El conde que se casó con la hermana equivocada (Amor y secretos de la alta sociedad 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Clara no era de las que padecían insomnio, pero entre volver a casa de sus padres, dormir en su antigua habitación y aquella conversación con Evangeline, la noche anterior no había pegado ojo.

De hecho, su mente no había parado ni un momento.

Había pasado horas contemplando el techo, viendo cómo las sombras se movían a medida que la luz de la luna se colaba por las cortinas que conocía desde niña.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Edmund, su expresión de dolor al reencontrarse con Evangeline, los secretos que le había ocultado. Pero más aún, veía la sonrisa satisfecha de Evangeline, oía el temblor calculado en la voz de su hermana al soltar aquella noticia demoledora.

Las preguntas no dejaban de dar vueltas en su cabeza: ¿Por qué había esperado Evangeline tanto para confesar el embarazo? ¿Cómo podía estar tan segura de quién era el padre cuando las cartas de Julian Thornfield hablaban de tanta pasión?

Y lo más inquietante de todo: ¿por qué la historia de Evangeline sonaba tan ensayada, tan pulida, como si recitara un papel de teatro? No solo seguía sin entender cómo Edmund había podido ocultarle algo tan importante, sino que empezaba a cuestionar todo lo demás.

En el jardín, las revelaciones la habían dejado tan conmocionada que había olvidado el detalle más importante de todos: Julian Thornfield.

¿Cómo podía Evangeline estar tan segura de que el hijo era de Edmund si tenía un amante? ¿Hasta dónde había llegado aquella relación? Además, Evangeline solía usar cualquier información en su propio beneficio.

Sin duda, al volver a casa habría hecho lo mismo con el embarazo en lugar de inventarse historias tan elaboradas sobre su supuesto secuestro. Sin embargo, Evangeline solo había decidido hablarle del embarazo a Clara después de que esta se resistiera...

Al amanecer, el agotamiento de Clara se había transformado en determinación. Conseguiría respuestas, aunque tuviera que arrancárselas a la propia Evangeline.

En cuanto salió el sol, se vistió a toda prisa y se dirigió a los aposentos de Evangeline. Dentro, Evangeline estaba sentada ante su tocador mientras una doncella le cepillaba el cabello... con el juego de marfil que había desaparecido cuando Evangeline se marchó.

—Clara —dijo Evangeline con un suave bostezo—. ¿Qué te trae a mis aposentos tan temprano?

Clara guardó silencio un momento, observando a su hermana y a la doncella. Esta dejó de cepillar y miró a Clara.

—Le ruego que nos deje a solas a mi hermana y a mí —dijo Clara con firmeza. La doncella vaciló y miró a Evangeline—. Ahora, por favor.

La doncella asintió y salió corriendo de la habitación antes de que Evangeline pudiera protestar.

—Estás de un humor bastante brusco, querida hermana —dijo Evangeline haciendo un puchero.

—Es lo que pasa cuando una pierde el sueño por culpa de las mentiras —dijo Clara, cruzándose de brazos.

—¿Mentiras? —preguntó Evangeline—. ¿Qué mentiras te he dicho?

—Hay muchas —dijo Clara, sentándose en el borde de la cama de Evangeline—. Pero quería empezar explicándote algo.

Evangeline observó a Clara con una ceja enarcada.

—Amo a Edmund —dijo Clara.

Evangeline abrió los ojos de par en par.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellas, como un guante lanzado en señal de desafío.

Clara vio cómo un destello de auténtico asombro cruzaba el rostro de su hermana, quizás la primera emoción verdaderamente sincera que Evangeline había mostrado en días.

Su hermana abrió la boca ligeramente y volvió a cerrarla, como si no encontrara las palabras.

Clara sintió cómo su propio corazón le martilleaba en el pecho. Nunca antes había pronunciado esas palabras en voz alta, apenas se había permitido pensarlas.

