El conde que se casó con la hermana equivocada (Amor y secretos de la alta sociedad 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Oh, vamos —dijo Evangeline y agitó el abanico con desdén—. No puedes esperar que un hombre como Edmund malgaste un baile entero con tus reflexiones. Especialmente cuando tiene parejas más… atractivas disponibles.

A Clara se le cerró la garganta.

—¿Acaso está mal querer una conversación decente en lugar de cháchara sin sentido? —protestó Clara en voz baja.

—De verdad, Clara, no puedes esperar que los hombres aguanten tus tonterías filosóficas cuando podrían estar bailando con alguien que entiende cómo funciona la sociedad —respondió Evangeline—. Y además, los hombres prefieren una pareja que no sea tan… simple.

Clara se aferró a las faldas de su vestido. Evangeline lo notó y enarcó una ceja.

—¿Tenías el ojo puesto en él? —preguntó con sus ojos azules afilados.

El corazón de Clara se encogió de nervios y le ardieron las orejas, pero apartó la mirada de su hermana.

—Yo… no, por supuesto que no —respondió Clara rápidamente.

Hubo un momento de silencio y Clara sospechó que Evangeline había notado su admiración por aquel hombre voluble.

—Bien, porque sería terriblemente incómodo si así fuera —sonrió Evangeline, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.

Clara relajó los hombros al ver que no la habían descubierto.

—Sabes, papá espera que yo haga un matrimonio brillante. La verdad, deberías agradecérmelo. Cuando consiga casarme con lord Barrington, podrás casarte con quien quieras. Nadie esperará nada de ti.

Clara sintió que el pecho le ardía de indignación. Tomó aire con suavidad.

—Evangeline, creo que estás verdaderamente prendada de él —dijo Clara—. Hacéis buena pareja.

—¿Pero? —Evangeline arqueó una ceja.

—No he dicho...

—Te conozco de sobra, Clara. Mi hermanita tiene unas opiniones muy firmes. —Evangeline suspiró.

Clara asintió y se hundió un poco en el asiento.

—Simplemente no me parece de los que se preocupan por lo que una persona lleva dentro —murmuró Clara.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Evangeline.

—Quiero decir que le encantaría tenerte como esposa, pues eres tan hermosa y te importa tanto el estatus como a él —respondió Clara.

Evangeline frunció el ceño y se abanicó con más fuerza.

—No creo que hayas aprendido todavía a apreciar a un buen hombre cuando se te presenta. —Evangeline resopló.

Clara asintió con mansedumbre y volvió a mirar por la ventana. Echó un vistazo a Evangeline, que seguía con el ceño fruncido. Unas lágrimas asomaban en el borde de los ojos de su hermana. De pronto, Clara se sintió culpable.

—No quería decir...

—Oh, basta. —Evangeline se rio; las lágrimas se le secaron tan rápido como habían aparecido—. Sabes que puedo llorar a voluntad. ¿De verdad creíste que me habías herido?

—Eso ha sido cruel —dijo Clara.

—Sabes que no puedo evitarlo —respondió Evangeline con una sonrisa.

Clara negó con la cabeza.

—Espero que al menos seas más amable con tu prometido —dijo Clara.

—Lo trato lo suficientemente bien como para que quiera casarse conmigo. —Evangeline se rio entre dientes.

—Eso no es poner el listón muy alto —dijo Clara con una risita—. No pensaría bien de ti si no fueras buena con él.

Evangeline pareció dudar ante sus palabras y se recostó en el asiento. El carruaje siguió traqueteando un instante más.

—¿Aunque no te caiga bien? —preguntó Evangeline.

—¿Importa lo que yo piense de él? —preguntó Clara.

—Supongo que al final no importa. Clara. —Evangeline suspiró—. No me importa lo que pienses de mí ni, francamente, de Edmund. Me importa que sea conde y tenga una fortuna y una propiedad.

Clara asintió. Conocía de sobra el carácter de su hermana.

—¿Y le quieres? —preguntó Clara.

—Por supuesto —dijo Evangeline.

—Me refiero de forma romántica —dijo Clara.

—¿Acaso no puedo ser amiga de mi marido? —preguntó Evangeline.

