El Conejo del Cristal PRÓLOGO
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El Conejo del Cristal

El Conejo del Cristal

Por Edvard Arangr

© inepub.com

PRÓLOGO

El desierto no olvida

L a sangre huele a hierro y a algo más dulce por debajo, algo que no debería tener ningún olor dulce, y sin embargo lo tiene.

Llevo semanas intentando recordar a qué me recuerda exactamente ese olor y esta noche, por fin, lo tengo: huele a las monedas que mi madre me daba de pequeño para el bocadillo del recreo y que yo guardaba apretadas en el puño durante horas porque me parecía que si las soltaba iba a perderlas.

Eso es lo que huele la sangre de un hombre cuando te salpica en la cara. A monedas de cobre en un puño de niño.

Me limpié la mejilla con el dorso de la mano, y como había más de la que esperaba saqué mi pañuelo y me limpié la cara.

El sol de la tarde caía perpendicular sobre el llano y todo lo que había aquí —la tierra reseca, las piedras planas, el colchón— vibraba con ese calor quieto y aplastante que tenía Castilla cuando decidía recordarte quién mandaba.

No había árboles. Ni uno solo había decidido hacer de ese erial su hogar.

No había coches en la carretera de tierra que serpenteaba cuatro kilómetros al norte.

No había absolutamente nada que me viera, salvo quizá las garrapatas, que ya estaban haciendo lo que hacían las garrapatas cuando olían la cena, acompañadas de una mosca temprana que se asentaba en la comisura del labio del chico.

La luz de mayo a esa hora tiene un color específico que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca.

No es el dorado del atardecer de las fotografías, ni el naranja aplastante del mediodía, sino algo intermedio y más honesto, una luz que ilumina las cosas sin mejorarlas, que muestra todo tal como es sin el filtro de la mañana ni la misericordia de la noche.

La tierra era de ese marrón ocre que tenía la meseta cuando llevaba meses sin llover de verdad, con las grietas abiertas en la superficie como una piel demasiado seca.

Las piedras planas que había alrededor llevaban allí más tiempo que cualquier cosa que yo hubiera conocido, más tiempo que el pueblo más antiguo de la provincia, más tiempo que el idioma en que estaba pensando. La indiferencia de las piedras era la indiferencia más completa que existía.

El colchón estaba aquí cuando llegamos. Eso todavía me parecía lo más raro de todo.

Un colchón de matrimonio, de esos que en otro tiempo fueron blancos, tirado en mitad del campo como si alguien hubiese decidido dormir aquí, bajo las estrellas, y luego se hubiese arrepentido de todo menos del colchón.

Tenía las rayas de tela que tenían los colchones de otra época, de un tejido que en su momento fue resistente y que ahora estaba en el estado en que estaban las cosas que habían absorbido demasiada humedad, demasiado sol, demasiado tiempo a la intemperie sin que nadie las recogiera.

No sabía cuánto tiempo llevaba aquí. Meses, probablemente.

Quizá más. Tenía esa permanencia de las cosas abandonadas que habían encontrado su sitio definitivo aunque no fuera el que les correspondía.

Cuando lo vi pensé que era una señal, el tipo de señal que no buscabas pero que se te presentaba y que sería de idiotas ignorar.

Tenía que conducir noventa kilómetros de vuelta, darme una ducha larga, y llegar al ático antes de que Connor decidiera que la ausencia de supervisión era una invitación para hacer algo irreparable.

Connor tenía esa cualidad inquietante de los hombres muy inteligentes que habían decidido, en algún momento que ya no recordaban con claridad, dejar de aplicar su inteligencia a cualquier cosa que no fuera el siguiente gramo.

Era un genio en ese campo. Su campo, desgraciadamente, tenía unos límites muy particulares.

El viento movía algo entre las matas de esparto. Nada importante. Sólo el viento.