Pero ahora, de pie en los aposentos de Evangeline mientras la luz de la mañana entraba por las ventanas, aquella verdad la envolvió como una armadura.

Sí, amaba a Edmund. Amaba su serena amabilidad, su consideración, cómo la escuchaba de verdad cuando hablaba.

Lo amaba lo bastante como para luchar por él, incluso contra su propia hermana.

Por una vez en sus vidas, Clara era quien tenía el poder, y Evangeline lo sabía. El equilibrio entre ellas había cambiado, y no había vuelta atrás.

—Y no permitiré que lo manipulen —continuó Clara con voz firme, a pesar del temblor de sus manos—.

Si de verdad lo amaras, le dejarías elegir libremente entre nosotras en lugar de forzarlo a una situación que podría hacerlo desgraciado.

Yo no querría que el hombre que amo fuera manipulado por nadie, y mucho menos por ti.

—Clara...

—Y eso me lleva a la primera mentira que me contaste —dijo Clara, conteniendo los nervios—. Sé que no le fuiste fiel.

Evangeline pareció atónita un instante antes de echarse a reír a carcajadas.

—Clara, ¿de qué estás hablando? —preguntó Evangeline entre risas.

—Julian Thornfield —dijo Clara con frialdad. Evangeline se quedó paralizada, la risa cortada en seco.

—¿J...? ¿Quién...? ¿Cómo...? —preguntó Evangeline, con la voz reducida casi a un susurro.

—No importa cómo lo sé —dijo Clara con firmeza—. Pero sé que él no te secuestró. De hecho, no fuiste secuestrada en absoluto. Era tu amante secreto, el hombre con el que tuviste una aventura. Aquel con quien te fugaste por voluntad propia.

—Clara, no... —gimió Evangeline, como si estuviera a punto de llorar.

Clara mantuvo la expresión neutra. Conocía de sobra la habilidad de Evangeline para llorar a voluntad.

Puede que la hubieran manipulado el día anterior, pero no iba a permitir que volviera a ocurrir.

—Entonces... ¿el bebé es de Edmund o de Julian? —preguntó.

Evangeline se detuvo un instante y luego fulminó a Clara con la mirada.

—¡¿Cómo te atreves?! —estalló Evangeline.

—¿Cómo me atrevo? —preguntó Clara enarcando una ceja—. No soy yo quien huyó de su matrimonio concertado en lugar de afrontarlo con dignidad.

—¡No sabes nada! —gritó Evangeline.

—Por eso hago preguntas, por eso investigo en lugar de dar las cosas por sentadas. Así que déjame hacerte otra pregunta —dijo Clara, poniéndose de pie—. ¿Por qué, si sabías que estabas embarazada de su hijo, abandonaste a Edmund?

—¡No quería dejarlo! —sollozó Evangeline—. ¡Fui secuestrada!

—Ya sé que eso no es verdad —dijo Clara con frialdad—. Vi las cartas.

—¡¿Fisgoneaste en mi correspondencia?! ¡¿Cómo pudiste?! —gritó Evangeline.

—Estabas desaparecida. Necesitábamos toda la información posible —respondió Clara.

—¡Eres una hermana horrible! —sollozó Evangeline.

—Y tú eres una mujer horrible por tener una aventura cuando decías amar a Edmund —dijo Clara.

—Fue un momento de debilidad —protestó Evangeline.

—Un momento no implica planear huir juntos —dijo Clara.

—Me dejé llevar por el momento —gimoteó Evangeline.

—Si te dejaste tanto llevar por el momento, ¿cómo puedes estar segura de que el hijo es de Edmund? —preguntó Clara.

Evangeline se quedó paralizada al darse cuenta de que habían regresado a la pregunta que menos quería responder.

—Eso no es...

—Porque desde mi punto de vista, cualquiera de los dos podría ser el padre si te entregaste a ambos —dijo Clara.

—¡Cómo te atreves a insinuar tal cosa! —chilló Evangeline.

