El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

—Minerva. Minerva, ¿estás ahí fuera? ¿Minerva?

Brian separó la boca de la de Minerva.

—Viene alguien.

—Es Edgemore. Vete.

Minerva empujó el pecho de Brian.

Brian dudó. No quería dejarla sola en el laberinto bajo la lluvia torrencial.

Su honor luchó contra el deseo de escapar mientras la miraba fijamente.

A su hermano no le haría falta más que un vistazo para darse cuenta de lo que había estado haciendo.

Tenía los labios hinchados por los besos y los ojos nublados por el deseo.

—Date prisa antes de que te vea —dijo ella, con voz baja y suplicante.

Brian le dio un beso rápido en la mejilla y luego huyó. Giró a toda prisa en la esquina más cercana y se quedó quieto detrás del seto para escuchar.

—Por aquí —gritó Minerva.

Brian contuvo la respiración mientras esperaba para oír lo que decían.

El corazón le latía con fuerza mientras una batalla se libraba en su mente.

El honor le exigía que volviera a su lado, pero el miedo le mantenía clavado en el sitio.

Si iba con ella, Edgemore podría exigirle matrimonio.

Si permanecía escondido… quién sabía lo que ella podría sufrir.

Se sentía más bien como un ratón acorralado en una esquina por un gran gato.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí fuera? —retumbó la voz de Edgemore—. Y mírate. Estás calada hasta los huesos.

—Solo quería dar un paseo. Me temo que el laberinto es bastante difícil de recorrer y me he perdido —dijo Minerva.

—¿Un paseo? —dijo Edgemore echando humo—. ¿Bajo la lluvia? ¿Mientras asistes a la fiesta de la duquesa? Hubo una pausa, y luego dijo—: ¡De todas las cosas ridículas que has hecho, esta se lleva la palma!

—¿Cómo iba a saber que me perdería? —dijo Minerva—. Ah.

—Cállate. ¡Debería azotarte por esto! —gritó Edgemore con tono amenazante.

—No era mi intención causar problemas —protestó Minerva.

Brian ya no pudo soportarlo más. Salió de detrás de la esquina y dirigió la mirada hacia Minerva.

—La culpa no es suya —dijo.

Edgemore miró a Brian.

—¿Connlee? —Su mirada se llenó de sospecha y luego la ira le retorció la cara—. ¡Cómo te atreves a acercarte a mi hermana!

—Tranquilo. Solo estábamos dando un paseo —dijo Brian—. Te aseguro que su honor está intacto.

Edgemore miró fijamente a Brian y luego dirigió su mirada inquisitiva hacia Minerva. Su voz resonó con furia cuando dijo:

—Está claro que mientes. Tiene los labios hinchados. —Soltó a Minerva y se acercó a Brian a zancadas—. Si te atreves a acercarte a menos de metro y medio de ella otra vez, habrá un duelo al amanecer —dijo entre dientes.

—¡Basta ya! —gritó Minerva. Corrió a interponerse entre los dos hombres—. Me importa. ¿No lo ves, Blake? —Edgemore siguió mirando a Brian con ira. La mirada de Minerva pasaba de uno a otro—. No puedes prohibirme que le vea.

—Puedo, y lo he hecho. —Edgemore agarró a Minerva por el brazo, pero siguió mirando con ira a Brian—. No volverás a verla. ¿Queda claro?

Un dolor extraño se apoderó del corazón de Brian. No se atrevía a hablar, ni podía discutir. Quería hacerlo, pero no tenía palabras. Edgemore era su hermano, su tutor. Tenía todo el derecho a negarle a Brian el acceso a ella.

—¿Queda claro?

La voz de Edgemore resonó entre los setos.

Brian asintió con firmeza.

—Y no se lo cuentes a nadie —añadió Edgemore, con tono amenazante. Minerva tiró de su brazo en vano.

—Por supuesto que no. Lord Connlee es un hombre honorable.

—Calla.

Edgemore la sacudió ligeramente.

Brian dio un paso adelante, a punto de defenderla, pero se detuvo. Solo le causaría más problemas si se entrometía. Se encontró con la mirada airada de Edgemore y dijo:

—Tienes mi palabra.

Edgemore resopló y luego tiró de Minerva para que se pusiera en marcha.

—Vamos.

A Brian le dolía la tristeza que veía en los ojos de Minerva. La culpa era suya. Había insistido en pasar tiempo con ella. Ella quería aventuras, pero él era quien las hacía realidad. Debería haberla dejado en paz. Debería haberse mantenido alejado.

¿Por qué demonios no lo había hecho?

Exhaló un suspiro de frustración. La respuesta era bastante simple. No la había dejado en paz porque ella le cautivaba. Nunca había conocido a una mujer como ella. Había sido egoísta, y ahora ella pagaría el precio.

Maldita sea, se odiaba a sí mismo por ello.

Brian hizo lo único que podía: buscó refugio en su club. Había pensado en beber hasta olvidar a Minerva, tal vez ahuyentarla de su mente perdiéndose en una mujer dispuesta. Mientras miraba por la ventana la calle paralela al Wicked Earls’ Club, pensó que se había estado engañando a sí mismo.

La lluvia golpeaba el suelo y la calle estaba tan vacía como él. Hizo girar el whisky en su vaso. ¿Por qué se sentía tan vacío? Era como si hubiera perdido una parte de sí mismo.

Se llevó el vaso a los labios y se bebió el whisky de un solo trago. El licor no sirvió de mucho para calmar el dolor que sentía en lo más profundo de su corazón.

Se odiaba a sí mismo.

Odiaba a Edgemore.

¡Ese maldito hombre no tenía ningún derecho!

Y, sin embargo, tenía todo el derecho.

Minerva era su hermana. El deber de Edgemore era protegerla.

¿Cómo se había metido aquella mujer en su corazón tan profundamente?

Brian dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. ¡Maldita sea, estaba enamorado!

Darse cuenta de ello le sorprendió y le emocionó a la vez. No había planeado enamorarse. Nunca creyó que fuera posible. Y, sin embargo, ahí estaba, locamente enamorado de lady Minerva Fox.

Y no podía tenerla.

Apoyó la frente contra el frío cristal mientras se preguntaba qué estaría haciendo ella en ese momento. ¿Le echaría de menos? ¿Le amaba tanto como él a ella? Si existía la más mínima posibilidad de que así fuera, tenía que luchar por ella.

Mañana iría a visitar la casa de Edgemore. Quizá si hablaba con Edgemore, el hombre le permitiría cortejar a Minerva.

Lo más probable era que echara a Brian a la calle. Sin duda, la objeción de Edgemore se debía a que conocía la reputación de Brian. Sinceramente, no podía culparle. Si Brian tuviera una hermana, él tampoco querría que estuviera cerca de un hombre con esa reputación.

No, Edgemore nunca daría su consentimiento.

Pero Brian tampoco se rendiría.