz que no era la de Connor mezclada con la de Connor, y luego risas, y luego el silencio específico de dos personas que han decidido que el silencio es lo más conveniente en ese momento. Dejé el libro. Miré el techo.

Subí.

El altillo tenía una mesa. Detrás de la mesa estaba sentada una chica que no había visto antes, con una expresión de secretaria que se tomaba el papel más en serio de lo que el contexto justificaba.

La mesa tenía rayas encima. Ella también tenía el aspecto de quien lleva un rato con rayas encima, en el sentido más literal.

Era la clase de chica que aparece en la vida de Connor durante los períodos de coca abundante y que desaparece con la misma puntualidad cuando la coca se acaba, que en este caso calculé que era cuestión de días, quizá menos.

No era un juicio de valor. Era simplemente la observación de un patrón que se repetía con suficiente regularidad como para ser predecible.

—Buenas —dijo, con una sonrisa completamente sincera y completamente fuera de lugar.

—¿Quién coño eres? —dije.

—Pues hoy soy Cleopatra la secretaria.

—La secretaria. Ya. ¿Está Connor?

—Ahora mismo está ocupado, pero si espera aquí le atenderá en breves.

Se levantó, fue hasta donde Connor dormía entre dos colchones en posición de sándwich, y le pegó una patada. Connor emitió un sonido que no era una palabra en ningún idioma reconocible.

—Eh, si esto es un rollo sexual vuestro mejor vuelvo en un rato —dije.

La chica me ignoró con la eficiencia de quien ha tomado la decisión de ignorar algo y la ejecuta sin fisuras.

—Un pavo con barba y pintas chungas está aquí —le dijo a Connor.

Connor abrió un ojo. Luego el otro. Procesó.

—Ah, si es Alejandro, que pase.

—Ya puede pasar, señor —dijo ella, volviéndose hacia mí con la solemnidad de una recepcionista de hotel de cuatro estrellas.

Miré a Connor. Connor me miró con los ojos de quien lleva suficientes horas despierto como para que la realidad haya adquirido una textura ligeramente diferente a la habitual.

Tenía la mandíbula apretada y los movimientos demasiado rápidos y esa atención excesiva que no era lucidez sino su imitación química.

No era el estado de quien ha tenido un día tranquilo.

—¿Todo bien? —dije.

—Todo bien —dijo Connor, con la convicción de quien ha decidido que esa es la respuesta correcta independientemente de si es verdad.

Lo miré un momento más. Él sostuvo la mirada con la serenidad artificial de la coca en fase de meseta.

—Buenas noches —dije.

Bajé. Me serví un vaso de Jäger. Me senté en el sofá. Arriba, Connor y la secretaria reanudaron lo que fuera que estaban haciendo antes de que yo interrumpiera, que no era exactamente trabajo administrativo pero que tampoco era asunto mío.

Me dormí en el sofá antes de terminar el vaso, con el libro abierto encima del pecho y el Jäger en la mano y el ruido amortiguado del altillo de fondo, pensando que mañana Connor me contaría lo que hubiera pasado o no me lo contaría, y que en cualquiera de los dos casos mañana sería mañana y esta noche era esta noche.