El conde que la quería para sí (Las damas de Bellebourne nº 9) Capítulo 10
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Capítulo 10

Vincent pasó la mañana siguiente haciendo algo que detestaba casi tanto como la incertidumbre.

Nada.

No literalmente, por supuesto. Hatherstone no permitía a su conde el lujo de no hacer literalmente nada.

Había cartas que requerían firmas, un administrador que apareció poco después de las ocho con una pregunta sobre el cercado temporal para la Reunión de Verano y un proveedor de la cocina que, de algún modo, había entregado cuarenta libras de grosellas cuando la casa había pedido veinte.

Oliver quería permiso para trasladar el campo de tiro.

Emilia había cambiado de opinión sobre la ubicación de tres exhibiciones botánicas.

Su madre le informó de que los Harcourt llegarían antes del almuerzo en lugar de después, lo que provocó una pequeña crisis relacionada con los dormitorios que, al parecer, requería la participación de cuatro mujeres y un lacayo aterrorizado.

Vincent se ocupó de todo.

Con eficiencia.

Después, por primera vez en años, cerró la puerta de la oficina de la finca mientras aún quedaba correspondencia sin responder sobre el escritorio y se sentó sin intentar resolver nada.

Lenora le había hecho una pregunta.

¿Qué ocurre con Lenora Denholm?

La respuesta debería haber sido sencilla.

Nada.

Ella sigue siendo ella misma.

Vincent podría haber dicho eso el día anterior. Casi lo había hecho.

Pero cuanto más lo pensaba, más insuficiente le parecía.

Porque Lenora no le había preguntado si pretendía prohibirle sus opiniones, negarle visitas a Lindencombe u ordenarle abandonar a las personas que amaba. Por supuesto que no haría ninguna de aquellas cosas. Ese no era el peligro.

El peligro era más sutil.

Ahora lo comprendía porque ella lo había obligado a mirar su propia vida.

Vincent Caverley no había desaparecido cuando murió su padre.

No por completo.

Sin embargo, el conde de Hatherstone había ido creciendo a su alrededor año tras año, formado por deberes aceptados sin queja y expectativas cumplidas antes de que nadie tuviera que pedirlas dos veces.

Se había acostumbrado tanto a ser necesario que apenas recordaba lo que significaba elegir cómo pasar una tarde porque él lo deseaba y no porque algo requiriera su presencia.

No había habido ningún villano en aquella transformación.

Ningún tirano.

Ningún momento concreto en el que su vida hubiera dejado de pertenecerle por completo.

Solo deber.

Una decisión razonable tras otra.

Una obligación cumplida.

Después otra.

Hasta que la responsabilidad se convirtió en hábito, el hábito en identidad y, en algún punto de todo aquello, Vincent había dejado de preguntarse si deseaba algo.

Lenora había visto aquello después de conocerlo apenas una semana.

El pensamiento era irritante y extraordinario a la vez.

Se levantó y caminó hacia la ventana.

El invernadero occidental se alzaba más allá de los jardines, parcialmente oculto tras un muro de viejos tejos.

Los obreros habían comenzado las reparaciones dos días antes.

Habían retirado varios cristales del tejado.

Había maderos apoyados contra un lateral.

Emilia ya había llenado tres páginas de un cuaderno con planes para mesas, estanterías, luz y ventilación.

Vincent había pasado una hora el día anterior resistiendo el impulso de mejorarlos.

Al parecer, aquello era progreso.

Sonrió ligeramente.

La respuesta a la pregunta de Lenora no era que ella permanecería inalterada.

El matrimonio cambiaba a las personas.

También el amor.

También la familia, la responsabilidad, el dolor, la edad, la alegría.

No podía prometerle que convertirse en su esposa dejaría cada parte de ella exactamente donde se encontraba hoy.

Eso sería infantil.

Pero sí podía prometerle otra cosa.

Podía negarse a confundir el amor con la absorción.

Podía negarse a construir un matrimonio en el que Hatherstone se convirtiera en el sol y Lenora simplemente aprendiera a orbitar a su alrededor.

Vincent miró hacia el invernadero.

Entonces lo comprendió.

Había estado formulando la pregunta equivocada.

No cómo podía Lenora encajar en Hatherstone.

Sino cómo podía Hatherstone hacer espacio para Lenora.

La comprensión se asentó en él con tal certeza que Vincent ya no necesitó la silla, la oficina ni otra hora de reflexión.

Se marchó.

Lenora estaba en el invernadero.

Por supuesto.

Vincent la encontró de pie entre escaleras, hojas de papel y el tenue olor de la tierra húmeda, discutiendo con Emilia acerca de si la esquina occidental recibiría suficiente luz en invierno.

—La tendrá por la tarde —dijo Emilia.

—Solo si se recorta ese tejo.

Vincent entró.

Las dos mujeres se volvieron.

Emilia sonrió demasiado deprisa.

—No.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Sea lo que sea que estás a punto de hacer.

—Iba a saludarte.

—Sospechoso.

La boca de Lenora se curvó.

Emilia cruzó los brazos.

—Estoy herida.

—Te recuperarás.

—Probablemente.

Vincent miró a Lenora.

El resto del invernadero desapareció.

Aquel día llevaba un vestido de paseo verde, más oscuro que los colores pálidos que solía escoger por la mañana, con el cabello recogido bajo un pequeño sombrero que había echado ligeramente hacia atrás mientras examinaba el tejado. Tenía polvo cerca de uno de los puños.

