Lunes
Hay un ruido específico que hace el techo de un ático cuando alguien se mueve en el altillo a las diez de la mañana.
No es un golpe ni un crujido sino algo intermedio, una serie de impactos sordos con una cadencia que no obedece a ningún ritmo reconocible, como si la persona que los produce estuviera tomando decisiones sobre su siguiente movimiento en tiempo real y sin demasiada convicción.
Llevo suficientes mañanas escuchando ese ruido como para reconocerlo sin necesidad de abrir los ojos.
Abrí un ojo. El techo. Luego el otro. Seguía siendo el techo.
Suspiré.
Me levanté con la lentitud de los cuerpos que han dormido lo suficiente pero no de la manera correcta, que es la peor clase de sueño porque te deja con la cantidad de energía justa para ser consciente de lo cansado que estás.
Cogí la ruana del respaldo de la silla —una ruana de lana marrón que había comprado en un mercadillo de Malasaña hace tres años y que Connor consideraba la prenda más ofensiva de mi guardarropa, lo cual era un juicio de valor que yo no le pedía y que él ofrecía con generosidad sistemática— y me la puse encima. Me senté en el sofá.
Arriba, el ruido paró un momento. Luego una cabeza asomó por el hueco del altillo, mirando hacia abajo con la expresión de quien ha tomado una decisión irreversible y quiere testigos.
Connor tenía los ojos demasiado abiertos y una energía que no correspondía a la hora ni al día ni probablemente a ninguna categoría reconocible de estado humano.
Llevaba tres días trabajando en la tesis —algo sobre Wittgenstein y los límites del lenguaje que yo había dejado de intentar entender en la primera conversación— y los tres días se le notaban en la cara con la claridad de un diagnóstico: la mandíbula ligeramente apretada, los movimientos demasiado rápidos para la mañana, esa atención excesiva que parece lucidez pero que es el cerebro tratando de procesar demasiadas cosas a la vez y fallando en todas con gran entusiasmo.
No era la coca de los fines de semana. Era la coca de los plazos, que es una categoría diferente y bastante más intensa.
—¡Eh! —dijo Connor. —¡Aparta que salto!
Le miré fijamente. No dije nada. Bajé la cabeza y suspiré, que era la respuesta más completa que podía ofrecerle a esa hora de la mañana.
Me levanté. Fui a la nevera.
Lo que había en la nevera era lo de siempre: poco y de duración incierta.
Un brick de zumo de naranja con fecha de caducidad que prefería no verificar, dos yogures, algo envuelto en papel de aluminio que no recordaba haber puesto ahí.
Y en la puerta, una botella de Jägermeister llena que llevaba ahí desde el domingo esperando el momento correcto, que aparentemente era este.
La saqué. Me serví un vaso.
Connor bajó la escalerilla con la agilidad nerviosa de quien lleva setenta y dos horas sin dormir y ha llegado al punto en que el cuerpo ha dejado de pedir descanso y ha empezado a funcionar con la lógica autónoma de las máquinas que nadie ha apagado.
Llegó a la cocina, me miró, miró el vaso, volvió a mirarme.
Era una secuencia de tres actos con un mensaje inequívoco.
—¿Empiezas a beber tan pronto? —dijo.
—Son las tres de la tarde —dije. Lo cual era mentira: eran las diez y cuarto. Pero el principio era sólido. —Además, solo es para despertarme. Tengo una entrevista de trabajo en un rato.
—¿Has oído hablar del café?
Le miré por encima del vaso.
—Y me echa el sermón el cocainómano —dije. Le di un sorbo al Jäger.
Connor adoptó la postura que adoptaba cuando estaba a punto de desarrollar un argumento. En condiciones normales esa postura era medida, casi académica. En el estado en que estaba ahora tenía una energía adicional, como un motor al que alguien ha pisado el acelerador sin intención de soltarlo.
—La coca estimula el cerebro —dijo. —Al menos no me atonta. Mírate, eres un reflejo perfecto de nuestra decadente sociedad.
—Que te jodan.
—Consumismo puro y duro. Te levantas, bebes de la fuente del capitalismo y caes de nuevo en la espiral.
—¿Quieres dejarme en paz?
Connor alzó la voz con la naturalidad de quien lleva tres días sin dormir y ha perdido el filtro que regula la diferencia entre pensamiento interior y declaración pública.
