El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Epílogo
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Epílogo

Diez días después…

Gretna Green, Escocia

En el instante en el que el martillo golpeó el yunque, Brian atrajo a su esposa hacia sí.

Su corazón estaba a punto de estallar de orgullo y felicidad mientras la besaba con ternura.

Lo habían conseguido. Habían llegado a Escocia juntos y se habían comprometido el uno con el otro.

Su amada era ahora la condesa de Connlee.

Nunca nada le había hecho tan feliz.

—¡Connlee! —Edgemore irrumpió en la herrería—. ¡Te voy a matar!

Minerva separó sus labios de los de Brian y se interpuso entre él y Edgemore, levantando una mano en señal de alto.

—¿Y dejar viuda a tu única hermana?

Edgemore se puso tenso y miró con ira detrás de Minerva, clavando la mirada en Connlee.

—Entonces está hecho.

—Ahora ella es mi responsabilidad —dijo Brian mientras atraía a su esposa hacia sus brazos—. Y la protegeré.

Edgemore temblaba con ira apenas contenida.

—Anularemos el matrimonio.

—Por supuesto que no —protestó Minerva. Le dirigió a Brian una mirada tranquilizadora y luego se acercó a su hermano—. Sé que piensas que es justificable y que solo quieres lo mejor para mí.

—Él no te hará feliz, Min —dijo Edgemore, sin dejar de mirar con ira a Brian.

Minerva llevó la mano a la cara de Edgemore y le obligó a mirarla.

—Le amo, Blake. No podría ser feliz sin él.

—Y yo la amo a ella. —Brian se colocó al lado de Minerva—. Te doy mi palabra de que seré un buen marido.

Edgemore pareció ablandarse, encogiendo los hombros en señal de derrota.

Luego miró a Brian y dijo:

—Más te vale, o si no…

—Nos batiremos en duelo —terminó Brian por él—. Espero que no estés deseando esa oportunidad, porque nunca llegará.

—¿Han venido Carstine y mamá también? —preguntó Minerva, cambiando de tema.

Edgemore miró hacia atrás.

—Imagino que entrarán por la puerta en cualquier momento. No quisieron quedarse en casa.

Minerva sonrió radiante mientras aplaudía.

—Perfecto.

El repiqueteo de pasos llegó primero a sus oídos, seguido de la voz de Carstine.

—Espera. No hagas ninguna tontería.

Brian sonrió mientras Minerva se dirigía a grandes zancadas hacia su madre y Carstine.

—Todo va bien. Blake ha aceptado mi elección.

La condesa viuda estrechó las manos de Minerva.

—Entonces celebremos la boda. —Dirigió su sonrisa a Brian—. Oh, ¿no me digas que llegamos demasiado tarde? Es mi única hija, ya lo sabes.

—Es demasiado tarde —dijo Edgemore, con un tono carente de alegría.

Minerva se encontró con la mirada de Brian, implorándole que hiciera algo. Él le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y luego se volvió hacia el hombre del yunque.

—Tenemos que volver a celebrar la ceremonia.

—Pero ya estáis casados —dijo el hombre, con las mejillas temblando por el esfuerzo.

—Te pagaré el triple de lo que cobras —dijo Brian.

Los ojos del hombre se iluminaron de codicia y dijo:

—Cuatro veces y trato hecho.

Blake metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de terciopelo. Se la entregó al sacerdote.

—Ahí hay al menos seis veces la tarifa. Ahora cásanos de nuevo.

El hombre asintió y luego miró al resto del grupo.

—Acercaos —dijo señalando hacia el yunque.

La sonrisa de Minerva iluminó la lúgubre tienda cuando se acercó al yunque.

—Me sorprendes, esposo.

Él le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.

—No, eres tú quien me sorprende a mí. Eres generosa y cariñosa. No cambiaría nada de ti, preciosa. Soy el hombre más afortunado del mundo, y me casaría contigo mil veces solo por contemplar tu sonrisa.

—Ay… —suspiró Carstine—. ¿Hay algo más hermoso que el amor? —preguntó, con la mirada fija en su propio marido.

Edgemore gruñó, pero atrajo a Carstine hacia sus brazos y le besó la coronilla.

—Comencemos —dijo el sacerdote. Miró a Brian—. ¿Desea usted, lord Connlee, tomar a esta mujer como su esposa?

—Con todo mi corazón —dijo Brian, abrumado por el amor que sentía por ella.

El sacerdote dirigió su mirada hacia Minerva.

—¿Y usted, lady Minerva, desea casarse con lord Connlee?

—Con todo mi corazón —repitió ella mientras se secaba una lágrima de la mejilla. Sus propias emociones eran evidentes para todos.

Por segunda vez aquel día, el martillo golpeó el yunque, y Brian atrajo a su esposa hacia sus brazos y la besó con pasión.

La madre y la cuñada de Minerva suspiraron, mientras que Edgemore lo miraba con ira, pero a Brian no le importaba. Abrazó a su esposa con fuerza y la besó con orgullo, a la vista de todos. Ella era su corazón. Su verdadera razón de ser y su mayor aventura: aquella que nunca terminaría.