Capítulo 3
Clara despertó de golpe, con el corazón desbocado.
Se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Sus aposentos estaban en calma, todo en su sitio. La luz de la luna se colaba por los grandes ventanales a su izquierda y la envolvía en un resplandor reconfortante. Se dejó caer de nuevo, exhausta, con la mente acelerada.
Una pesadilla.
Solo una pesadilla.
Las horribles visiones de una boda arruinada y una Evangeline furiosa no eran más que malas pasadas de su imaginación.
Tragó saliva e intentó acomodarse de nuevo. A decir verdad, Clara no tenía una pesadilla así desde niña.
No le sorprendía. Toda la finca Westwood había estado en vilo durante la última semana. Evangeline, aunque no era precisamente un alma sensible, había estado inusualmente tensa todo el día.
Había regañado a tres doncellas diferentes por las flores.
Primero, eran demasiado llamativas, luego demasiado pálidas, y después se marchitaban antes de tiempo.
Había hecho llorar a uno de los empleados de cocina por el menú del banquete nupcial, convencida de que el cocinero había elegido a propósito platos vulgares para dejarla en mal lugar.
Su madre había intentado intervenir y sugerirle que quizás debería descansar, pero recibió una mirada tan fulminante que mamá se retiró a sus aposentos.
Clara había hecho todo lo posible por calmar los ánimos, por ser la hermana obediente, pero incluso ella había sufrido el filo de la lengua de Evangeline cuando se atrevió a sugerir que la distribución de los asientos parecía perfectamente adecuada.
—Tú no entenderías la importancia de estas cosas —había siseado Evangeline, con la voz afilada como cristal cortado—. Es un conde. Todo tiene que salir perfecto.
Esas palabras habían dolido más de lo que Clara estaba dispuesta a admitir, pero las había dejado a un lado. Entendía que cualquier novia estaría nerviosa en un día tan importante. Evangeline iba a casarse con un conde, uno que la trataba con amabilidad y encanto.
Clara comprendía que las hijas mayores soportaban mucha presión: el día debía ser perfecto, había que asegurar el matrimonio y no dejarlo escapar en el último momento. Incluso con la devoción de Edmund hacia ella, muchas cosas podían salir mal.
El estrés del día y el esfuerzo por apaciguar a Evangeline debían haberse colado en sus sueños.
Ahora, Clara se arrebujó en las mantas. No podía evitar preguntarse... ¿Tendría ella alguna vez tanta suerte? ¿Encontraría a alguien que se entregara a ella como Edmund a Evangeline?
Sacudió la cabeza, desechando esos pensamientos. Solo sembrarían descontento, y no debía envidiar la felicidad de su hermana. Evangeline había trabajado por este enlace. Necesitaba que la boda saliera bien.
Aunque de momento estuviera haciendo que todos los demás se sintieran desdichados.
Se giró de lado y se acurrucó para volver a dormirse. Necesitaba fuerzas para lidiar con el temperamento de Evangeline.
La vieja casa solariega crujía suavemente a su alrededor. Afuera, un búho ululaba. Incluso los sirvientes y las doncellas dormían a esas horas.
Clara mantuvo los ojos cerrados, a la espera de que el sueño la reclamara una vez más.
Así que esperó.
Y esperó.
Y...
No servía de nada.
No podía convencer a su cuerpo de que regresara al reino de los sueños.
No era como si pudiera obligar al sueño a llevársela de vuelta.
Miró hacia fuera y vio las nubes tratando de cubrir la luna, como si quisieran darle la oscuridad que necesitaba para dormir en paz. Dudaba que ese fuera el problema.
Pero si no era la luz lo que la mantenía despierta, ¿qué podría ser?
Un crujido distante en el pasillo captó su atención.
Era más fuerte que los crujidos normales de la casa al asentarse. Más intencionado.
Otro crujido más sutil lo siguió. Frunció el ceño.
¿Qué podría estar causando ese ruido? , pensó. Al fin y al cabo, era plena noche. La finca no despertaría hasta dentro de unas horas. Nadie debería estar despierto a estas horas.
Un sonido parecido a un susurro llegó hasta ella.
Su corazón comenzó a latir un poco más rápido.
Estoy siendo ridícula, aquí no hay nadie , pensó con un suspiro.
Pero entonces el ruido volvió. Y otra vez. Se acercaba a sus aposentos.
Unos pasos quedos resonaban en el suelo de madera del pasillo, frente a los aposentos de Clara, y luego seguían adelante.
—¿Estamos listos? —susurró alguien en el pasillo.