—¡Ah, pero el hombre de dentro de la cueva no sabe que los seres que ve no son más que sombras!
Dejé el vaso en la mesa. Era demasiado temprano para Platón, y más todavía para Platón gritado por alguien que había estado despierto desde el jueves.
—Hostia puta, ya está, ¿vale?
—Has hecho de este mundo un lugar mejor —dijo Connor, con la satisfacción serena de quien ha llegado al final de un argumento que considera incontestable, aunque la serenidad en su caso tenía algo de acelerado que la hacía parecer otra cosa.
Sonó el interfono.
Connor se acercó al aparato sin consultar a nadie.
—Sí, sube, sube —dijo, sin preguntar quién era, que era el nivel de diligencia doméstica que Connor aplicaba al control de acceso del edificio incluso en condiciones normales, y en estas condiciones ni eso.
Me puse los pantalones. Me quité la ruana. Me serví otro dedo de Jäger mientras esperábamos. Connor me miró desde la puerta de la cocina.
—¿En serio? —dijo.
—Puto pirado —dije.
Sonó el timbre. Abrí.
Antonio entró con la energía de alguien que viene de hacer algo o de estar a punto de hacer algo, que en Antonio era un estado casi permanente porque Antonio era de esa clase de personas a las que la quietud les sienta mal, como una prenda de la talla incorrecta.
Era mallorquín, lo sabías en cuanto te daba la mano: el saludo mallorquín, mano con mano y choque, que en el resto de España produce una fracción de segundo de confusión antes de que el otro adapte.
Le dio la mano a Connor con esa fluidez de dos personas que ya saben cómo funciona el saludo del otro.
Me miró.
—Hey, ¿qué pasa, loco?
Cogí el vaso y caminé hacia mi habitación sin hacer caso de Antonio.
No era hostilidad exactamente. Era más bien la aplicación de un criterio de economía conversacional: si no tenía nada que decirle a Antonio a esa hora de la mañana, no se lo decía.
El silencio es una forma de respeto, aunque no siempre lo parezca.
Antonio miró hacia el suelo un momento, con la expresión de quien registra una descortesía sin saber exactamente qué hacer con ella. Connor lo condujo hacia la mesa, donde ambos tomaron asiento con la naturalidad de los que tienen algo que tratar.
—Venga, dime qué hacemos —dijo Connor. —¿Has hablado ya con tu contacto?
—Sí —dijo Antonio. —Nos esperan en una casa en Móstoles. Está por las afueras.
—Joder, ¿en Móstoles? Yo pensaba que esa gente vivía en el centro, por el barrio de Salamanca o así.
—No, no. Ahí viven los jefazos, no los que mueven la droga. Bueno, el caso es que nos pagan cien euros a cada uno por cada kilo que les llevemos.
—Y eran doscientos kilos en cuatro viajes, ¿no?
—Doscientos cincuenta kilos en cinco viajes —dijo Antonio. —Han recibido más.
Connor procesó esto durante un segundo. Luego golpeó la mesa con la palma de la mano y se levantó de la silla, que en el estado en que estaba Connor era un movimiento que tenía más de resorte que de decisión.
Se dirigió hacia la cocina con la energía de un hombre al que acaban de dar una noticia que en otras circunstancias habría necesitado procesar y que en estas circunstancias ya estaba procesada antes de terminar de escucharla.
—¡Tío, que son veinticinco mil pavos, joder!
—Lo sé, ¡es la polla!
Connor tenía las manos en la cara. Daba una vuelta por la cocina. Se frotaba las manos. Volvía a empezar. El ciclo completo tardaba unos cuatro segundos y no mostraba señales de agotarse.
—¿Qué voy a hacer con tanta pasta? Joder, joder, joder... ¡Me voy a poner hasta el puto culo de coca, hostia!
Desde mi habitación, con el libro abierto encima del pecho —El gen egoísta, Dawkins, que llevaba dos semanas en el mismo capítulo no porque fuera difícil sino porque cada vez que llegaba a cierto punto me quedaba pensando en otra cosa— escuché todo esto con la atención pasiva de quien no participa en una conversación pero tampoco hace nada activo por no escucharla.
Veinticinco mil euros. Connor. Coca.
Pasé la página.