—Cualquiera lo insinuaría después de leer lo que he leído sobre tu pasión por Julian —respondió Clara.

Por una vez, Evangeline vaciló. Durante toda su vida, las dos habían desempeñado los mismos papeles. Evangeline era la líder, la que acaparaba los pretendientes, la manipuladora. Clara era la seguidora, la callada, la que quedaba en segundo plano. Ya no más. Clara lucharía con todas sus fuerzas.

—Además, no has sido capaz de darnos detalles concretos del tiempo que supuestamente estuviste secuestrada —continuó Clara, que observaba la expresión de Evangeline y percibía en ella un miedo y una preocupación genuinos—. Empiezo a dudar de que siquiera estés embarazada.

—¿Te atreves a cuestionarme sobre algo así? —susurró Evangeline.

—No has sido honesta, así que difícilmente puedes esperar que crea que esto sea diferente —dijo Clara.

Evangeline jadeó.

—¡Estoy embarazada! —exclamó. Corrió hacia su cama y sacó una nota de debajo de la almohada.

Regresó y se la mostró a Clara. Clara leyó el documento con cuidado.

Era una carta de un médico que confirmaba el embarazo.

Frunció el ceño mientras la leía. Parecía auténtica, pero eso no significaba mucho tratándose de Evangeline.

El papel era caro, la caligrafía impecable y profesional. «Dr. Hartwell» aparecía firmado al final. La fecha era reciente, de hacía poco más de una semana. Cada detalle parecía legítimo, desde el lenguaje formal hasta el sello con apariencia oficial en la parte superior.

Y sin embargo, los detalles la inquietaban. Evangeline había sacado aquello con demasiada rapidez, lo había guardado bajo la almohada como si anticipara exactamente esta confrontación.

Era demasiado conveniente, demasiado perfectamente calculado. Clara había aprendido hacía mucho que las mentiras más peligrosas de su hermana siempre venían envueltas en suficiente verdad para resultar creíbles.

La fecha de la carta también la inquietaba.

Evangeline había visitado a ese médico justo antes de regresar con la familia.

Esa no era la conducta de alguien traumatizada por un secuestro y desesperada por reunirse con sus seres queridos.

No, aquello era calculado, preparado, una pieza de ajedrez colocada en su sitio antes de que la partida siquiera comenzara.

Los dedos de Clara recorrieron el sello en relieve en la parte superior de la página.

Parecía oficial, incluso impresionante. Pero los sellos podían falsificarse, el membrete podía comprarse, y un médico dispuesto a redactar una carta discreta por el precio adecuado no era difícil de encontrar en Londres.

No tenía forma de verificar las credenciales del Dr. Hartwell sin revelar sus sospechas, lo que solo alertaría a Evangeline de lo a fondo que estaba investigando.

La verdadera pregunta no era si Evangeline estaba embarazada o no; ese era un detalle que solo afectaría a la posición y el honor de Evangeline.

La verdadera pregunta, en lo que concernía al matrimonio de Clara, era si Evangeline tenía alguna idea de quién era realmente el padre, o si estaba jugándosela con las fechas y las circunstancias, confiando en que el honor de Edmund le obligara a casarse con ella y así dar legitimidad a su hijo sin importar quién fuera el padre.

—¿Fuiste a que un médico te examinara? —preguntó Clara.

—Así es —asintió Evangeline, con un destello de esperanza en los ojos.

—Ya veo —dijo Clara con calma—. Aunque esto sea real, hay otros factores que tener en cuenta.

—¿Qué otros factores? —preguntó Evangeline, y el miedo volvió a asomar a sus ojos.

—Por ejemplo, las fechas —respondió Clara mientras volvía a doblar la carta.

—¿Las fechas? —gimió Evangeline.

—Es razonable pensar que, según las fechas, cualquiera de los dos podría ser el padre —dijo Clara con frialdad—. En cuyo caso, Edmund merece saberlo todo...