Clara se incorporó en la cama. La voz era masculina. Y no la reconocía.
Contuvo el aliento, aguzando el oído. ¿Debería gritar? ¿Llamar a un sirviente? Su mano se movió hacia el cordón de la campanilla. ¿Y si estaba exagerando? ¿Y si era simplemente uno de los lacayos revisando la casa?
No.
Los lacayos no susurraban en plena noche. Y desde luego no se quedaban merodeando frente a los aposentos de una dama.
Debía de estar justo al otro lado de su puerta.
—Lo estamos —susurró Evangeline en respuesta.
A Clara casi se le paró el corazón. ¿Evangeline? ¿Con quién estaba hablando? ¿Por qué estaban despiertos a esas horas? ¿Qué estaban haciendo o tramando?
—No hay vuelta atrás después de esto. ¿Estás segura de que estás lista? —susurró de nuevo la voz masculina.
—Te lo prometo, cariño. Estoy lista —susurró Evangeline en respuesta.
El silencio se adueñó del pasillo.
Clara escuchó, con el corazón martilleándole en el pecho.
¡CRASH!
Un estruendo de caos estalló al fondo del pasillo.
El dormitorio de Evangeline.
Clara tragó saliva. Si iba a molestar a Evangeline ahora, podría meterse en un buen lío. Pero si no lo hacía, no sabía de qué sería capaz aquel hombre.
Tras un instante más de vacilación, reunió todo su valor y apartó la manta.
Se levantó despacio de la cama. Sus pies tocaron el suelo de madera y comenzó a deslizarse hacia el pasillo.
Una ráfaga de aire frío recorrió la casa. Clara no supo de dónde venía. Se estremeció; el miedo ya le había puesto la piel de gallina.
Llamó a la puerta de Evangeline.
Silencio.
Volvió a llamar.
La puerta se abrió ligeramente.
Clara ahogó un grito.
La habitación de Evangeline estaba sumida en el caos más absoluto. La ventana estaba abierta de par en par, las cortinas ondeaban con violencia como manos desesperadas que intentaran agarrar algo. El frío le golpeó el rostro y Clara se estremeció.
Dio un paso vacilante hacia el interior y retrocedió de inmediato. Había pisado el borde de un frasco de perfume roto, cuyo contenido se filtraba lentamente sobre los papeles esparcidos por el suelo.
Los vestidos de Evangeline, las hermosas sedas y satines con los que era tan meticulosa, estaban tirados por toda la habitación. Quizás arrojados con prisa… Quizás en medio de una lucha.
A Clara se le revolvió el estómago solo de pensarlo.
Había libros abiertos y boca abajo, con los lomos agrietados. La pequeña estantería que solía estar contra la pared del fondo había sido apartada, dejando a la vista marcas de arrastre en el suelo.
Un collar de perlas se había roto y las cuentas estaban esparcidas por toda la habitación.
Incluso su escritorio, siempre tan ordenado, estaba cubierto de cartas desperdigadas, con una pluma rota encima.
—¿Evangeline? —susurró Clara al entrar en la habitación.
No hubo respuesta.
Le temblaban las manos al recorrer la habitación con la mirada.
La cama estaba vacía, las mantas echadas hacia atrás.
Evangeline no estaba en la habitación.
Sin embargo, lo más curioso era lo que faltaba.
En la mesita auxiliar, donde Evangeline guardaba sus artículos para el cuidado del cabello y la piel: su peine de plata, presente.
Las horquillas enjoyadas de su madre, esparcidas pero todas allí.
El pequeño tarro de crema con aroma a rosas que usaba todas las noches, volcado pero allí.
Pero su juego de cepillo y espejo de marfil había desaparecido.
Clara frunció el ceño, incapaz de encontrarle sentido.
El juego había sido un regalo cuando Evangeline tenía doce años, traído por su padre desde Londres.
Evangeline lo había atesorado con obsesión, lo usaba todas las noches sin falta, cien cepilladas precisas sobre su cabello dorado.
Lo guardaba siempre en el tocador, en su lugar exacto.
¿Por qué alguien se llevaría precisamente eso? Era valioso, sin duda, pero menos que las perlas esparcidas por el suelo. ¿Y por qué lo tendría Evangeline consigo en mitad de la noche a menos que…?
No. No había tiempo para esos pensamientos. Su hermana había desaparecido. Eso era lo único que importaba.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó Clara cuando por fin comprendió lo que había ocurrido.
Corrió hacia el pasillo, desesperada por avisar a sus padres de que Evangeline había desaparecido.
¿Qué significaría esto para la boda?