Vincent quiso besarla.

Inmediatamente.

Ahora no.

Todavía no.

Primero tenía algo más importante que hacer.

Lenora leyó lo suficiente en su rostro para ponerse seria.

—¿Qué ocurre?

Emilia miró de uno a otro.

Entonces, para asombro de Vincent, demostró verdadera discreción.

—De repente he recordado que mamá me pidió algo.

—No lo hizo —dijo Vincent.

Emilia lo ignoró.

Lenora la observó marcharse.

—Tu familia se ha vuelto terrible mintiendo.

—Nunca se les dio bien.

La puerta se cerró tras Emilia.

El silencio se instaló en el invernadero.

Vincent avanzó hacia el interior.

La luz del sol se filtraba de manera desigual por los cristales que aún quedaban arriba, formando cálidos dibujos geométricos sobre los viejos ladrillos y las mesas de madera.

El polvo flotaba en los haces de luz. Una pared entera olía ligeramente a madera recién cortada, allí donde habían comenzado las reparaciones.

Lenora lo miró.

—Tienes una respuesta.

No hacía falta preguntar a qué se refería.

Vincent asintió.

—Creo que sí.

Ella esperó.

Eso le encantaba de ella.

Podía ser impaciente con las cosas triviales, burlarse de él sin misericordia por las flores y los desagües, pero cuando algo importaba no se apresuraba a llenar un silencio simplemente porque existía.

Vincent miró a su alrededor.

—Emilia ha cambiado esta habitación.

—Todavía no.

—Sí.

Lenora frunció ligeramente el ceño.

—Ella decidió en qué quería convertirla. Reparamos el tejado. Ella eligió el resto.

—Así es como suele funcionar.

—No.

Él la miró.

—No es así como funcionaba yo.

La comprensión apareció en su expresión.

Vincent caminó hasta una de las antiguas mesas de trabajo, pasó una vez los dedos por el borde y después se volvió.

—Cuando me hablaste por primera vez de Emilia, pensé que escuchar significaba preguntarle qué quería y después encontrar la manera más eficiente de proporcionárselo.

Lenora sonrió ligeramente.

—Era una mejora.

—Al parecer, no suficiente.

—No.

Él estuvo a punto de reír.

Después volvió a ponerse serio.

—He pasado la mayor parte de mi vida creyendo que amar a las personas significa asegurarse de que nada se venga abajo.

La expresión de Lenora se suavizó.

—Lo sé.

—Pensaba que si podía cargar con bastante, resolver bastante, anticiparme bastante, nadie tendría que preocuparse.

Miró hacia el tejado a medio reparar.

—Eso es útil en una finca.

—Sí.

—Puede resultar insoportable en un marido.

La respiración de Lenora cambió.

Vincent sostuvo su mirada.

—No quiero encajarte dentro de Hatherstone.

Ella se quedó muy quieta.

—Ese fue el error.

Él cruzó la distancia entre ambos, pero se detuvo antes de tocarla.

—Seguía pensando en cómo funciona esta casa. Qué deberes tiene una condesa. Qué parte del año se pasa aquí, qué obligaciones acompañan al título, qué habría que organizar en Lindencombe.

Lenora lo observaba.

—Y entonces comprendí que estaba haciendo exactamente lo que te asustaba.

Sus labios se separaron ligeramente.

—Te estaba convirtiendo en un problema que resolver.

Vincent negó con la cabeza.

—No lo eres.

Una pequeña sonrisa apareció en su boca.

—Alguna vez me han descrito así.

—Por necios.

—Por varios.

—Ya me caen mal.

Ella rio suavemente.

El sonido aflojó algo en el pecho de Vincent.

Él se acercó.

—Conserva Lindencombe.

La sonrisa de Lenora desapareció.

Continuó antes de que pudiera hablar.

—No simbólicamente. No como un lugar que visitamos dos veces al año porque la generosidad lo exige. Consérvalo como parte de tu vida.

Los ojos de ella buscaron los suyos.

—Vincent...

—Tus padres están allí. Tus recuerdos están allí. Allí hay personas que te conocen.

Él levantó una mano.

Sin llegar a tocarla.

—Sea lo que sea que el matrimonio nos pida construir juntos, no exige que finjas que todo lo anterior a mí fue simplemente una preparación.

Lenora tragó saliva.

—¿Y Hatherstone?

—Hatherstone es donde debo vivir gran parte del año. Eso no cambiará.

—Lo sé.

—Habrá deberes.

—Eso también lo sé.

—La gente te llamará condesa.

Su expresión cambió.

—Sí.

Vincent finalmente la tocó.

Su mano fue al costado de su rostro, el pulgar descansando sobre la cálida curva de su mejilla.

—Pero no confundiré el título con la mujer.

Los ojos de Lenora brillaron.

—No puedes prometerme que nunca sentiré que me engulle.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—No voy a insultarte con una promesa que ninguno de los dos puede garantizar.

Algo en ella se suavizó.

Vincent continuó:

—Pero puedo prometer que cuando me digas que está ocurriendo, escucharé.

Su pulgar se movió una vez.

—Y si Hatherstone ha pasado trescientos años esperando que sus condesas se hagan más pequeñas para encajar en él, entonces Hatherstone puede aprender algo nuevo.

Lenora rio entre lágrimas repentinas.

—Vincent.

—Hablo en serio.

—Lo sé.

Él miró alrededor del invernadero.