Capítulo 8
Minerva se abrazó las rodillas, apretándolas contra el pecho mientras se acurrucaba en la silla y contemplaba el cielo estrellado.
Blake la había mandado a su habitación nada más llegar a casa.
Nunca lo había visto tan furioso. Llegó incluso a ordenar a su madre y a Carstine que se mantuvieran alejadas de Minerva.
Dijo que necesitaba tiempo para pensar en lo que había hecho y entrar en razón.
Luego, ese monstruo le envió poco más que sopa a su habitación para cenar.
No es que le importara. De todos modos, no tenía apetito. Lo único en lo que podía pensar era en Brian. Debía de sentir algo por ella, o no se habría revelado. ¿La amaba?
¡Cómo podía Blake ser tan grosero! Lo había arruinado todo sin importarle lo más mínimo los sentimientos de Minerva. Blake ni siquiera le había dado una oportunidad a Brian.
Quería odiar a su hermano por todo aquello, pero apenas podía hacerlo. En el fondo, Minerva sabía que él creía estar haciendo lo mejor para ella. Aun así, no podía sofocar la ira que ardía bajo su dolor.
¿Quizá, una vez que Blake se calmara, lo reconsideraría? La esperanza se encendió en el corazón de Minerva. Por muy remota que fuera la posibilidad, le daba algo a lo que aferrarse.
Volvió la cabeza hacia el sonido de su puerta al abrirse con un chirrido.
Carstine asomó la cabeza por la puerta.
—¿Puedo pasar?
Minerva sacudió la cabeza y Carstine entró, cerrando la puerta tras de sí.
¿Quizás la visita de Carstine presagiaba cosas buenas?
—¿Sigue enfadado? —preguntó Minerva.
Carstine suspiró.
—Furioso, desde luego. No quiere escuchar a nadie. Tu madre levantó las manos en señal de frustración y se retiró a descansar.
—Entonces es peor de lo que pensaba —dijo Minerva, con el pecho oprimido y las lágrimas escociéndole en los ojos. Que el cielo la ayudara.
Carstine se puso las manos en las caderas y negó con la cabeza.
—No se puede razonar con él. Blake insiste en que lord Connlee es de lo peor. Cuando le insinué que él también fue un vividor en su día, y que a mí lord Connlee me parecía un perfecto caballero…
—¿Se lo has dicho de verdad? —preguntó Minerva llevándose una mano a la boca.
—Eso he hecho —asintió Carstine con firmeza—. Entonces me regañó por no haberle dicho con quién te relacionabas. Dijo que yo tampoco tenía sentido común y se marchó furioso de casa.
Minerva apretó los ojos con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con brotar y tragó saliva con dificultad.
—Lo siento, Carstine. Nunca fue mi intención causarte problemas.
—No digas tonterías. —Carstine se sentó en el brazo de la silla—. Tu hermano es terco. No es culpa tuya. Nadie puede hacer nada al respecto.
Minerva miró a los ojos verdes comprensivos de Carstine.
—Le amo —dijo, encogiendo los hombros.
—Eso ya lo veo. —Carstine le dio una palmadita en la mano a Minerva—. Y si él también te quiere, entonces todo saldrá bien. El amor es algo poderoso.
—¿Crees que entonces Blake cambiará de opinión? —preguntó Minerva, con la voz llena de esperanza.
Carstine apretó la mano de Minerva.
—No, no lo creo. Pero eso no quiere decir que no haya una salida. —Miró fijamente a los ojos de Minerva—. El amor siempre encuentra una manera.
Minerva siempre había sido una romántica.
De hecho, se atribuía el mérito de haber unido a Carstine y Blake.
Pero en este caso, no podía imaginar cómo iban a salir las cosas.
No la podía cortejar sin el consentimiento de Blake, e incluso Carstine dudaba de que él lo diera jamás. No veía ningún camino a seguir.
—No hay esperanza —murmuró Minerva mientras hundía el rostro entre las rodillas.
Carstine le frotó la espalda mientras decía:
—Nada es imposible. Ten fe, Minerva, y lucha por lo que de verdad deseas.
Permanecieron en silencio durante largos minutos mientras Minerva sollozaba en silencio contra sus faldas y Carstine le acariciaba la espalda dibujando pequeños círculos. Agotada y con el corazón roto, Minerva se volvió hacia Carstine.
—Creo que me gustaría irme a dormir.
—Muy bien. Entonces vendré a ver cómo estás mañana. —Carstine se levantó, le dedicó a Minerva una sonrisa comprensiva y se dirigió hacia la puerta—. Te enviaré a tu doncella.
Minerva negó con la cabeza.
—Prefiero estar sola. Puedo arreglarme sola.