El esparto era la planta correcta para este paisaje, la que crecía aquí cuando no crecía nada más, con esas hojas en punta que no invitan al contacto y esa resistencia de lo que había aprendido a sobrevivir sin que nadie lo regara ni lo cuidara ni le prestara atención.

Había algo admirable en eso. O algo triste.

A veces era difícil distinguir entre las dos cosas.

Me preguntaba cuánto tardarían las garrapatas en terminar lo que habían empezado, a absorber del cuerpo caliente del chico toda la sangre posible antes de que otros animales y alimañas varias reclamasen el festín, y decidí que no quería saberlo.

El desierto hacía sus cosas y uno no necesitaba estar presente para todos los actos de la función.

Busqué los casquillos. Los busqué con la paciencia sistemática de quien sabía que el diablo estaba en los detalles y finalmente me percaté de que esa vez había usado un revólver, no una pistola.

A veces uno mismo se mete tanto en los detalles que olvida las características esenciales de lo que está haciendo.

Saqué los casquillos usados del revólver y los sustituí por cartuchos nuevos —se llaman cartuchos aunque sean de un arma de mano, es el conjunto entero, la bala solo es el proyectil— y guardé los casquillos vacíos envueltos en el mismo pañuelo con el que me había limpiado la cara.

Di una última vuelta alrededor del colchón, a un metro de distancia, mirando el suelo con el método de siempre: una franja, media vuelta, otra franja. Nada. No había nada. Me encaminé al coche.

El sol estaba más bajo ya y la sombra del Peugeot se alargaba hacia el este como si intentase escapar de algo.

Entendía al Peugeot. La sombra de un coche era más larga que el coche y eso tenía algo de metáfora que no me apetecía desarrollar en ese momento, o nunca, o cuando fuera.

Noventa kilómetros de vuelta. Una ducha.

El ático. El producto azul. No pensé en el chico mientras arrancaba el motor.

No pensé en la tercera bala. No pensé en el olor a cobre y a algo dulce que todavía me parecía notar en la piel aunque ya no podía estar ahí.

No pensé en nada de eso. Soy muy bueno no pensando en cosas.

Es otra de las pocas cosas de las que puedo presumir.

Mi nombre es Alejandro. Llevo dieciséis meses sin beber, salvo por dos ocasiones que prefiero no contabilizar porque si las contabilizo el número baja a catorce y catorce me parece una cifra patética para todo lo que ha costado llegar a ella.

Aquí empieza esta historia, una de muchas, una historia de hace diez años.

O más bien: aquí es donde yo suelo empezarla cuando miro hacia atrás, que no es lo mismo.

Podría haber empezado más tarde —en el bar donde conocí a Borya, en el viaje a Mallorca, o mucho antes, en la noche que Connor apareció en mi puerta con su bolsa de basura llena de lo que para mí era basura pero para él y su cara de filósofo arruinado era lo único que tenía en este mundo— pero la memoria funciona así, escoge sus puntos de entrada con una lógica que no siempre entiende el que recuerda.

Supongo que el Alejandro de antes de la intoxicación por cobre y el Alejandro de después de la intoxicación por cobre son dos Alejandros diferentes y eso importa.

El caso es que yo la recordaba aquí: en un descampado a noventa kilómetros de Madrid, limpiándome la sangre de la mejilla con el dorso de la mano mientras el sol de Castilla se ponía sobre un colchón lleno de garrapatas y lo que quedaba de un chico que nunca quiso decirme su nombre, o al que nunca se lo pregunté, que venía a ser casi lo mismo.

Aunque pensándolo bien, igual sí que hace falta algo más de contexto.

El desierto tiene sentido si sabes lo que había pasado la semana anterior. Y lo que había pasado la semana anterior tiene sentido si sabes cómo había acabado. Y cómo había acabado tiene sentido si sabes cómo había empezado. Así que supongo que lo que viene a continuación es eso: el contexto.

Empecemos por la semana anterior, con un Alejandro y un Connor muy distintos.