—¿Qué quieres decir con todo? —preguntó Evangeline en apenas un susurro.

—Quiero decir todo —dijo Clara—. La aventura, el falso secuestro, incluso el embarazo.

Evangeline se quedó allí, atónita.

Entonces su rostro cambió. Pasó del miedo y la preocupación a la furia.

—Si no has decidido qué contarle a Edmund para el final del día, volveré con él y lo haré yo misma. No pienso dejarme intimidar ni sacrificar mi matrimonio por amenazas que bien podrían ser mentiras —dijo Clara mientras se giraba y caminaba hacia la puerta, tomando aire profundamente con cada paso.

Lo había conseguido. Por una vez, se había enfrentado a Evangeline y había defendido a Edmund. Ella...

Sintió las uñas afiladas de Evangeline clavarse en su muñeca y tirar de ella hacia el interior de la habitación.

—Escúchame bien —siseó Evangeline con los ojos llenos de furia—. Si te atreves a hacer algo así, expondré la vergüenza de Edmund.

—Él no tiene nada de qué...

—Es adoptado —gruñó Evangeline—. Podría destruir su legitimidad como conde y su reputación de un solo golpe. Así que no te atrevas a contarle nada a Edmund. ¡No se lo digas a nadie! ¡Apártate y déjamelo a mí!

Las palabras impactaron a Clara como un puñetazo. La habitación pareció inclinarse y tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no perder el equilibrio. Claro, Edmund le había dicho que se lo había contado a Evangeline.

Su mente repasó las implicaciones. Si aquello se hacía público, el escándalo sería devastador. La sociedad lo cuestionaría todo: su derecho al título, su lugar en el mundo, su honor.

Años de labrar cuidadosamente su reputación se vendrían abajo en un instante. Y lo peor: los rumores y las especulaciones lo perseguirían para siempre, dejándolo marcado como alguien menos legítimo que sus iguales.

Y Evangeline lo sabía. Lo había sabido al aceptar su propuesta, y había guardado esta arma en reserva para este preciso momento.

A Clara le entraron náuseas al comprender hasta dónde llegaba la manipulación de su hermana.

No se trataba solo de recuperar a Edmund; se trataba de control, de tener el poder de destruirlo si le venía en gana.

—Yo... —balbuceó Clara.

No quería aceptar; no quería que Edmund se casara con Evangeline, en quien no se podía confiar. Edmund no merecía que lo manipularan así, pero...

Si quería encontrar una salida, tendría que aprender a ser tan astuta como Evangeline, aunque de momento se sintiera atrapada.

—Entiendo, yo... Por favor, dame tiempo para pensarlo —susurró Clara.

Evangeline sonrió, victoriosa.

—Por supuesto, querida hermana —ronroneó—. Te daré todo el tiempo que necesites...

Clara salió tambaleándose al pasillo; las piernas apenas la sostenían. Apoyó la espalda contra la pared del corredor, agradecida de que aún fuera tan temprano que la casa siguiera casi dormida. Respiraba con jadeos cortos y superficiales que no lograba controlar.

Clara cerró los ojos, conteniendo las lágrimas de frustración. Había estado tan cerca de liberar a Edmund de la red de Evangeline, tan cerca de sacar a la luz las mentiras que lo ataban. Y ahora se encontraba paralizada, atrapada entre su amor por Edmund y el deseo de protegerlo.

Si le contaba la verdad sobre Evangeline, su hermana destruiría su reputación, su título, todo lo que había construido. Si guardaba silencio, lo condenaría a un matrimonio cimentado en el engaño y la manipulación.

La cruel ironía no se le escapaba: al intentar salvar a Edmund, había descubierto lo único que hacía imposible salvarlo. Evangeline había vuelto a ganar, como siempre, y Clara no tenía a nadie más a quien culpar que a sí misma por haberse metido tan ciegamente en la trampa.

Tragó saliva con dificultad.

¿De verdad no tenía otra opción?