Carstine asintió con la cabeza, indicando que lo entendía, luego salió al pasillo y cerró la puerta.
Minerva no tenía fuerzas para quitarse el vestido, así que se metió en la cama, sin desvestirse, y hundió la cara en la almohada. Las lágrimas fluían sin parar hasta que ya no le quedaban más por derramar. Una vez que las lágrimas amainaron, la ira se apoderó de ella como un gran maremoto.
No iba a perder el tiempo sollozando. Minerva no se quedaría allí tumbada como un gatito indefenso mientras su hermano destruía su oportunidad de ser feliz. No. Tenía que tomar las riendas de su propio destino.
Minerva tenía que saber si Brian la amaba.
Saltó de la cama, abrió de un tirón el armario y buscó los pantalones que había escondido en el fondo. Los dejó sobre la cama, volvió al armario y sacó una chaqueta Spencer. Minerva tenía un plan. Uno que le daría las respuestas que buscaba.
Con energía renovada, se quitó el vestido, se puso los pantalones y se metió la camisa por dentro antes de ponerse la chaqueta Spencer y abrocharse los botones. Se dirigió a su tocador y se recogió el pelo en un moño apretado antes de colocarse el sombrero de montar.
Satisfecha con el resultado, volvió a la ventana y contempló la finca hasta donde los establos se recortaban contra el cielo oscuro.
Con Blake en uno de sus clubes y su madre acostada, no debería tener muchos problemas para llegar al establo sin que la vieran.
Convencer a uno de los mozos de cuadra para que ensillara un caballo podría resultar difícil, pero tenía que intentarlo.
Respiró hondo y salió de su habitación con paso firme.
Minerva mantuvo el paso ligero mientras caminaba por el pasillo, con cuidado de no hacer demasiado ruido.
Cuando su bota pisó con fuerza el primer escalón, se quedó paralizada.
Seguro que la mitad de la casa lo había oído.
Apretó los ojos con fuerza y respiró hondo de nuevo, calmando sus nervios.
Si Blake se enteraba, la mataría. Un momento de vacilación la mantuvo en lo alto de las escaleras antes de que reuniera el valor para bajarlas. Decidió no preocuparse por Blake en ese momento. Su propio futuro, su felicidad, dependían de que encontrara el camino hasta Brian.
El alivio le dibujó una pequeña sonrisa en los labios mientras atravesaba el césped. Había salido de la casa sin que nadie se diera cuenta. Para cuando regresara, tendría sus respuestas. Se detuvo detrás de un gran roble e inclinó el rostro hacia el cielo.
—Gracias, Dios —susurró, aunque no estaba del todo segura de que la hubiera ayudado.
—Preciosa.
El corazón de Minerva latía con fuerza mientras se giraba hacia la voz de Brian.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella susurrando.
—He venido a por ti —dijo él mientras acortaba la distancia entre ellos.
Ella sonrió, con el pulso acelerado.
—Estás loco.
—Lo dice la mujer que va a hurtadillas por el césped en pantalones.
Arqueó una ceja oscura y burlona.
Minerva jugueteó con el dobladillo de su chaqueta.
—Parece que tuvimos ideas similares.
Él dio otro paso, acercando su pecho al de ella.
—Dime, preciosa, ¿cuál es tu plan?
Minerva tragó saliva, su mirada buscando la de él.
—Prefiero escuchar el tuyo.
—Estaba planeando otra aventura.
—¿Ah, sí? —Suspiró las palabras, con el corazón derritiéndose un poco más—. ¿Qué tipo de aventura?
Brian la estrechó entre sus brazos.
—El tipo de aventura que dura toda la vida.
La besó, rápido y con fuerza. Un beso apasionado destinado a marcar su alma y reclamar su corazón.
Sin aliento y con las rodillas temblorosas, Minerva se aferró a él mientras decía:
—No entiendo lo que quieres decir, milord.
La mirada de Brian se volvió seria mientras la abrazaba.
—Ven conmigo, Minerva. —Miró a lo lejos, hacia el camino—. Tengo caballos atados cerca. Acompáñame a Gretna Green. Cásate conmigo.
—Brian…
Él le puso un dedo en los labios para silenciarla.
—Te amo. Quiero…
Ella le mordisqueó el dedo, lo que le hizo apartarlo de sus labios.
—Sí.
—¿Sí? —preguntó él.
Ella asintió.
—Yo también te quiero.
La cogió en brazos y echó a correr hacia la carretera. Minerva apenas pudo contener la risa mientras se aferraba a él.
—Estás loco.
Brian dejó de correr y la dejó en el suelo. Le acarició la mejilla con una mano.
—Tienes razón, lo estoy. Pero solo por ti. Siempre por ti.
Ella sonrió.
—Entonces estaremos locos juntos, mi amor.