—Te encanta sacarme las palabras de contexto. —Clara se rio.

—¡Oh, hermanita maleducada! —Evangeline soltó una risita y le dio un golpecito a Clara en la rodilla con el mango del abanico.

—El pobre Edmund no sabe con qué mujer se ha prometido. —Clara suspiró.

—Quizá no. Quizá no necesite saberlo —respondió Evangeline. Volvió a quedarse callada y miró por la ventanilla del carruaje.

Clara la observó, poco acostumbrada a ver a su hermana tan... reflexiva.

—Lo haría si le importara más el carácter, supongo. —Clara se rio, tratando de aligerar el momento.

—Bueno, entonces déjame alegrarme de que no pensara en el carácter cuando se enamoró de mí —dijo Evangeline poniendo los ojos en blanco.

Clara asintió y volvió a mirar por la ventana.

—Te alegrarás por mí, ¿verdad, Clara? —preguntó Evangeline.

—¿Qué? —Clara parpadeó sorprendida.

—En la boda, quiero decir. ¿Sonreirás de felicidad por mí? —preguntó Evangeline.

Su mirada tenía una determinación que Clara no había visto antes en su hermana. Clara vaciló. Aquello no parecía una simple petición ni algo a lo que debiera responder a la ligera.

—Por supuesto —dijo Clara, y extendió la mano para tomar la de Evangeline entre las suyas—. ¿Por qué no iba a alegrarme?

—Bien —dijo Evangeline, y su expresión se suavizó—. No quería verte triste porque voy a dejar Westwood House.

—Oh, la verdad, creo que Westwood House será un lugar mucho más tranquilo cuando te vayas. —Clara sonrió con suficiencia.

—Pequeña... —Evangeline hizo ademán de golpear a Clara con el abanico otra vez, pero esta lo esquivó entre risas.

—Solo porque tengo una hermana que puede llorar a voluntad —bromeó Clara.

—¡Disculpa, no deberían castigarme por mis talentos! —dijo Evangeline con fingida ofensa—. Además, si no me echas bastante de menos o pareces disgustada en mi boda, ya sabes lo que dirá la gente. Pobre Clara, celosa, amargada porque su hermana encontró la felicidad antes que ella.

Clara puso los ojos en blanco.

—La alta sociedad siempre convertirá cualquier cosa en un escándalo —dijo Clara.

—Desde luego, aunque no creo que tú pongas mucho de tu parte. —Evangeline suspiró.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Clara.

—Quiero decir que, si ni siquiera puedes apreciar a un hombre como lord Barrington, o no puedes reprimir tus reflexiones filosóficas, me temo que quizá nunca encuentres un buen partido. —Evangeline suspiró.

Clara se mordió la mejilla y volvió a mirar por la ventana.

—No veo un mundo en el que alguna de esas condiciones pueda cumplirse —dijo Clara.

Evangeline puso los ojos en blanco.

—Tendrías más posibilidades de encontrar a alguien que quisiera casarse contigo si no pensaran tan mal de ti, o si fueras más… agradable —dijo Evangeline con voz empalagosa.

—Ya veremos —murmuró Clara.

Evangeline asintió, y ambas miraron por la ventana.

Clara miró a Evangeline. Su hermana era deslumbrante, tenía buenos modales y una buena posición social. Clara simplemente… existía.

Ese era su lugar. Era la hija de repuesto, la del montón, la que observaría mientras Evangeline tomaba de la vida lo que le viniera en gana.

Y seguiría cumpliendo con su deber. Sonreiría en la boda. Sería la hermana que apoya. Porque eso era lo que se esperaba de Clara Westwood.

***

Pronto regresaron a Westwood House. Evangeline bajó del carruaje con la ayuda de un lacayo y caminó hacia la puerta. Clara observó a su hermana mientras se deslizaba sin esfuerzo por el sendero.

—¿Ya estás mejor del tobillo? —preguntó Clara.

—Oh, cállate —dijo Evangeline, haciendo un puchero.

Clara observó a Evangeline entrar en la mansión. La siguió.

¿Acaso la vida siempre la relegaría a la sombra de su hermana?